Para recuperar la confianza

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28 de enero de 2002  

EN días recientes fue difundido un estudio, realizado en la ciudad de Buenos Aires y el conurbano bonaerense, en el cual fueron examinados determinados comportamientos de un sector de nuestra población. El trabajo emprendido por la Agencia Ogilvie y dirigido por la titular del Ogilvy Discovery Group de Nueva York buscó comprobar los cambios significativos que se operaban tanto en el contexto de la vida social como en las conductas hogareñas y en el sistema de creencias y valores de personas y grupos pertenecientes a estratos socioeconómicos de nivel medio.

Los motivos del especial interés de esa investigación apuntaban a observar cómo se modificaba la vida de quienes han padecido las incesantes tensiones de estos tiempos, por causa de la recesión, el desempleo y las incertidumbres político-económicas, que han venido comprometiendo severamente el presente y el futuro de los argentinos. Seguramente el material recogido en esta dura experiencia del país justifica plenamente la exploración psicosocial y cultural efectuada.

El quid de los problemas sufridos por el nivel medio de la población se centró en el esfuerzo por mantener una condición ganada laboriosamente y ahora en pugna con las adversidades que desde un tiempo a esta parte fueron emergiendo. Así, por ejemplo, la reducción de sueldos, las oportunidades de empleo que se fueron cancelando, los ahorros confiscados contra toda protección legal en los bancos, son antecedentes que, acumulados, permiten explicar temores antes inexistentes sobre la seguridad en la subsistencia, las nuevas alternancias en los roles domésticos de marido y mujer según las fluctuaciones del trabajo, los miedos de caer por debajo del estrato social alcanzado y la quiebra de creencias y valores compartidos.

Según se plantea en el estudio, un componente de importancia en la estructuración de los comportamientos sociales es la convicción de que ciertas acciones deben corresponderse con especiales retribuciones. Cuando esto se deja de producir, queda quebrantada una creencia que ordena el buen funcionamiento social y, por ende, las personas se cargan de resentimiento y se aíslan protectoramente.

Eso ha ocurrido con la confianza depositada en las instituciones políticas y financieras. La ausencia de la retribución pactada en el comportamiento bancario se ha experimentado como un fraude cuya consecuencia inmediata es el descreimiento en el sistema. Otro tanto ha pasado, lamentablemente, con la confianza que debería respaldar la autoridad de los miembros del poder político y jurídico del país y que, por inconsecuencia de éstos, se ha ido disipando.

Nadie debería olvidar -y mucho menos los dirigentes y funcionarios- que la confianza es, en primer lugar, una esperanza firme que se vuelca sobre las personas y las cosas. Constituye un valor intangible, pero fundamental, que se encuentra ligado con sentimientos y conductas. Una persona o una institución en la cual se confía equivalen a sostener que se cree en ellas; dejar de confiar, pues, es descreer.

Por otra parte, puesto que las creencias se vinculan con valores, el descreimiento licua ese vínculo. La vida de relación se va vertebrando en una secuencia de confianzas, creencias y valores. La quiebra sin reparación de esas líneas fundamentales del tejido social es un daño de efectos imprevisibles. Una gran parte de la reconstrucción del país requerirá obrar de tal modo que la gente, de todos los niveles sociales, pudiere volver a creer en personas e instituciones políticas, económicas y financieras.

Ese restablecimiento de tan esencial credibilidad no es sólo función ni responsabilidad exclusiva de los gobernantes, pero ellos están obligados a dar los ejemplos de conducta que las circunstancias exigen. Y esas ansiadas conductas positivas deberán incluir, por supuesto, una renovación profunda de las modalidades endémicas de la dirigencia política argentina, siempre propensa a incurrir en superficiales y voluntaristas promesas cuya proliferación nociva debería ser reemplazada por la firme determinación de limitarse a producir hechos concretos, generados en la forma más transparente y eficaz que les resultare posible.

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