Maestros que cambian vidas

Pocas profesiones pueden dar cuenta de su importancia a la hora de modificar favorablemente el destino de un niño como la del docente
El argentino Martín Salvetti y el keniata Peter Tabichi, maestros ejemplares
El argentino Martín Salvetti y el keniata Peter Tabichi, maestros ejemplares Fuente: LA NACION
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14 de abril de 2019  

Ya nadie discute la importancia de la educación a la hora de proyectar el mejor futuro individual y colectivo. Confundidos a veces por la imagen de algún representante gremial, lo que muchos aún parecemos no entender es que contar con los mejores docentes para esta tarea es clave. Preparar a un niño para el mejor desarrollo de su potencial demanda no solo la mejor capacitación técnica, sino, por sobre todo, una vocación, una entrega y un compromiso que han de estar a la altura del desafío.

Lamentablemente, en la Argentina el acceso a la educación está demasiado atado a la situación socioeconómica y sanitaria del entorno en el que crece un niño, entre otras variables, además de depender de la calidad del docente. En condiciones que muchas veces no son las deseadas, miles de abnegados maestros argentinos se destacan por la excelencia con la que superan escollos al frente de un aula.

Autoridades argentinas que participaron del Foro Mundial de Davos en 2016 despertaron el interés de la Fundación Varkey ( fundacionvarkey.org), particularmente dedicada de manera global a desarrollar las capacidades de maestros y líderes escolares como agentes de cambio. A la fecha, la institución ya capacitó a más de 2500 directores de escuelas en cuatro provincias argentinas. "Cada niño debe tener un gran maestro", afirma Sunny Varkey, su fundador, propulsor del premio Global Teacher Prize (GTP) para docentes secundarios, conocido como el "Nobel de la Educación", al que se postularon más de 10.000 profesores de 179 países en su reciente quinta edición. Dos argentinos estuvieron entre los finalistas de los últimos años: en 2018, Silvana Corso, abocada a la educación inclusiva para adolescentes en riesgo, y este año, Martín Salvetti, maestro de la localidad de Temperley que, entre muchas otras iniciativas, armó una radio 24 horas para incentivar a sus alumnos y reducir la deserción escolar, que pasó del 24% a menos del 2% en los 18 años de vida del motivador proyecto.

El último ganador, que se alzó con el premio GTP de un millón de dólares, fue el sacerdote franciscano Peter Tabichi, oriundo de Kenia, uno de los países más desarrollados de África, pero con altísimos índices de pobreza, en el que coexisten siete grupos étnicos. Su valioso esfuerzo sirvió para reducir la deserción y elevar las inscripciones de 200 a 480 en su escuela, aumentando también el número de los que continuaron con estudios superiores. Junto a otros cuatro colegas, como profesor de física y matemáticas apoya con clases particulares a aquellos niños con bajo rendimiento, incluso en fines de semana, visitándolos en sus hogares, en un entorno en el que abundan las adicciones y las enfermedades como el sida. Con la sencillez y la alegría que le inspira su fe, este carismático franciscano amplió un club de ciencias y fomento del talento y creó un Club de Paz que propone debates que favorecen la convivencia y el entendimiento, plantando árboles juntos, sembrando un futuro distinto. Su prédica en favor de superar una atávica discriminación hacia las mujeres posibilitó que ellas lograran mejores resultados académicos que los varones.

Entre nosotros, el Premio Comunidad a la Educación, que desde hace ya 13 años organiza la Fundación La Nación junto al Banco Galicia y Osde, con la colaboración de Cimientos, Viacom, Proyecto Educar 2050, Latam Argentina y la Universidad de San Andrés, premia proyectos innovadores que mejoran la calidad educativa brindada a alumnos de todo el país en situación de vulnerabilidad socioeconómica.

Celebramos que desde distintos espacios se premie a muchos maestros que son silenciosos merecedores de lauros. Necesitamos generar las condiciones para que definitivamente la delicada tarea de despertar los talentos para que más niños argentinos puedan desplegar todas sus potencialidades esté en manos de personas imbuidas en ese espíritu. Como sociedad hemos de entender que los docentes desempeñan un trabajo irreemplazable cuya trascendencia no se puede relativizar; apoyándolos no solo con salarios dignos que reconozcan el valor de su tarea, sino también generando entornos adecuados para que puedan incubar los mejores resultados. Pocas profesiones pueden claramente dar cuenta de su importancia a la hora de cambiar el destino de una vida, y esta es una. Los niños merecen los mejores maestros.

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