Educación para hacer la República

Por Raúl Courel Para LA NACION
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22 de diciembre de 2001  

La educación es una obligación del Estado, entre otras razones, porque es indispensable que los ciudadanos hayan sido instruidos para hacer funcionar la República, esto es, la cosa pública. El principal libro de texto para esta tarea es la Constitución, pero no se trata de estudiarla de memoria ni de recitarla, sino de llevarla a la práctica, y no sólo en los ámbitos tribunalicios y otros oficiales sino en una extensa multitud de organizaciones civiles.

La Carta Magna enseña que para cumplir los objetivos que enuncia su Preámbulo, a saber, "constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer la defensa común, promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad", es necesario un correcto y equilibrado funcionamiento de tres poderes claramente diferenciados: el Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial. Para que eso sea posible es indispensable que los ciudadanos hayan aprendido, entre otras cosas, a representar a los demás, a asumir responsabilidades de servicio público y a hacer valer derechos que están por encima de las conveniencias personales. Eso no se logra escuchando lecciones o prédicas, sino ejercitando desde muy temprano formas y procedimientos que se corresponden con el concepto cardinal de la división de poderes, en actividades que van desde las lúdicas infantiles hasta las propias de un sinnúmero de organismos de la vida colectiva.

Desde el inicio de su educación formal, los niños deberían participar en centros o clubes escolares cuya organización más elemental estatuya las siguientes instancias: un cuerpo de representantes o delegados, encargados o mandatarios ejecutivos de las tareas a las que se abocaren, y evaluadores o jueces propios para ponderar críticamente la marcha de las cosas.

Las reglas del juego

Así como el Estanciero y el Monopolio enseñan a acumular riqueza; el tenis, a competir individualmente; el fútbol, a hacerlo colectivamente, y el truco, a sacar partido de no tener nada, en tales centros o clubes los infantes aprenderían las reglas y se harían duchos en delegar responsabilidades y en velar por su cumplimiento, en asumir encomiendas y en rendir cuentas de ellas, en someterse al arbitraje de sus pares y también en ejercerlo. Cada alumno tendría que practicar el debate parlamentario con sus correspondientes normas, el manejo responsable de pequeños dineros de propiedad colectiva, la toma de decisiones y la planificación, desarrollo y acompañamiento de iniciativas que involucren tanto a próximos como a lejanos.

Una disposición de rango nacional podría establecer que todas las escuelas y colegios, públicos y privados, posean como actividad extracurricular obligatoria la participación en un centro, club, ateneo o sociedad estudiantil con las características señaladas. El Ministerio de Educación distribuiría el esquema genérico de sus estatutos o reglamentos, contemplando la estructura y elementos básicos de la misma Constitución de la Nación.

La formación de una dirigencia política mejor preparada para ejercer la gestión de las instituciones de la República es solidaria con la de toda la ciudadanía, y tiene que comenzar junto al aprendizaje de las primeras letras.

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