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Gritos en las sesiones, ruidos en las instituciones

La violación de reglas por parte de quienes dictan las leyes es una contradicción que no puede justificarse en nombre de la democracia
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9 de marzo de 2019  

En las sesiones de análisis, los terapeutas no se interesan por la literalidad del relato de sus pacientes, sino por las razones ocultas tras el telón de las palabras. No tanto lo que ellas dicen, sino lo que explican acerca de quienes las dicen.

La ruidosa ceremonia de apertura de las sesiones ordinarias del Congreso de la Nación (también "sesiones") fue diván de nuestro inconsciente colectivo y, de paso, buena explicación sobre los males que nos aquejan y los riesgos que nos acechan.

No obstante la imponencia de su recinto, la jerarquía del poder que aloja siempre recordado por sus ocupantes al tiempo de reivindicar fueros, viáticos y asesores y la presencia del Poder Ejecutivo, más los cinco ministros de la Corte Suprema, el Palacio Legislativo exhibió desbordes tan violentos como adolescentes, en una catarsis para desahogar a disertantes y enardecer a militantes.

Con sus 257 diputados y 72 senadores, la Asamblea Legislativa refleja el pulso del sentir nacional, sus creencias y prioridades. No se trata de cuestionar modales, ni de imponer protocolos: en la frágil coyuntura actual, los gritos en las sesiones provocan ruidos en las instituciones.

Más allá de las palabras, esos ruidos trascienden la chicana política y dañan las expectativas en el trigémino de su expresión material: el valor de la moneda y su contracara, la persistente inflación. Se trata de la institución fundamental sobre la cual se construye todo el andamiaje de bienestar que la sociedad pretende y que los sucesivos gobiernos intentan satisfacer, sin éxito.

Desde el primer desborde inflacionario en 1952, el peso argentino se fue degradando como tal, salvo durante breves intentos de estabilización, siempre fracasados. La causa última fue y es el desequilibrio fiscal, agravado por pactos corporativos que bloquean la competitividad del sector privado. Como en un juego perverso, nadie quiere conservarlo, pasándolo al siguiente hasta que se deshace en la hoguera inflacionaria.

El miedo a la imprevisibilidad argentina, confirmada por emergencias, ahorros forzosos, defaults, pesificaciones y confiscaciones, mantiene en vilo a ahorristas grandes y pequeños, a inversores y analistas, a empresarios y banqueros, a profesionales y monotributistas.

Sin confianza en la moneda no hay ahorro ni inversión. Lo mismo da si los billetes exhiben próceres o animales. Todos causan repulsión al monedero por temor a que su valor se convierta en cero.

En presencia de tantos exabruptos y de tantas arbitrariedades pasadas, la pregunta obligada es: ¿Ocurrirá de nuevo? ¿Es confiable esta gente? ¿Honrará promesas? ¿Respetará sus propias leyes? ¿Reconocerá derechos adquiridos? ¿Impartirá justicia?

Sin ahorro ni inversión no habrá fábricas ni empleo genuino. Sin industrias ni empleos no habrá recursos para comer ni educar ni curar, como lo aprendió tardíamente Raúl Alfonsín. Sin ahorro ni inversión no habrá reactivación y ninguna propuesta "productivista" superará el discurso ni el papel donde se escribe: sin moneda, no hay otro camino.

Cuando la población no confía en yaguaretés ni en ballenas ni en el cóndor andino ni en el pacifico guanaco -como tampoco confió en las efigies de San Martín, Sarmiento o Eva Perón se vuelca al dólar, denostado e idolatrado. Y quienes tienen dólares no los convierten a pesos para invertirlos en el país, como reclamaba Cristina Kirchner mientras recibía bolsos en su departamento de Barrio Norte.

El costo de crear demanda por la moneda, de disimular los gritos en la Asamblea, de frenar aquella fuga crónica es la mortífera tasa de interés, que congela la economía, cierra comercios, concursa empresas y provoca despidos.

El espectáculo del Congreso Nacional, con la diputada "trucha" infiltrada entre los condescendientes Felipe Solá y Daniel Arroyo, las imprecaciones patoteriles y los carteles en las bancas como letreros de calle peatonal son mensajes que trascienden el ámbito de la escaramuza electoral para incidir sobre las perspectivas futuras del país. Cuando una diputada "trucha" sienta la necesidad de gritar entre Solá y Arroyo, sería más lógico que lo hiciera sola frente a un arroyo, pero lejos del augusto recinto donde se sancionan leyes y se deben ejemplificar conductas.

Decoro, compostura, respeto, dignidad, vergüenza son expresiones que desdeñan quienes van por todo, en nombre de un populismo autoritario, sin división de poderes, ni libertad de prensa, ni Justicia independiente. No les importa la moneda ni el empleo ni la inversión. En la emergencia, todo vale para evitar la cárcel y conservar bienes provenientes de la corrupción.

El deterioro de la palabra, la malversación de lo público, el ocaso de la probidad, el olvido de la responsabilidad, la manipulación del pasado y el desprecio por el futuro se enraízan en conductas como las ocurridas en el Congreso. La violación de reglas por parte de quienes dictan las leyes es una contradicción que no puede justificarse en nombre de la democracia.

Y, así, los docentes son agredidos en las escuelas, los médicos en los hospitales, los jueces en los juzgados, los fiscales en las fiscalías, los policías en las calles, los árbitros en las canchas y los padres en los hogares.

Muchas veces se ha propuesto un acuerdo básico entre las fuerzas políticas, como el Pacto de la Moncloa, para recomponer las instituciones y asegurar la gobernabilidad. Pero nunca ha sido posible. A falta de ello, debería existir un pacto tácito, mucho más sencillo, basado en el sentido común, una pizca de amor a la patria y empatía por la situación de la gente, para que haya líneas que no se traspasen, ámbitos que se respeten, palabras que no se profieran. En beneficio de todos "y para mal de ninguno".

Los partidos que se juzgan republicanos deberían distanciarse de quienes tienen todo para perder y adherir a esas mínimas reglas de juego que también los beneficiarán si les tocase gobernar.

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