Dudas sobre el calentamiento global

Rolando Hanglin
Rolando Hanglin PARA LA NACION
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15 de diciembre de 2009  • 02:58

Cuando yo era chico, digamos en la década del 50, hacía más calor que ahora. Podría jurarlo, aunque no lo pueda probar. Muchos lectores, sin duda, compartirán estos recuerdos.

En las tardes de verano salíamos a jugar a la calle (que era nuestro reino) y encontrábamos las líneas de brea, que separaban los bloques de asfalto, derretidas debido al calor del sol, por lo cual la pasta negra se adhería a la suela de nuestras zapatillas. Esa sustancia, que servía también de chicle antes del advenimiento del Double Bubble, el Plop y el Bazooka, manchaba nuestros pantalones, camisetas y medias. Que yo sepa, esto no ha vuelto a suceder.

En las largas temporadas de Villa Gesell era imposible cruzar la playa descalzo porque la arena seca -literalmente- nos despellejaba. Muchas veces, al atravesar la Avenida 3 ("la principal") la arena suelta, viva, ardiente, de aquel entonces, se nos metía en las alpargatas (o Boyero, o Llavetex) obligándonos a saltar para quitarnos la zapatilla.

Han pasado cincuenta años, y la arena de la playa ya no quema.

La pileta del club Discóbolo de Haedo (donde pasé todos los veranos de mi infancia) se abría rigurosamente el 1° de noviembre, y nosotros ya estábamos con la malla puesta, esperando ansiosos, acalorados, la primera zambullida. Estoy escribiendo el primer borrador de esta columna una tarde del 12 de diciembre de 2009. Hoy hace frío.

En los años 80 se empezó a hablar de los veranos del Niño. Lluvia, viento, bajas temperaturas.

En su momento, emitió la sentencia mi amigo el Zorro Bastons (cincuenta años conduciendo El Dorado, balneario pionero de Pinamar) con estas palabras: "Ya no hay verano. Antes duraba desde noviembre hasta abril, con sol fuerte y noches serenas. Ahora las sudestadas siguen hasta diciembre y hay mañanas de enero con ocho grados de temperatura... ¡Esto no es más un verano decente!".

Escucho hablar con gran alarma del calentamiento global y me resulta difícil creer que todo el planeta se esté cocinando en su salsa mientras en sólo tres puntos del globo (Pinamar, Gesell y Ramos Mejía) hace más frío.

Cuando leemos acerca de las incomprensibles deliberaciones sobre el cambio climático en Copenhague, aún sin entender casi nada, tenemos la sensación de encontrarnos ante un momento crucial del planeta y el hombre. Estudiado meticulosamente por científicos muy sensibles, que se afligen por el futuro de la humanidad. Sin embargo, si nos disponemos a leer algo más, sin dejarnos llevar por la alarma del próximo fin del mundo climático, encontramos estas cosas:

-"El argumento de que el hombre es el causante del calentamiento global es insostenible. Y el calentamiento global mismo será revelado finalmente como una estafa, realizada por unos activistas que circulan por Washington en sus Mercedes, consumiendo la energía que supuestamente ocasiona... el calentamiento global" (Richard Lindzen, 69, profesor de meteorología del Instituto Tecnológico de Massachussets).

-"Finalmente, el golpe de gracia contra la mentira del calentamiento global. A finales de la semana pasada, los hackers descubrieron miles de correos electrónicos internos de la Unidad de Investigación Climática de la Universidad de East Anglia, en Inglaterra. La Unidad ha confirmado que los correos electrónicos son suyos. Y es ahora nuestro deber difundir la noticia, ya que sabemos que los medios de comunicación establecidos no lo van a hacer. En este video, de Russia Today, se habla de las últimas noticias sobre el Climagate. Pero la farsa sigue siendo impulsada, en todo el mundo, debido al impuesto global al carbón, pagadero al Banco Mundial. Si usted quiere hacer su parte para salvar el futuro de sus nietos y otros niños, difunda estos videos para que todos conozcan la verdad. El diputado británico Peter Lilly lo atribuye a una conspiración de científicos para beneficiarse con proyectos ambientalistas que les darían importantes cantidades de dinero. Pero, aún con este descubrimiento, se seguirá impulsando la farsa del calentamiento global, y la próxima reunión en Copenhague no solucionará nada. Lilly, como científico, sabe que esto es una farsa, que el clima global siempre está cambiando que en la Edad Media, sin emisiones de CO2, hubo un calentamiento global, que en octubre pasado, mientras se aprobaba en el Parlamento Británico un pago con fondos públicos al Banco Mundial, en Londres nevaba por primera vez en décadas, como muestra de que si hay un cambio en el clima, cosa normal, pero no un calentamiento". (cable de Wordpress.com). Cabe señalar que los profesores de la Universidad de East Anglia acusados en este mensaje son los doctores Tom Wigley, Kevin Trenberth, Tom Crowley, Michael Mann, Gary Funkhouser y Phil Jones.

Buscamos alguna información suplementaria y se nos dice que, efectivamente, varios científicos británicos habrían alterados los datos de la estadística meteorológica, por lo cual estas personas "ya no son creíbles", según algunos colegas. Cuando se habla de cambios en las fuentes de energía, la fabricación de motores, los medios de transporte, la economía mundial, es indudable que están involucrados billones de dólares en los presupuestos de la industria y los gobiernos. Con fuertes cuotas de poder y dinero para los científicos que validen semejante transformación.

¿Hubo, en el pasado, confusiones semejantes?

Sospecho que sí. Repito: es una sospecha. En 1960, sir Gordon Dobson descubrió el agujero de ozono. El primer científico en sostener que tal agujero se debía a las emisiones humanas de CFC fue el doctor Mario J. Molina, que recibió por ello el Premio Nobel de Química. Durante 20 años nos aseguraron que moriríamos achicharrados por los rayos solares, cada cual con su propio cáncer de piel, que debíamos comprar hectolitros de cremas especiales con factor de protección solar 8, 17, 36 o 54 (¿Alguien verificó la diferencia entre estos factores?) llegando hoy a la situación de que las mujeres lucen sus bonitas piernas y pies, blancos como un papel, a través de sus breves microfaldas y sandalias de Paquistán. ¿Era un peligro real? ¿Lo sigue siendo? ¿No es cierto que el agujero de ozono, según se viene informando desde 1980, se verifica sólo en el Polo Sur, donde no hay seres humanos tomando sol? ¿La capa de ozono es una realidad tangible, física, o apenas una idea? Sólo sabemos lo que decidan contarnos.

En otra época, los sabios eran los altos dignatarios de la Iglesia: sólo los Papas y los obispos tenían acceso al griego, el hebreo y el latín, las bibliotecas, los mapas y los pergaminos. Ellos nos informaron que Satanás volvería a la Tierra con motivo del año mil. El milenarismo aterrorizó a la humanidad con el inminente fin del mundo. Así como ahora nos dice la película 2012 que, en ese año, llegará el Apocalipsis, según el pronóstico maya.

Cuando se inventó el automóvil, los doctores estimaron que la máxima velocidad a desarrollar por el artefacto sería de 50 kilómetros por hora, ya que a mayor aceleración el cuerpo humano se desintegraría.

Sabemos que el clima ha cambiado constantemente. Que hace seis millones de años se llenó de agua el mar Mediterráneo, a un ritmo de 10 metros por hora. Que las glaciaciones y los diluvios se han alternado en la vida del planeta, sin que los seres humanos podamos hacer nada en contra o a favor. La naturaleza es -por definición- aquello que desconocemos. Aquello que escapa a nuestro control.

Existe Greenpeace, claro. Organización fundada en 1971 en Vancouver, Canadá. Actualmente, tiene tres millones de adherentes y ha fijado su sede en Amsterdam, ya que en Canadá le cancelaron -por algún motivo- el status de "organización benéfica". Algunos hablan de "ecoterrorismo". Los "greepies" combaten, entre otros enemigos, a los cultivos transgénicos, y no sabemos qué sería de la economía argentina sin la soja transgénica. Antes de adherir a una consigna que arrojaría nuestro país a la quiebra, y con él a muchas otras naciones americanas, yo lo pensaría dos veces.

En fin, dudas.

Para volver a las realidades que todos podemos tocar y sentir, digamos que en 1950 las playas de nuestro Atlántico estaban atestadas de almejas. Las recogíamos con palas, al atardecer, llenando baldes. Se consumían deliciosas cacerolas de arroz con almejas y frescos platillos de berberechos y almejas en escabeche. Todo gratis, pues era un don de la naturaleza.

Bueno: las almejas no existen más. ¿Qué les pasó? No lo sabemos, y nadie parece ocuparse de investigarlo. Como tampoco interesa a la ciencia la vertiginosa extinción del bondadoso sapo, un animal útil e inofensivo que antes proliferaba en calles, zanjas, charcas y jardines durante todo el verano. Antes veíamos mamboretás, vaquitas de san antonio, bichos de luz, bichos palo, bichos canasto, colibríes, ratuchas, pájaros carpintero. Hoy, sólo moscas y mosquitos, como si lo bello retrocediera espantado por la fealdad del hombre. Pero lo cierto es sólo esto: el clima cambió, la fauna cambió, la vida cambió. Y no para bien.

Algo me impulsa a resistir cuando me amenazan con el fin del mundo. No lo tengo claro. Sé que en Las Brujas y su Mundo, de Julio Caro Baroja, se consigna que, durante los procesos de Zugarramurdi, se probaba de un modo científico incontrastable que distintas personas, por lo general viejas indefensas pero también hombres y mujeres jóvenes, practicaban la brujería. La ciencia de aquel entonces había establecido que brujas y brujos alimentaban a su demonio familiar dándole de mamar mediante un pezón supernumerario. Desnudando al acusado se procedía, pues, a revisarlo con todo detalle. Científicamente. Una vez que se hallaba en su cuerpo alguna verruga, grano o mancha comparable a un pezón, se lo declaraba culpable y se lo quemaba vivo.

Detalle importante: las propiedades materiales del condenado (casa, animales, muebles, ahorros, útiles de labranza, tierras) pasaban a integrar el patrimonio de los fiscales o cazadores de brujas. Naturalmente, estos últimos tenían un deseo vehemente de comprobar la brujería de sus víctimas. Esta era la ciencia, así funcionaba un peritaje, de esta forma razonaba la Justicia, en el siglo XII.

Por eso yo desconfío cuando me agitan ante los ojos el espantajo del Apocalipsis o el desastre climático. Incluso me aseguran, con la vena hinchada, que el sólo dudar (o comunicar nuestras dudas) pone en peligro a los niños, las ballenas y los canguros. Tal vez será por eso que algunos hablan de "nazi-ecologismo". Se nos prohíbe dudar.

Y bien, aquí hay algo que no me cierra.

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