El precio de los combustibles

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26 de junio de 2002  

El importante incremento en los precios del gasoil, que ya ronda el 100 por ciento en lo que va del año, y de las naftas, que acumula alrededor del 60 por ciento, preocupa a la opinión pública y de manera especial a los sectores productivos.

La realidad indica que hemos retornado a la triste época de los aumentos semanales de los precios en los surtidores, mediante los cuales las compañías petroleras refinadoras tratan de recuperar el aumento operado en sus costos -fundamentalmente el petróleo crudo-, en la actual coyuntura generada por la devaluación de nuestra moneda.

El petróleo es un producto conocido como "commodity"; esto implica que la cantidad de transacciones diarias de compra y venta que se efectúan determina que su precio pueda ser considerado como consecuencia de la oferta y la demanda. El petróleo producido en la Argentina no escapa a esa regla, ya que se exporta cerca del 40 por ciento de lo que se produce y, consecuentemente, su precio responde a los valores internacionales en dólares.

El Estado reaccionó imponiendo retenciones del 20 por ciento a las exportaciones, con el doble propósito de reducir los precios internos del petróleo y de aumentar la recaudación fiscal.

En cuanto al gasoil y a su desabastecimiento en el mercado, las causas son variadas. Por un lado, la situación económica provocó que algunos refinadores decidieran disminuir la producción de su refinería, lo que sumado a que otros prefirieran realizar mayores exportaciones, con retenciones del 5 por ciento, generó una caída en la oferta de gasoil en el mercado doméstico. El aumento de la cosecha gruesa argentina, que será la mayor de la historia, también desata una mayor demanda de gasoil. Por otra parte, la devaluación hizo que los combustibles convirtieran a la Argentina, de un día para otro, del país más caro de la región en uno de los más baratos, lo cual se verifica en las fronteras con compras de gasoil en nuestro territorio para llevarlo a países vecinos. Finalmente, existe un efecto de acaparamiento producido por los constantes aumentos de precios.

Los problemas que se suscitan hoy en el mercado de combustibles, al margen de los gruesos errores en la política económica que llevaron a la megadevaluación del peso, son el fruto de culpas compartidas entre los sectores estatal y privado.

Las compañías refinadoras gozaron de una libertad de precios desde los años noventa, por medio de los decretos de desregulación, utilizada en forma abusiva. Durante años, los precios en el mercado interno superaron con creces la paridad de importación, condenando a los argentinos a pagar por el combustible valores mayores a los que reconocía la lógica económica. Es probable que décadas de precios regulados hayan hecho que las necesidades de realizar inversiones en el sector produjeran ese efecto de precios elevados. Más tarde, esa política fue modificada y hoy los valores se acercan más a los internacionales.

El Estado, por su lado, se dedicó durante mucho tiempo a distorsionar los precios relativos, por medio del impuesto a los combustibles líquidos y al gas natural.

En otro orden, las intervenciones en el mercado a través de la limitación a las exportaciones de crudo producen un efecto contrario al buscado. Al disminuir las inversiones en el sector, disminuye la producción de petróleo y refinados, cayendo la recaudación por regalías e impuestos para las provincias y el Estado Nacional.

Una regulación total del sector de hidrocarburos, como la propiciada por algunos proyectos de leyes, implicaría un serio retroceso y ahondaría el desabastecimiento.

Esto no implica que el Estado no deba cumplir una función esencial, promoviendo la competencia y mayor eficiencia de las empresas petroleras, las que deben comprometerse a un adecuado abastecimiento del mercado y a tomar en consideración las gravísimas consecuencias sociales que desmesurados incrementos en los precios de los combustibles podrían desatar.

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