Desempleo récord

(0)
24 de enero de 2002  

La última encuesta de indicadores laborales dada a conocer por el Ministerio de Trabajo ubica el índice de desempleo de la población económicamente activa del país, a fines del año anterior, en un nivel crítico: 20%. Esto señala un incremento del 1,3% con respecto a las cifras del mes anterior. Teniendo presente que cada punto significa en la práctica la cancelación de 120.000 puestos de trabajo, aritméticamente la cantidad de desocupados puede acercarse a los tres millones de personas, lo que pone de relieve la magnitud del problema económico y social que padece el país.

Dicho en otros términos: la quinta parte de la población potencialmente en condiciones de trabajar y producir se halla paralizada. Los datos de agravamiento mayor de la situación laboral se registran en los grandes centros urbanos y sus respectivos conurbanos: Gran Buenos Aires, Gran Córdoba y Gran Rosario.

Esta sobria información bosqueja una realidad más alarmante, por cuanto no se alude a la población subocupada, cuya limitada actividad se desarrolla de manera informal, dentro de la economía en negro. Este sector también ha registrado un aumento de desempleo, por cuanto las bien conocidas dificultades de liquidez vigentes en las últimas semanas han conspirado contra el mantenimiento de las tareas de muchos.

La percepción de un cuadro tan agudo de deterioro laboral y social viene reclamando urgentes respuestas cuyas claves tienen que centrarse en la promoción del trabajo productivo. Esta es la única salida genuina, tal como lo hemos reiterado en estas columnas. Lamentablemente, muchos esfuerzos y dineros se han aplicado a fines solamente asistenciales y, pese a las buenas intenciones, han resultado meros paliativos que apenas han enmascarado la cuestión de fondo. Por otra parte, han dado ocasión frecuente a un manejo discrecional de partidas y de distribución de beneficios instrumentados por designios de baja política. Consecuentemente, se cosecharon críticas y enfrentamientos. Esta lección tiene que servir para no repetir errores. La ayuda al muy necesitado no debe manipularse con propósitos políticos o sindicales, que constituyen conductas de absoluta inmoralidad.

Si ante la imperiosa demanda de alimentos para habitantes sin recursos, es lógico y humano que se les provean, también es indispensable ir más allá sin demoras; esto es, recrear las condiciones para que retorne la rueda del trabajo y la producción. Es evidente que el país vive una dramática carrera contra el reloj para salir de una encrucijada que no puede prolongarse sin acarrear peores males a una población abrumada por el agotamiento de sus fuentes de trabajo y, con ellas, de los modos corrientes de atender sus necesidades básicas de subsistencia, salud, vivienda, educación.

El triste conglomerado de los que van quedando excluidos crece sin detenerse. Un dato muy expresivo al respecto es que, a fines del año 2000, el 13,2% de 10 millones de jóvenes entre 15 y 29 años no trabajaban ni tampoco estudiaban. Vale la pena recordar que hay una correlación probada entre la falta de recursos y la deserción del sistema educativo. Esta renuncia a una mejor capacitación hace que una parte considerable de nuestra juventud se condene a permanecer en una franja de ineptitud para afrontar los requerimientos de conocimientos y habilidades que las formas evolucionadas del trabajo exigen hoy.

Esta perspectiva muestra otro ángulo oscuro del cuadro actual de nuestra sociedad. No sólo se reducen las oportunidades de encontrar trabajo, sino que la juventud -nuestra mayor riqueza- al no poder insertarse laboralmente y abandonar la formación educativa, contribuye a que el porvenir resulte más estrecho y limitado.

No hay que omitir una referencia al perjuicio anímico, fácil de percibir. Esto se manifiesta en desaliento, pesimismo y conductas antisociales que atentan contra todo esfuerzo honesto, indispensable para emerger de la postración.

Es menester, pues, luchar para que cese esa corriente de pesadumbre y quebrar el círculo de la declinación empresarial, el desempleo, la pobreza y la deserción escolar. Importa aunar las fuerzas que promueven la economía y la educación. Los planes de esta hora tienen que encarar lo más urgente, pero, asimismo, apuntar al desarrollo de las personas para que crezcan en posibilidades de trabajar y producir.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?