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La Iglesia y la pedofilia

Ante acontecimientos que les han restado autoridad moral a sectores eclesiásticos, no hay espacio para la defensa corporativa y el silencio cómplice
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10 de marzo de 2019  

Más allá de la comprensible decepción que manifestaron varias víctimas de abusos sexuales por parte de sacerdotes y religiosos, el encuentro convocado y presidido por el papa Francisco en el Vaticano y que reunió a representantes de todos los episcopados del mundo, marcó un hito en la historia de la Iglesia, inimaginable pocos años atrás. Queda la duda de si hoy se está actuando porque no era posible seguir soslayando la gravedad del tema. El desprestigio ocupa a diario las portadas de noticias: en diez días fueron condenados por encubrimiento o abusos dos cardenales, luego de la expulsión de quien fuera arzobispo de Washington y de las acusaciones que pesan sobre el ex arzobispo de Santiago de Chile.

El terrible y extendido escándalo de los abusos, muchas veces negado y silenciado por las autoridades que deberían haberlos investigado y denunciado, sumió a toda la Iglesia en una profunda crisis de credibilidad. "Ustedes son los doctores de las almas y, sin embargo, con excepciones, se han convertido, en algunos casos, en los asesinos de las almas, en los asesinos de la fe", expresó en su testimonio ante la audiencia el chileno Juan Carlos Cruz, quien fue abusado por el ex sacerdote Fernando Karadima. Este "carismático" líder religioso fue durante años una figura referencial para la Iglesia en su país, y en gran medida culpable de la honda crisis que hoy vive la comunidad cristiana chilena y del manifiesto desprestigio de muchos de sus obispos. Cabe recordar el severo encuentro de los prelados del país vecino con el Papa, que concluyó con la renuncia en masa del colegio episcopal trasandino.

El arzobispo de Chicago, Blase Joseph Cupich, norteamericano de ascendencia croata y uno de los organizadores de la cumbre, señaló que el cáncer de los abusos es "la causa de la creciente desconfianza en la Iglesia, sin mencionar la indignación de los fieles". Y el arzobispo de Boston, cardenal Sean O’Malley, dijo que "en este momento, para la Iglesia no hay nada más urgente que arrancar la raíz de esta plaga de los abusos por parte del clero, y en este sentido los obispos deben asumir una efectiva responsabilidad". Al tiempo que se exige prevención, procesos más transparentes y rápidos, y penas más severas, el jesuita alemán Hans Zollner, reconocido experto en el tema y docente en la Universidad Gregoriana de Roma, afirmó que "difícilmente se darán pasos adelante sin un efectivo cambio de mentalidad". La reticencia de ciertos episcopados, como el español o el italiano y algunos del Este europeo, dan cuenta de las enormes dificultades que se encuentran dentro de las mismas jerarquías católicas, encerradas a veces en una suerte de defensa corporativa y silencio cómplice.

Este drama cuestiona muchos aspectos de la vida eclesial: la selección, el aislamiento y la formación de los aspirantes al clero, la marcada ausencia de criterios para distinguir entre pecado, debilidad y delito, y la falta de cooperación con la justicia de los respectivos países. El arzobispo maltés Charles Scicluna, el máximo experto del Vaticano en pedofilia, fue categórico: "Hay que pasar del silencio a una cultura de denuncia".

No hace falta aclarar que el principal problema hoy es que perduran resistencias en algunos sectores eclesiales. Ciertos ultraconservadores son inflexibles con el Papa y no admiten un cambio de política drástico. Sin embargo, está claro que no hay vuelta atrás y ya no quedan espacios para el silencio y la complicidad. Los acontecimientos le han restado autoridad moral a sus palabras.

La historiadora y periodista Lucetta Scaraffia, directora del suplemento femenino de L’Osservatore Romano, siempre clara y decidida a hacer oír la voz de las mujeres en una institución que ha heredado mucho del machismo, insiste con razón en la falta de control sobre los obispos. En una entrevista en el diario El País de Madrid señaló que los obispos tienen "una tradición patriarcal de la que no salen". Observó que en el encuentro vaticano sobre pedofilia las mujeres eran poquísimas a pesar de que ellas "viven el problema de los abusos como víctimas, pero también como observadoras y protectoras de los menores con otra mirada". Se preguntó además cómo puede ser que se escriba una guía para que los obispos sepan cómo comportarse frente a los abusos. "¿No lo sabían? Yo soy cristiana, y pensar que un obispo no sabía qué hacer delante de un sacerdote que abusaba de un niño me hace un daño terrible".

Por lo visto, no es fácil vencer la fuerte tradición de ocultamiento de la verdad que se esgrimió para "salvar" a la institución, en contraposición con el Evangelio, que enseña a estar del lado de las víctimas y no de los verdugos.

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