Doble mensaje del sonido y la furia

Por Sylvina Walger Para LA NACION
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22 de enero de 2002  

De lo que comenzó como algo novedoso y genuino que inauguraba la intervención directa de las capas medias en la vida política del país (si es que a esto se le puede llamar vida política), es decir, los cacerolazos, comienza a emanar un tufillo peligrosamente anárquico y antipolítico, como el de la cadena de e-mails que sugieren apedrear cualquier auto con vidrios polarizados.

El maremoto humano que ha tomado las calles y se expresa a través de un adminículo de cocina como la cacerola (versión posmoderna de la urna de madera), conforma el más variopinto arco social que la Argentina recuerde. Desocupados, jubilados, infiltrados, izquierdistas paleolíticos, fans de Luis Zamora, fans de Mohamed Alí Seineldín, militantes de Quebracho, chicas bronceadas y minifalderas que golpean las ollas con los dijes de sus pulseras, familias que asoman por el techo de su coche deportivo, en un verdadero aquelarre que da por tierra con todos los análisis sobre las clases sociales y que engloba a todos detrás de un mismo sentir: acabar con los políticos.

Atrincherados durante años detrás de la filosofía del "no te metás" , sin otro rostro que el de la esperpéntica y simplista Doña Rosa a la que Bernardo Neustadt solía dirigirse, las famosas capas medias, mayorías silenciosas o como se las quiera llamar explotaron sin haber realizado ningún tipo de autocrítica y buscan desesperadamente sus chivos emisarios.

Hartos, con razón, de nuestros políticos, les atribuimos a ellos gran parte de lo que nos ocurre. Olvidamos en cambio que nuestros corruptos no nacieron de un repollo sino de familias que integran esta sociedad, que los elegimos con toda libertad, que compramos sus mentiras porque -y parece ser un rasgo del carácter local- no soportamos que alguien ponga en duda que éste es el país más rico y más grande del mundo y toda esa mitología que la historia de Malvinas debía haber aplacado algo más.

País con una larga tradición de estatismo mal entendido, la convertibilidad apareció como una panacea que nos ponía en contacto con el sueño del argentino medio: consumir importado. Convertidos en un mal remedo de Miami, vestidos con camisas de Taiwan adquiridas en algún "Todo por 2$", reparamos vagamente en que el país iba dejando de producir, que los desocupados y la pobreza aumentaban y que era imposible que el peso y el dólar tuvieran algún grado de equivalencia.

Nuestras versátiles capas medias fueron las que reeligieron a Carlos Menem, que, como se sabe, era un "ganador" capaz de correr con una Ferrari (importada, claro) desafiando todas las reglas del tránsito, y al mismo tiempo rodearse de todo tipo de mujeres (otro sueño argentino). Fueron estas mismas capas medias las que en el mes de marzo se molestaron con el periodista Nelson Castro cuando se le ocurrió poner en duda que Cavallo fuera realmente el salvador que necesitábamos.

El cacerolazo no es un acto político sino una deformación de la política que nos evita enfrentarnos con nuestra propia impotencia para elegir a los que nos deben gobernar. El cacerolazo existe porque, y eso se lo debemos a la globalización, el mundo prohibió los golpes militares: si no, ya se los hubiera estado llamando. El cacerolazo no propone, se opone, y no es que esté mal: sólo que no es suficiente y es peligroso. Tan peligroso como esas pintadas que proponen: "Váyanse todos, no queremos a nadie".

Pintadas que parecen darle la razón al proyecto oficial que con el cuento de aplacar el sonido de los metales se propone achicar la democracia suprimiendo cámaras legislativas y órganos de control. Las verdaderas reformas políticas no se sustancian con caceroladas y desmanes, ni eliminando instituciones, sino con votos y nuevos partidos y dirigentes. Un tema al que tampoco parece demasiado afecto el actual gobierno, que ha colocado en cargos clave (Educación, por ejemplo) caras que uno hubiera preferido no ver.

¿El gran culpable?

Hay políticos ladrones, empresarios de lo peor, sindicalistas horribles. Es más: tienen nombre y apellido y algunos se doran en resorts de precios inaccesibles. Estos le han hecho mucho más daño al país que Fernando de la Rúa, Nicolás Gallo o Inés Pertiné, que son objeto de todas las pullas y los odios pero anecdóticos en el drama argentino. Lo que no podemos ni debemos es hacer de la política el gran culpable, y eso es lo que huele a fascismo.

Más allá de las loables intenciones que puedan guiar al presidente Eduardo Duhalde, quizá convenga no olvidar que el día en que asumió como quinto presidente en una semana, sus huestes, que ocuparon la Plaza de Mayo, hicieron una excelente demostración de lo que puede ocurrir si las cosas no salen bien. Dos noches antes, vándalos misteriosos pretendieron incendiar el Congreso y provocaron la fuga de Adolfo Rodríguez Saá. ¿Alguien tiene noticia de que se haya abierto una investigación sobre el episodio? El peronismo será generoso y distributivo, pero hay valores que no incluye en su cultura, por ejemplo la libertad y la tolerancia. Por si lo habíamos olvidado, ese día nos vimos obligados a recordarlo.

El Gobierno le teme al cacerolazo mucho más que a la señora Anne Krueger, del Fondo Monetario Internacional. No le van a faltar armas para neutralizarlo: solamente con un poco de asistencialismo dejará a la clase media sola con sus sonidos. Para salvar la dignidad del cacerolazo y sacarlo de ese límite entre el qualunquismo y el fascismo, hay que recuperar a la política (que no a los políticos) y moralizarla, no rechazarla. De lo contrario estaremos perdidos y a merced de cualquier aventura personalista y populista.

Ha sido el diario francés Le Monde el que en su editorial del 31 de diciembre, titulado "Maldición argentina", definió mejor que nadie lo que estamos viviendo: "La Argentina es víctima de haber adoptado el modelo "liberal" sin acompañarlo de controles y contrapesos: una estricta reglamentación bancaria y de la bolsa, una efectiva legislación anticorrupción, ni haber generado un establishment político-económico relativamente íntegro. En lugar de invertir allí, sus elites se dedicaron a exportar el último peso-dólar que ganaron. Esto ha hecho de una nación altamente endeudada un país exportador neto de capitales. Esto no es liberalismo sino bandidismo. El mal argentino es también un asunto de moral".

Sylvina Walger es socióloga y periodista, autora de Pizza con champán.

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