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Difíciles caminos del encuentro

Por Bonifacio del Carril Para La Nación
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22 de marzo de 2000  

EN los últimos años se ha avanzado mucho, felizmente, en las relaciones bilaterales entre Chile y la Argentina. La solución de los conflictos limítrofes, de los que sólo queda por resolver en definitiva la cuestión de los Hielos, ha dado paso a diversos esfuerzos de integración entre los dos países. Hay campos donde los progresos son palpables, pero hay también otros en que la retórica optimista suele ocultar la realidad. Tal es la conclusión que surge al examinar el estado de las conexiones viales entre las dos naciones a través de los Andes.

Es indudable que el asfalto es una importante palanca de desarrollo. Baste señalar el rápido crecimiento que su llegada produjo, para bien o para mal, en ciudades como Bariloche o San Martín de los Andes. Al día de hoy, a lo largo de más de 4000 kilómetros de frontera común, existe una sola conexión íntegramente pavimentada entre la Argentina y Chile: el antiguo paso por el túnel del Cristo Redentor, en Mendoza, que concentra buena parte del tráfico comercial por tierra.

Sin pretender emular a un viajero infatigable como Federico Kirbus, mi afición personal por la montaña (estoicamente compartida por mi familia) me ha llevado a conocer algunos pasos cordilleranos. Provisto así de cierta experiencia y de mapas actualizados, ¿cuál es la radiografía que puede uno sacar hoy de nuestras conexiones limítrofes? Vayamos de norte a sur.

Jujuy y Salta rivalizan con dos pasos próximos entre sí: los de Jama y Sico. Chile ya ha tomado partido por el primero, pavimentando el camino hasta la frontera. Del lado argentino le esperan al viajero 260 kilómetros de ripio hasta Purmamarca, en la Quebrada de Humahuaca. El otro paso salteño, el de Socompa, es menos accesible.

Meses atrás leíamos, con ingenua alegría, que se había pavimentado el paso de San Francisco, en Catamarca. El invierno último pude comprobar in situ que el asfalto ha llegado a la frontera, pero aún falta pavimentar más de 30 kilómetros anteriores de sinuoso camino de montaña. Y en Chile hay 286 kilómetros de ripio hasta llegar a Copiapó, la ciudad más cercana. Aquel día, sólo dos autos (ni hablar de algún camión) compartieron con nosotros el bellísimo paisaje. La decisión de haber pavimentado ese paso desafía el sentido común, si se piensa además que la ruta 40, que conectaría a Belén con Santa María, un interesante circuito turístico provincial, languidece en ese tramo esperando el pavimento.

En el paso sanjuanino de Agua Negra hay que salvar 200 kilómetros de ripio, en su mayor parte en Chile. En Neuquén, el asfalto argentino llega muy cerca de la frontera en las termas de Copahue, y a la frontera misma en Pino Hachado (en medio de pintorescas araucarias), donde sólo 22 kilómetros lo separan del pavimento chileno. Pero el camino de allí a Temuco es de nulo interés turístico y pesado tráfico de camiones.

Límites del asfalto

Por distintas razones, los bellos pasos que siguen hacia el sur -Icalma (difícil del lado chileno), Mamuil Malal o Tromen (lo mismo), Carrirriñe (poco frecuentado) y Hua Hum- no son por ahora factibles de asfaltar. El caso del paso Hua Hum es notable: es el más cercano a San Martín de los Andes, la mayor ciudad andina de la provincia, pero del lado chileno una empresa privada cierra el camino con un candado para obligar al uso de un solo servicio diario de ferry por el lago Pirehueico.

Más al sur, Chile ha llegado con un asfalto impecable hasta la frontera del paso Samoré (Puyehue), que comunica con Villa La Angostura, pero hay 17 kilómetros de piedras, pozos y serrucho del lado argentino (lo he comprobado hace pocos días) en un ancho camino que ¡se había preparado para el asfalto hace ya veinte años! En Río Negro, el paradisíaco paso Pérez Rosales (que, partiendo de Llao Llao, sorteaba los Andes a través de tres lagos) ya no funciona para autos particulares. Los horarios de las balsas nunca pudieron coordinarse para que el cruce pudiera hacerse en el día.

En Chubut, el asfalto argentino llega cerca de la frontera en la zona de la represa de Futaleufú y en Los Antiguos, a orillas del lago Buenos Aires, pero todo es ripio del lado chileno. La poblada región trasandina de Coihaique, en cambio, no tiene correspondencia del lado argentino, donde el ripio sucede al pavimento.

Quizás el más flagrante ejemplo del sordo desencuentro de los dos países sea el lejano sur. En Santa Cruz, el turismo internacional ha crecido sin pausa en años recientes en Calafate y Chaltén, y paralelamente lo ha hecho también en la región del Paine, en Chile. No se trata aquí de pavimentar sino de abrir camino. Una conexión factible de no más de 20 kilómetros permitiría unir el Paine con el glaciar Perito Moreno, hoy separados por un rodeo desalentador de más de 300 kilómetros.

Desde la ciudad de Punta Arenas, el pavimento chileno llega hasta el límite continental argentino, donde empalma la ruta 3, y 60 kilómetros de ripio llevan a Río Gallegos. Por su parte, el viajero argentino que quiere ir a Tierra del Fuego debe atravesar en ferry la primera angostura del Estrecho de Magallanes y recorrer 150 kilómetros de ripio hasta retomar el asfalto en la Argentina para seguir a Río Grande y Ushuaia. No hay un solo kilómetro de asfalto en la parte chilena de la isla.

Párrafo aparte merecen los trámites aduaneros: el formulario único que supuestamente los simplifica existe, pero el moroso papeleo y sellado burocrático persiste a ambos lados de la frontera: severo y ceremonioso en Chile, campechano y permisivo en nuestro país.

Existen, por supuesto, muchos pasos limítrofes más que los mencionados, algunos de los cuales cuentan con buenos caminos de ripio, a pesar de no estar formalmente habilitados para uso público. Los Andes no son la barrera inexpugnable que aparentan ser. Pero ésa es otra cuestión.

A buen entendedor, huelgan las explicaciones. Un siglo y medio de recelos no se remedia de una día para otro, pero es claro que, en materia de comunicaciones viales, hay mucho camino por andar para integrar efectivamente dos grandes países vecinos que, al fin y al cabo, han sabido dirimir en paz miles de kilómetros de frontera en común.

El autor es director de ediciones de Emecé.

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