Diario de una madre

Verónica Chiaravalli
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25 de febrero de 2019  

El título define la obra. Okãsan significa madre en japonés. Y ese será el punto de vista dominante a lo largo de todo el libro de Mori Ponsowy: el de una madre amorosa, vulnerable, dolidamente perpleja ante la madurez de su hijo, que a los veinte años decidió hacer realidad el sueño, acariciado desde la niñez, de vivir en Japón.

Rumbo a Tokio voló Matías, con una beca del gobierno japonés para cursar estudios universitarios, y detrás de él -cuando ya no pudo más de tanto extrañarlo-, su afligida okãsan, Mori. A partir de allí se despliega, sutil y delicado, el diario de su visita, que duró catorce días, a un país, una cultura y, sobre todo, una vida -la del hijo convertido de pronto en un adulto- completamente desconocidos.

La trama que teje Ponsowy es femenina hasta el tuétano, hecha, en la superficie, de observaciones sobre paisajes y gentes que pasan delante de sus ojos como el maravilloso decorado del único drama que en verdad le importa y que tiene un solo protagonista: su adorado Mati. Pero la cotidianidad de ciudades y aldeas que escancian la travesía se enhebra también con las reflexiones sobre la relación entre madre e hijo (nada abstractas, por cierto: aquí todo se trata, concretamente, de esta madre y este hijo), y recuerdos: la infancia de Matías, cuando ambos vivían el uno para el otro encerrados en una burbuja de dos, que los hacía inmensamente felices; el amor en la distancia por el padre de su hijo, los viajes y la propia condición de Mori como hija de una madre ahora frágil por los años y necesitada de sus cuidados.

Ponsowy escribe sin pudores sobre cuestiones que van desde la preocupación porque Matías se alimente bien o se arregle el cabello hasta la contradicción de haber criado un hijo para la libertad y lamentar que esa libertad lo haya llevado a un país lejano. O la ambigüedad de querer que el retoño madure, pero aferrarse a la vez al varón-niño, porque en tanto niño seguirá siendo solo hijo, es decir, solo para la madre. El varón-hombre, en cambio, lo es para el mundo. Para otros hombres. Y para otras mujeres.

Con la partida del hijo, no solo la casa queda vacía: también la existencia parece haberse vaciado peligrosamente de sentido. Y los roles se invierten. "Me doy cuenta de que en este país -en el que los niños deben estudiar durante quince años su propio idioma hasta ser capaces de leer y entender lo que está escrito en un diario- solo podré comunicarme con los otros a través de mi hijo. Yo le enseñé a hablar: ma-má; ár-bol; ca-sa. Ahora es él quien habla por mí", confiesa Mori.

El paso del tiempo hace del hijo un espejo retroactivo de la madre. La vital juventud de Matías le recuerda a Mori quién fue ella cuando tuvo que forjar su mundo. Y la lleva a preguntarse en qué punto esa fibra de energía se debilita, cuándo se abren las grietas por las que se cuela el miedo. En qué momento nos ponemos viejos.

La inmensidad de una Tokio opulenta, el laberinto de sus populosas calles y estaciones de trenes cuyas señales y carteles resultan indescifrables para el occidental, vuelto allí, literalmente, un analfabeto, son metáfora de los temores profundos de la madre.

"Yo lo sigo, pero no es fácil hacerlo de noche en medio de una multitud. ¿Y si de pronto lo pierdo de vista? No tengo dinero conmigo: se lo he dado todo a él porque sin lentes no alcanzo a ver qué números hay en las monedas ni en los billetes", escribe Ponsowy. "Quisiera tomarle la mano, pero no me atrevo. Quizá dentro de unos años, cuando él sea adulto del todo, pueda hacerlo. Pero ahora le incomodaría. Al fin, me agarro de una punta del extraño chaleco que lleva puesto. 'Tengo miedo de perderme', le explico. Él me mira: 'Está bien', dice, y sonríe. Por suerte es de noche. No puede ver que, asida a su ropa -de la misma manera en que él se asía a la mía cuando tenía tres años- estoy llorando".

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