Donar dinero no es combatir la pobreza

Federico Merke
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26 de julio de 2015  

Aspirar al bienestar global es una tarea noble. Pensarlo como posibilidad es realista. Planificarlo puede ser extremadamente complejo, como quedó claro en la tercera Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo, que tuvo lugar días atrás en Addis Abeba, Etiopía.

El objetivo del encuentro fue definir los mecanismos para financiar la agenda global de desarrollo sostenible, que se discutirá en septiembre en Naciones Unidas, y el acuerdo global en torno al clima, que se definirá en diciembre en París. El documento acordado, tomado al pie de la letra, podría cambiar la forma de concebir el desarrollo como un problema internacional. Pero los documentos rara vez cambian el mundo.

Todos los años los países más adelantados desembolsan poco más de cien billones de dólares -unos ocho planes Marshall por año- en concepto de ayuda al desarrollo, destinado a prevenir en-fermedades, escolarizar a niños y niñas, fortalecer economías familiares o atender emergencias humanitarias, entre otras cosas. Que esta ayuda ha servido, y sirve, a los intereses del donante es algo poco discutido. El desafío en Addis Abeba, sin embargo, fue fortalecer la idea de que la cooperación para el desarrollo es mucho más que la ayuda y su efectividad, y mucho más que asegurar servicios básicos. Se trata de pensar en el concepto más amplio de desarrollo sustentable, que diluye de algún modo la división Norte-Sur y plantea la necesidad de pensar nuevos mecanismos de financiamiento y nuevas prácticas de cooperación.

La fórmula a la que se llegó es la de responsabilidades comunes pero diferenciadas. Los países adelantados tienen la responsabilidad de aumentar no sólo los montos de la ayuda, sino también la consistencia entre las distintas políticas que despliegan en los países en desarrollo. Poco sirve transferir dinero a un país para luego venderle armas que dinamicen su conflicto interno o exigirle que con ese dinero pague una deuda externa muchas veces impagable. Poco sirve, también, ayudar al sector exportador de un Estado receptor si luego se le impondrán reglas proteccionistas. Por su parte, los países menos adelantados deben aceptar que la ayuda es apenas un complemento a los esfuerzos nacionales para desarrollar, por ejemplo, mejores sistemas impositivos, combatir la corrupción y el flujo financiero ilegal o mejorar la oferta de comercio.

El desafío continúa siendo cómo traducir estos compromisos en hechos concretos y cómo hacer para que se cumplan en un mundo donde el bienestar global sigue estando en tensión con el desarrollo nacional. En diciembre sabremos si vamos por buen camino.

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