Aníbal en el país de las maravillas

El insulto y la humillación verbal, junto con la mentira, son las armas que emplea con cobardía el jefe de Gabinete para defender lo indefendible
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29 de julio de 2015  

Hace años que el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, se caracteriza por responder preguntas del periodismo con un pretendido ingenio chabacano que en esencia consiste en agredir a sus oponentes mediante la burla y la falsificación de los hechos en beneficio del Gobierno.

Su rapidez para la réplica y cierta chispa arrabalera podrían ser consideradas habilidades útiles para descollar en la charla de café o en un discurso ante sus partidarios. Pero el ejercicio constante de esas aparentes "virtudes" por parte del jefe de los ministros y figura relevante del Gobierno consiste en un verdadero abuso que, además, desdibuja y degrada la política hasta reducirla a una contienda personal en la que siempre procura rebajar al rival mediante la descalificación personal y, si es mujer, humillarla y maltratarla con expresiones de un machismo desaforado.

"El índice de precios del Gobierno es algo muy serio", afirmó sin sonrojarse en mayo pasado, cuando es sabido que el Indec viene adulterando ese índice, por lo cual se recurre a los que elaboran consultoras privadas y difunde un grupo de legisladores nacionales de la oposición para evitar que precisamente el Gobierno las sancione. Al llamado "índice Congreso", Fernández lo calificó de "berretada" y "revoleo", del mismo modo que alguna vez tildó de mera "sensación" a la creciente ola de inseguridad.

Luego de que Mirtha Legrand opinara que el gobierno de Cristina Kirchner tenía características de una "dictadura", el jefe de Gabinete se despachó: "Perdió los frenos inhibitorios, no sé si por la edad o por qué razón. Cualquier cosa que le viene a la boca lo dice y, como tiene una posición como tantos de los odiadores del Gobierno, lo hace público". Quien ha perdido imperdonablemente los estribos ha sido él, no Mirtha Legrand, quien está en todo su derecho de ejercer la crítica. En cambio, es Fernández quien debería contener su tendencia a amedrentar a otros comunicadores.

La mención a la edad de la citada conductora televisiva lo muestra ya no en una actitud de nula caballerosidad, sino en toda la bajeza de que es capaz este verdadero abusador verbal, como lo demostró al intentar descalificar a una de sus víctimas preferidas: "[Elisa] Carrió, con la bikini en la mano, está preocupada por cómo va a hacer para cruzar el río e ir a Punta del Este", afirmó durante el conflicto por el bloqueo que llevaban a cabo los asambleístas de Gualeguaychú en protesta por la pastera Botnia en Uruguay.

Ya en 2008 había calificado a la líder de la Coalición Cívica de "pirucha", agregando que "no tiene los patitos en fila". Carrió lo había acusado y lo acusa de estar vinculado con la droga.

Para Aníbal Fernández, el líder de Pro, Mauricio Macri, es simplemente "un vago" que "no tiene idea clara de cómo resolver los problemas de la ciudad". Hasta llegó a tutearlo con ironía al desafiarlo: "Agarrá un libro que no muerde, ¡te lo pido por Dios!".

Es que el jefe de Gabinete habita un país peculiar. Se trata de un país en el que un puesto oficial otorga el derecho de ofender y herir groseramente a través de los medios a los críticos del Gobierno y hacer gala de un vil patoterismo verbal, aprovechándose de quienes se encuentran en inferioridad de condiciones por carecer del acceso indiscriminado a los micrófonos y cámaras.

En el país de Aníbal ofende el más fuerte y el resto debe -debemos- guardar silencio y acatar cuando el más fuerte nos enseña quién es bueno y quién malo. De lo contrario, corremos peligro de ser víctimas del bullying que cada mañana ejerce el jefe de Gabinete ante los micrófonos que reproducen su visión maniquea e infantil del mundo y de nuestro país.

Fernández fue asesor del Concejo Deliberante de Quilmes entre 1983 y 1989, e intendente de esa comuna en 1991, para luego ir ascendiendo hasta llegar a ministro y legislador nacional. Nadie le niega experiencia ni dotes para prosperar en peronismos tan disímiles como los de Carlos Menem, Carlos Ruckauf, Eduardo Duhalde y el matrimonio Kirchner.

Pero esa experiencia, sumada a un poco de vergüenza, debería mostrarle qué triste resulta que un jefe de Gabinete trascienda no por su labor de gobierno, sino por su lengua. Tal vez el "chamuyo" que se le endilga desde su propio partido y la respuesta fácil procuren ocultar zonas menos claras, como el fantasma de la droga, con el que en distintas ocasiones se lo ha vinculado. Cabe recordar que Fernández ha estado a cargo de la Policía Federal y de las fuerzas de seguridad cuando fue designado ministro de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos por Cristina Kirchner. Actualmente, propone la despenalización de la tenencia y consumo de drogas.

Su rival interno por la candidatura a gobernador bonaerense, Julián Domínguez, luego de que el jefe de Gabinete criticara duramente su propuesta para crear un ministerio de lucha contra el narcotráfico, aludió a la versión que indica que, en 1994, siendo intendente de Quilmes, Fernández se escapó de la sede comunal en el baúl de un automóvil para eludir una orden de captura librada en su contra, hecho que éste siempre negó. El mes pasado, al cumplirse 13 años de la masacre de Avellaneda, los manifestantes lo increparon por su presunta "responsabilidad política", pues durante el gobierno de Duhalde se desempeñó como secretario general de la Presidencia. Fernández respondió que no se encontraba en el país y que nunca lo acusaron por esos hechos. Tampoco constituye un secreto su estrecha relación con los barrabravas de su club, Quilmes.

Las palabras sirven para ofender y mentir, pero también, puesto que permanecen en el tiempo, sirven para evaluar y juzgar a quien decide que sean sus palabras y no los hechos las que lo definan. Un gobierno que se caracteriza por una inédita violencia verbal hace mucho que encontró en Fernández un digno vocero.

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