La Antártida y nuestra soberanía austral

Debe reconocerse la labor de científicos, técnicos y militares como centinelas fieles de una importante y estratégica región de nuestro extenso país
La emblemática Base Marambio transita en 2019 su cincuentenario
La emblemática Base Marambio transita en 2019 su cincuentenario Fuente: Archivo
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19 de marzo de 2019  

Aquella Terra Australis que cartógrafos del siglo XVI incluían ya en los mapas despertaba fascinación en muchos y fue disparador de numerosas expediciones al continente antártico. Los descubrimientos de Hernando de Magallanes y, luego, de Sebastián Elcano respecto de la conexión entre los océanos Atlántico y Pacífico echaron por tierra las creencias de que esa porción austral se hallaba conectada con el continente. De forma casi circular, rodeado de océanos, con una península que sobresale extendiéndose de sur a norte, este blanco continente ocupa una extensión de 14 millones de kilómetros cuadrados, algo menos que el territorio de América del Sur, y casi un millón y medio de kilómetros cuadrados corresponden a la Argentina. A pesar de las escasas lluvias, aun cuando en los últimos tiempos se incrementaron dando señales del efecto del cambio climático, se almacenan allí, en forma de hielo, más de las tres cuartas partes del agua dulce disponible en nuestro planeta, un recurso cada vez más valioso, en el lugar más frío, más seco y más ventoso de la Tierra. Una de las pocas superficies con zonas que aún permanecen vírgenes en nuestro mundo.

Entre los títulos de soberanía argentina en el territorio, a comienzos del siglo XIX buques foqueros provenientes del Puerto de Buenos Aires se dirigían hacia las islas Shetland del Sur en busca de presas. Uno de ellos llevaría como grumete al futuro comandante argentino Luis Piedrabuena. Avanzado el siglo, numerosas expediciones extranjeras recibieron nuestra ayuda y plasmaron su agradecimiento dando nombres argentinos a distintos accidentes geográficos: isla Uruguay, islas Argentinas, Roca, Quintana, entre otros.

Los más recientes avances de la ciencia y la tecnología contribuyeron a paliar las duras condiciones climáticas polares y sumaron la cooperación internacional para que la Antártida no pasara a ser sede de conflictos. Doce países firmaron el Tratado Antártico en 1959 y, desde entonces, son ya 48 los que lo reconocen, 40 con estaciones en operación en la zona, habiendo logrado hacer de aquella gélida geografía una zona de paz, de cooperación científica y un valioso territorio protegido.

El Protocolo de Madrid, vigente desde 1998, declara a la Antártida reserva natural, protegiendo así su flora y su fauna, disponiendo el tratamiento de los residuos y la prevención de los impactos ambientales, fijando incluso protección especial para determinadas áreas e incluyendo la preservación de sitios y monumentos históricos. Lamentablemente, el continente antártico no escapa a los nefastos efectos del cambio climático. Fruto de la observación satelital, la Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio (NASA, por sus siglas en inglés) reportó recientemente que el glaciar más inestable, el Thwaites, se desintegra aceleradamente, generándose en él una gigantesca grieta de la superficie de la ciudad de Nueva York, elevando peligrosamente el nivel del mar en el mundo. Cabe señalar que la tasa de derretimiento se ha triplicado peligrosamente en los últimos cinco años.

Nuestra región antártica, delimitada por los meridianos 25° y 74° oeste y el paralelo 60° de latitud sur, integra el que fuera el Territorio Nacional de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, provincializado en 1990.

Cerca de 300 personas trabajan en las bases antárticas argentinas. Las permanentes son Orcadas, Carlini (ex-Jubany), Esperanza, Marambio, San Martín y Belgrano II; mientras que Cámara, Decepción, Petrel, Primavera, Melchior, Brown y Matienzo son temporales. La Base Marambio es la principal estación científica y militar argentina. Cuenta con la pista de aterrizaje más extensa de la región y capacidad para brindar a las demás bases evacuación sanitaria, búsqueda y rescate, traslado de personal y cargas, y lanzamiento de cargas y correspondencia a lo largo del año. En Carlini es donde más investigación científica se realiza; en Esperanza incluso invernan familias.

Desde el 22 de febrero de 1904, cuando se inauguró la primera estación meteorológica y magnética y la oficina de correos en el grupo de las Orcadas, nuestro pabellón flamea en la isla Laurie. Durante las primeras cuatro décadas del siglo pasado, fuimos los únicos habitantes permanentes de aquellos lejanos territorios, otro sólido aval de nuestra soberanía. En 1974 se instituyó aquel día de febrero como el Día de la Antártida Argentina. Vale destacar que este año transitamos también el cincuentenario de la Base Antártica Marambio (1969/2019).

Debido al receso estival, el acontecimiento no integra el calendario escolar, no hay celebraciones ni actos conmemorativos que permitan instalar en la ciudadanía, en especial entre los más jóvenes, la importancia de nuestra patriótica y antigua presencia en esos australes territorios. Sin embargo, en algunas provincias se ha fijado el 21 de junio como Día de la Confraternidad Antártica.

Las campañas antárticas convocan año tras año a científicos, técnicos e integrantes de las tres Fuerzas Armadas dispuestos a soportar climas extremos, la mayoría alejados de sus familias por largos períodos, en la soledad inmensa y blanca desde la cual son observadores y centinelas fieles de una importante y estratégica región de nuestro extenso país. A ellos y a quienes los precedieron, nuestro sincero reconocimiento y agradecido aliento.

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