Candidatos con prontuario:¿es todo lo mismo?

La corrupción no es producto de la casualidad: se construye y alimenta en sociedades que la consienten; no da igual votar o no a los corruptos
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17 de marzo de 2019  

¿Por qué recurrimos a un mecánico de confianza para que revise el auto usado que queremos comprar? ¿Por qué pedimos referencias sobre administradores de edificios antes de contratar a uno? ¿Por qué hurgamos entre montones de antecedentes previamente a la inscripción de nuestros hijos en un colegio? ¿Por qué exigimos presupuestos antes de aceptar el arreglo de un servicio cualquiera o de contratar un seguro de vivienda? Porque en todos esos casos, entre decenas y decenas de ejemplos que podamos imaginar, desde los más humanos y vitales hasta los meramente operativos, necesitamos evaluar detenidamente las opciones antes de decidir. Porque sentimos que estamos poniendo en juego nuestra tranquilidad, nuestro futuro y el de nuestra familia y, ciertamente también, nuestro patrimonio.

La pregunta menos sencilla de responder es por qué muchas veces no ponemos el mismo empeño a la hora de elegir a quienes nos gobiernan , que, en definitiva, son las personas en quienes depositamos nuestra tranquilidad, nuestro futuro y el de nuestra familia y, desde ya, nuestros bienes para que gestionen un Estado eficiente, transparente, con rendición de cuentas, y al servicio de todos los ciudadanos y no de la rapiña política de unos pocos. En definitiva, ¿por qué votamos corruptos?

¿Por qué Cristina Kirchner conserva alrededor de un 30 por ciento de apoyo del electorado, según la mayoría de las encuestas, cuando se encuentra multiprocesada por delitos gravísimos, como defraudación contra la administración pública, encubrimiento del atentado contra la AMIA, direccionamiento de la obra pública, asociación ilícita y lavado de dinero?

Entre quienes se esfuerzan por hallar algún tipo de respuesta racional a ese apoyo de ciudadanos comunes -no así de muchos dirigentes del propio partido de la senadora, más próximos a buscar una amnistía lo suficientemente amplia como para quedar ellos también comprendidos en caso de necesidad- están los que destacan el efecto "benefactor" que sobre determinados grupos poblacionales pueda haber tenido el latrocinio al Estado por parte del dirigente corrupto. Aquel viejo dicho "roban, pero hacen". Aseguran que en ese sector prima la negación ante la evidencia de corrupción si, como producto de esta, se ha conseguido un subsidio, un trabajo o un provecho para el barrio o la comunidad.

Creerle al corrupto no hace más que fortalecerlo. El corrupto sabe dónde hacer pie, conoce muy bien cuáles son las necesidades que le garantizan clientela electoral. Tal vez por ello nunca termina de satisfacerlas cuando accede al poder. De hacerlo, se quedaría sin el principal combustible de sus "incentivos".

Más dramáticos, aunque habrá que concederles buena parte de la verdad, son los que afirman que existen sistemas políticos corruptos porque hay sociedades que los consienten. La corrupción no es producto de la casualidad: se construye, alimenta y se protege con impunidad. A esto ha de adosarse la cultura de la corrupción, que hace que para muchos miembros de una sociedad no cumplir con las normas sea la regla y no la excepción.

En este punto es cuando la imagen se expande tanto que hay que realizar un gran esfuerzo para focalizar la mirada en un culpable solitario. Imposible lograrlo. La explicación es simple: una dirigencia política corrupta se sostiene no solo por el aval de ciudadanos a los que no les afecta ese proceder, sino por fiscales, jueces, efectivos de seguridad, inspectores y controladores varios que hacen la vista gorda permitiendo que el sistema funcione de esa manera.

Si Cristina Kirchner finalmente se decide a ser candidata presidencial, va a profundizar su absurda acusación contra quienes la investigan desde la Justicia y el periodismo. Ensuciar al acusador es el recurso predilecto de quienes no pueden demostrar que son inocentes. La expresidenta se está jugando su libertad. Hasta ahora, no ha ido presa porque se ampara en sus fueros de legisladora, que no fueron pensados para apañar a corruptos, sino para garantizar que ningún diputado o senador sea perseguido por sus opiniones en ejercicio del cargo. A Cristina Kirchner la persiguen varios fiscales y jueces con pruebas suficientes sobre su culpabilidad. Hasta la Corte Suprema ha dejado firme su prisión preventiva en la causa por el pacto con Irán.

¿Intenta hacernos creer la senadora que el mundo se ha puesto en su contra, que decenas y decenas de exfuncionarios, sindicalistas, empresarios y allegados suyos decidieron unirse en una conspiración planetaria para perjudicarla con sus declaraciones ante la Justicia? ¿Hasta dónde llega la fe del núcleo duro que la consiente y estimula? ¿Será que, como bien ha escrito Jorge Fernández Díaz en una columna reciente, "heladera mata cuaderno y esa verdad del voto relaja al populismo"? ¿Es posible que los problemas económicos releguen a segundo plano la deshonestidad y la falta de escrúpulos?

Habría que preguntarse también cuánto ha contribuido y contribuye el oficialismo alimentando falsas deidades al fortalecer la idea de la polarización.

Bo Rothstein, politólogo sueco, dijo hace poco en España que "la gente vota a los corruptos porque les da igual que lo sean mientras la ayuden" y que por eso es tan importante una ley de transparencia. Puso un ejemplo tan doméstico como efectivo: "En Suecia, cualquiera puede venir a mi departamento y pedir las facturas de mis viajes desde hace diez años y tenemos que darlas al momento. Si sabes que eso es una posibilidad, tendrás mucho más cuidado en hacer algo equivocado". Eso ocurre cuando no hay diferencias entre las varas para medir las conductas individuales y las de los gobernantes. Cuando en un país la ley es igual para todos, no hay impunidad garantizada, la libertad es para los honrados y, la cárcel, para los delincuentes.

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