Árbitros: una investigación que debe profundizarse

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28 de julio de 2015  

Incapaz todavía de reordenarse luego de que Julio Grondona se llevara a la tumba su forma de conducción dictatorial y oscura, y salpicado por el estallido del escándalo de la FIFA, el fútbol argentino sigue bajo sospecha.

Ahora la cuestión gira en torno de miembros de su plantel de árbitros sobre quienes la AFIP puso la lupa ante groseras inconsistencias que advirtió en sus declaraciones juradas de Ganancias y Bienes Personales.

La gestión del organismo que encabeza Ricardo Echegaray tuvo una derivación que estuvo a punto de generar una huelga de árbitros y la consecuente suspensión de los partidos cuando los jueces investigados por la AFIP prácticamente fueron separados de sus funciones.

El plantel de árbitros, dividido en dos ramas: la Asociación Argentina de Árbitros (AAA), que conduce Federico Beligoy, y el Sindicato de Árbitros Deportivos de la República Argentina (Sadra), a cargo de Guillermo Marconi, terminó por unirse en sus planteos ante la AFA y amenazó con parar el fútbol si no se les permitía trabajar normalmente a quienes están bajo la lupa de la AFIP.

Si bien los nombres más visibles sobre los cuales se concentró la tarea de la AFIP son los de Pablo Lunatti, Diego Ceballos y Ernesto Uziga, se sabe que hay al menos otros seis que están siendo investigados.

El asunto, cuyo pico más alto lo constituyó la sospecha de que Lunatti tendría una sociedad llamada Todo Pasa, la famosa frase que figuraba en el anillo de Julio Grondona, con asiento en Miami y que serviría para evasión impositiva, se empalmó con las escuchas que tiempo atrás dejaron al descubierto algo siempre latente en el ambiente del fútbol: la compra de voluntades de algunos jueces para manejar el rumbo de determinados partidos.

Es absolutamente lógico que la agencia de recaudación ponga el ojo sobre ciudadanos que no cumplen con sus obligaciones fiscales y, más aún, si, como en el caso de ciertos árbitros, llevan un nivel de vida que no se condice con sus ingresos, pero también hay que tener en cuenta que no hay corrupto si no hay alguien dispuesto a corromper.

El Gobierno ha puesto dinero de todos los argentinos, alrededor de 6000 millones de pesos desde 2009 -de los cuales casi 1500 millones de pesos corresponden a este año-, cuando decidió adueñarse del fútbol para usarlo como maquinaria de autopropaganda, y ha hecho toda clase de arreglos con Grondona, el mismo al que escuchas conocidas recientemente dejaron al descubierto hablando de referatos y favores, el que pedía cuidar a determinados equipos y se ufanaba de haber manejado a través del árbitro paraguayo Carlos Amarilla nada menos que una final de la Copa Libertadores entre Boca y Corinthians.

No debieran los árbitros actuar corporativamente en esta situación. En tanto, correspondería la idea inicial de separarlos si sobre ellos recayeran las sospechas de haber participado en arreglos de partidos. Alguien sospechado de corrupción no debe seguir impartiendo justicia, en este caso en un partido de fútbol.

Si se confirmase finalmente que se han comprado árbitros, cuánto más peligroso hubiera sido que se concretara el proyecto del Gobierno denominado "Prode Bancado", consistente en un sistema de apuestas online, que, como bien ha dicho en reiteradas oportunidades monseñor Jorge Lozano "además de oficializar la incentivación en el fútbol y estimular el fraude deportivo, fomenta la adicción al juego".

De toda esta situación turbia queda claro que el Gobierno no podía desconocer con quién trataba durante su larga y costosa negociación para el erario con Grondona. Cabe preguntarse ahora si también se incluía a los árbitros en ese matrimonio por conveniencia.

Insistimos: es loable que, a través de la AFIP, el Gobierno ponga el ojo sobre los manejos del fútbol, en este caso, el patrimonio y las declaraciones juradas de los árbitros, pero es necesario que también lo haga sobre la tesorería de la AFA, de los clubes y sobre los costos de los campeonatos.

La fiesta de goles que se vive cada fecha tiene, como se dijo, un costo demasiado alto.

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