Más gestos y menos palabras

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27 de enero de 2002  

LAS masivas manifestaciones que ciudadanos de distintos lugares del país llevaron a cabo anteanoche, a pesar de la multiplicidad de las reclamaciones, convergen en una demanda común: la necesidad de una profunda renovación en la forma de hacer política en la Argentina y de que se deje de gobernar de espaldas a la gente.

El que no sabe hacia dónde va siempre estará perdido y, como recuerda un viejo dicho, volverá a tropezar con la misma piedra.

En las próximas horas, el presidente Eduardo Duhalde deberá dar señales muy claras sobre cómo se buscará salir del largo proceso de estancamiento económico, que no es otra cosa que empezar a salir de la crisis de confianza.

El primer paso para recrear esa confianza debe ser el abandono de las expresiones voluntaristas o superficiales.

Una vez que se comience a superar el problema de credibilidad que afecta a la mayor parte de nuestra dirigencia será más sencillo encontrar las soluciones técnicas a las diferentes cuestiones concretas por resolver.

No habrá curas que no sean dolorosas. Pero esta vez habrá que optar entre profundizar el sufrimiento de la ciudadanía y de la economía o bien operar sobre los nichos políticos y estatales que se han venido salvando del ajuste.

Los conflictos en nuestro medio reconocen diferentes causas. En ciertos casos, se presentan cuando algunos sectores minoritarios que advierten que sus ideas pierden terreno en la sociedad, en vez de aceptar las discrepancias y armonizar su convivencia, intentan imponer su visión por medio de la fuerza. De ese modo, no aceptan ser porciones de unidades mayores y buscan imponer su perspectiva con desprecio de la realidad, mediante la violencia. Se presenta así una inversión de la fórmula tradicional del abuso: no de las mayorías, sino de las minorías. Es el caso de los grupos que, en recientes manifestaciones, han buscado sembrar el caos por medio de los ataques contra la propiedad privada o edificios públicos.

Pero hay otra forma de conflicto que se advierte con claridad en los momentos actuales. Está dada por una dirigencia que desoye las demandas populares y que se desvive por tergiversar permanentemente la realidad con el propósito de derivar hacia otro lado la búsqueda de soluciones, en tanto conserva viejos privilegios y prerrogativas que son, sin duda, una de las causas de los problemas a los que se reclaman respuestas.

De esta manera, frente a las justificadas demandas vinculadas con las restricciones impuestas al sector financiero, importantes funcionarios disparan contra las entidades bancarias, olvidando que fue la voracidad de un Estado fofo e ineficiente que contrajo deudas muy por encima de sus posibilidades y que luego entró en cesación de pagos lo que ha llevado a la crisis actual. Al mismo tiempo, ensayan explicaciones incoherentes y malintencionadas como cuando se trata de convencer a los ahorristas de que, en realidad, durante años no estuvieron depositando dólares sino pesos.

De igual modo, frente a la fragilidad de la situación social y de los sectores más pobres de la población, se mira constantemente a los más ricos y con frecuencia se piensa en nuevos impuestos, obviando que de cada diez pesos que el Estado invierte en políticas sociales apenas dos pesos llegan a quienes los necesitan.

Es inevitable que, si desde quienes tienen la responsabilidad de gobernar, se multiplican esas actitudes que chocan con la realidad y se esconde la cabeza como el avestruz, lo único que se logra es transformar los fuertes desequilibrios del sector público en desequilibrios sociales que, como en la actualidad, amenazan la concordia cívica.

La concordia es el vínculo que une a los habitantes de un país. Porque hay concordia los ciudadanos admiten de buen grado sus diferencias, articulan el juego de la libertad y aceptan las leyes que emanan de los poderes constituidos.

Así se produce la integración en la diversidad, que no debe ser confundida con la unanimidad. La diversidad de lo humano, la índole conflictiva de la vida, excluye la homogeneidad. Las leyes pueden ordenar la vida en común, pero la libertad es esencial para vivir en plenitud en el mismo espacio: la Nación.

En momentos en que se desarrolla, con el auspicio de la Iglesia y del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el llamado Diálogo Argentino, es vital que aquellas consideraciones sean tenidas en cuenta.

Tal como lo ha señalado el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, monseñor Estanislao Karlic, sería importante que mientras se desarrolla el diálogo, el propio Gobierno y los distintos grupos convocados puedan dar señales auténticas de renovación que faciliten la necesaria credibilidad frente a la ciudadanía. El país requiere de nuevos dirigentes que entiendan que, más que de la elocuencia de su palabra, es imprescindible la ejemplaridad de sus gestos.

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