Los chicos de la calle

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30 de septiembre de 2005  

Una de las más penosas realidades sociales que afectan a nuestro país es la de los chicos de la calle. Muchos hablan de ella y muchos más se escandalizan por su subsistencia; sin embargo, y a pesar de las últimas novedades parlamentarias -la aprobación del proyecto de ley de protección integral de los derechos de niños, niñas y adolescentes, el miércoles último-, siguen siendo escasas las acciones encaradas desde el Estado y desde el seno mismo de la sociedad, animadas por la positiva intención de encontrar remedios eficientes y soluciones viables.

Avergüenza enterarse de que sólo en la ciudad de Buenos Aires hay alrededor de 4000 criaturas de ambos sexos, la mayor parte procedentes del conurbano, incluibles en la denominada "situación de calle", frío tecnicismo que apenas disimula una inadmisible calidad de vida. Y que ese problema también se ha extendido a casi todas las principales ciudades del interior.

Existen varias modalidades de la genérica "situación de calle". Hay chicos que desconocen cualquier otra forma de vida y sobreviven a duras penas cobijándose como pueden en las estaciones del subte, en las terminales y playas de carga ferroviarias y en los zaguanes, si los dejan. Para ellos -abrepuertas de autos en constante pugna con la competencia, suplicantes limpiadores de parabrisas, malabaristas a los apurones o lisos y llanos pedigüeños-, la calle se ha convertido en improvisado lugar de trabajo y no menos precarios dormitorio y comedor (cuando consiguen alimentos).

Otros chicos callejean durante el día y vuelven a sus casas por la noche, y hay quienes lo hacen sólo dos o tres días por semana. Al margen, los chicos cartoneros acompañan -o no- a sus padres y pasan toda la jornada recolectando desperdicios.

También están los que se inician en esta vida compartiendo la calle con la concurrencia a la escuela y el regreso a su hogar, para luego dejar poco a poco familia y colegio y terminar en plena "situación de calle". Se encuentran expuestos a la explotación laboral y corren peligro de ser sometidos sexualmente mediante distintas formas de prostitución infantil, forzados a la mendicidad, sumergidos culturalmente y condenados a permanecer en el fondo de la sociedad por falta de educación. Sufren maltrato y abusos y se van deformando en el temor a la autoridad, en la cuasi ilegalidad y en la seguridad de que, hagan lo que hicieran, no podrán cambiar su penosa situación.

De allí al alcohol y a las drogas hay muy corto trecho. Finalmente, suelen caer en las redes de venta de narcóticos, que los utilizan como distribuidores, ya que por su edad no pueden ser condenados.

Un laberinto sin salida del cual sólo pueden ser salvados por la familia y por la escuela, instituciones en crisis merced a la acción interesada de quienes pretenden destruir a la primera y se olvidan de la existencia de la segunda.

El desempleo y la pobreza ahondan el problema. Uno y otra son responsables de la existencia de esos niños que suelen rendirse ante la oferta de tan sólo unas pocas monedas.

De tan reiteradas, esas hirientes escenas han terminado por anestesiar al grueso del cuerpo social, que ha perdido su capacidad de asombro u opta por los discursos esquizofrénicos sobre la Convención de los Derechos del Niño, la ley de la minoridad, las políticas sociales, el día del "juego del niño", que acaba de ser instituido y realizado, y otras maravillas declamatorias en franca contradicción con la cruda realidad y la falta de políticas operativas mínimas.

Si las estadísticas que se manejan son más o menos exactas, 4000 chicos en esas condiciones en apenas el ámbito metropolitano constituyen un gravísimo problema, pero su solución no es imposible.

Nuestros políticos y nosotros mismos, como integrantes de la sociedad, hemos olvidado al niño. Hablamos de sus derechos, mientras nos resulta imposible practicar el consejo de Ortega y Gasset: "¡Argentinos, a las cosas!".

Familia, escuela y deporte son tres pilares esenciales para rescatar definitivamente de las calles a la niñez desamparada. Nada se resuelve confinando al niño en un instituto en el que ingresa por una contravención menor para salir en condiciones de incurrir en delitos mayores. La solución no pasa, pues, por un castigo más o menos velado, sino por la vida en el seno de la familia, la concurrencia a la escuela y la actividad deportiva, bajo la tutela de organismos responsables y capacitados.

Si no somos capaces de encarar y desarrollar esas políticas dictadas por el sentido común y la experiencia, malgastaremos nuestro presente y estaremos destruyendo nuestro futuro y el del país.

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