Discusiones pendientes para después de Cristina

Eduardo Fidanza
Eduardo Fidanza PARA LA NACION
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8 de marzo de 2014  

Es probable que dentro de dos años el kirchnerismo empiece a ser recuerdo. En ese caso, resonarán todavía los ecos y las consecuencias de su gestión, pero la influencia que ejerció sobre la sociedad y la política habrá concluido. Es posible que Cristina Kirchner termine su gobierno con cierta popularidad, lo que tal vez le permita conducir una fracción del peronismo y seguir reivindicando un relato ya liberado del principio de realidad que exige la función pública. Es también factible que su estrella se apague abruptamente y deba sufrir las penurias que acechan a los ex presidentes argentinos, acosados por denuncias, de las que deberá defenderse con resultado incierto. En cualquier caso, y más allá de su suerte, la probabilidad cierta es que la Presidenta pase a segundo plano cuando concluya su mandato. Es un hecho natural de la democracia, aun de la nuestra, donde ella y Menem imaginaron formas de perpetuación inválidas, felizmente rechazadas por la sociedad.

También es natural que ante el crepúsculo presidencial se habilite la lucha por la sucesión, una larga competencia entre los dirigentes mejor ubicados en los sondeos. Es lo que viene y estará signado por controversias en torno a una agenda previsible, que desnuda las asignaturas pendientes de la Argentina, no resueltas por el kirchnerismo y los gobiernos anteriores. El déficit fiscal, la inseguridad, el narcotráfico, la insuficiencia energética, el bajo desempeño educativo, la corrupción y la pobreza ocuparán el centro del debate. La impresión inicial es, sin embargo, que el nivel de la discusión resultará mediocre, carecerá de profundidad y estará condicionado por los intereses políticos inmediatos.

La célebre impotencia argentina para diseñar políticas de Estado se reflejará en la carrera presidencial, donde las disputas que se insinúan parecen responder más a la astucia táctica de dirigentes vulgares que a las preocupaciones estratégicas de los estadistas. Por otra parte, influye también la cristalización de posiciones que se produjo en esta década. Demasiados actores políticos, dirigentes sectoriales y periodistas parecen cómodos en los roles asignados, refugiándose en lo que aprendieron: estar a favor o en contra del Gobierno. Defenderlo o pegarle. De ese modo, la creatividad sucumbe, la pelea parroquial se repite hasta la náusea y las verdaderas cuestiones permanecen desenfocadas e irresueltas.

Tal vez los problemas que enfrenta el país en el ocaso del kirchnerismo, junto a las incongruencias de su relato, indican el camino para los debates sustantivos, aquellos en los que está el mundo, no los que absorben a la dirigencia argentina. Quizás este fin de ciclo, más allá de lo anecdótico, marque el límite de las posibilidades de la Argentina populista, de sus sueños y de sus formas inestables y cambiantes de controlar el poder e influenciar a la sociedad. El proyecto de redistribuir la riqueza, centrándose en el mercado interno y el consumo; de expandir el empleo y de asegurar la integración social, mediante planes y subsidios estatales, está otra vez en cuestión, sembrando de incertidumbre el futuro. Funcionó como una fórmula eficaz para salir de la crisis, pero no logró consolidarse como un rasgo permanente de la Argentina contemporánea. Por otra parte, la discusión sobre el sistema político se reavivó, dejando irresuelto cuál es el verdadero papel de las instituciones democráticas. Regresó, con fuerza, la antigua discusión nacional entre republicanos y populistas. La democracia plebiscitaria, inspirada en Perón y relanzada por los Kirchner, repitió una vez más su pelea fantasmal con la democracia republicana de Alem y Alfonsín. Un férreo empate de intereses atravesó estas controversias, en el campo económico y político, y el país retorna ahora a sus fatídicos ciclos de prosperidad y decadencia sin "un proyecto sugestivo de vida en común", como quería Ortega.

Una mirada desapasionada, que ponga aparte los resentimientos, mostrará que la Argentina no puede resolver, desde hace décadas, por lo menos tres cuestiones básicas, capaces de garantizar el equilibrio de términos teóricamente contradictorios. En primer lugar, el vínculo entre Estado y mercado, que posibilite distribuir la riqueza sin anular la competencia; en segundo lugar, la relación entre libertad e igualdad, que permita una democracia social sin menoscabar el derecho de las minorías; en tercer lugar, el lazo entre países emergentes y desarrollados, que posibilite relaciones internacionales con prioridades regionales, sin desatender las ventajas de los nexos bilaterales con las naciones líderes. En cierta forma, todas las patologías parecen depender de la incapacidad de mediación. Somos estatistas o liberales, republicanos o plebiscitarios, tercermundistas o proamericanos, sin matices, atentos al humor y la conveniencia coyuntural, no a un proyecto.

Éstas son, creo, algunas de las discusiones pendientes para después de Cristina. Acaso encararlas y empezar a resolverlas marque la diferencia entre una nación consistente o un país perdido en sus seculares contradicciones.

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