El agua, un bien que debe ser cuidado

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29 de enero de 2002  

El informe anual del Fondo de las Naciones Unidas para la Población (Fnuap) prevé que, de mantenerse los ritmos actuales de crecimiento poblacional y de consumo, 4200 millones de personas que pueblan 48 países en vías de desarrollo no podrán satisfacer la demanda cotidiana de agua por habitante a mitad del siglo. Consiguientemente, las políticas de conservación y cuidado del recurso se tornan cada vez más imperiosas.

Algunos datos cuantitativos precisan una realidad que se anticipa como grave. En primer término, el aumento demográfico ha significado en un lapso de 40 años que la población mundial se ha duplicado para llegar en la actualidad a 6100 millones de habitantes. Para el 2050 alcanzará los 9300 millones y de ellos el 45% padecerá de insuficiencia hídrica. A esto hay que agregar que el mayor crecimiento de habitantes se produce en los países en vías de desarrollo, en tanto que el mayor consumo de agua se registra en los países más avanzados. Las necesidades básicas reclaman 50 litros por persona.

Se ha calculado, también, que hoy se usa el 54% de los recursos que anualmente se renuevan de agua dulce, pero ese porcentaje aumentará al 70% en el 2025 y será el 90% en el 2050.

Estas predicciones se fundan en el comportamiento de ciertas variables. Entre ellas, el citado crecimiento demográfico y los fenómenos de urbanización que incrementan el consumo y, además, contribuyen a la contaminación del recurso. A esto debe sumarse el empleo cada vez más intenso del riego en las actividades agrícolas y el uso industrial del agua. No tiene que omitirse el hecho de que el gran perturbador de los procesos naturales y, a la vez, responsable en gran escala de la contaminación del recurso, es el hombre que ha demorado -y lo sigue haciendo- en tomar conciencia y modificar conductas que atentan directamente contra la supervivencia en el planeta.

¿Qué es dable hacer ante perspectivas tan dramáticas? Seguramente una de las principales metas se relaciona con la educación del público, a fin de que valore el recurso, sepa administrarlo con prudencia, no lo despilfarre y lo cuide. Por otra parte, las políticas de conservación han de extenderse con una percepción estratégica mundial. Sólo a través de acciones de protección encaradas con sentido de cooperación internacional se pueden lograr resultados significativos, tal como ocurre en toda campaña de cuidado ambiental.

Asimismo, los métodos de purificación, que pueden resultar onerosos en regiones pobres, deben contar al menos con medios para aplicar la cloración y asegurar de ese modo la salud de los países más vulnerables, donde se observa con frecuencia la transmisión parasitaria a través del agua, entre otros problemas que afectan la salud.

Tiene que considerarse como una de las reservas más importantes por ser preservada la que representa el agua subterránea. Su valor crece a medida que las aguas superficiales se van agotando o se cargan de productos de desecho allí donde éstos se vierten sin pasar por una planta depuradora.

Hay otro grave mal por evitar con políticas y acciones adecuadas. La escasez de agua anticipa conflictos crecientes entre naciones que se disputen el escaso bien. Esto no es sólo una hipótesis, pues ya ha habido manifestaciones litigiosas entre algunas naciones de Africa y de Asia. En fin, desde la Antigüedad se apreció al agua como el principio que hacía viable la vida. Esa creencia, reforzada por tantos conocimientos probados, tiene que movilizar a la sociedad para proteger un bien tan valioso.

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