El ajuste de nuestro futuro

Por Guillermo Jaim Etcheverry Para La Nación
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13 de mayo de 1999  

LA vigorosa respuesta social desencadenada por el intento de reducir el presupuesto educativo renueva la esperanza acerca de la impostergable revalorización de la educación en la Argentina. Verdadero talón de Aquiles de nuestro desarrollo futuro, la educación rara vez despierta la atención general y, cuando lo hace, conoce el triste destino de estrella fugaz.

Más que los hechos concretos, alarman las actitudes de parte de nuestra dirigencia, que volvieron a poner de manifiesto su desinterés por la educación, la ciencia y la tecnología. En un primer momento, el Gobierno no sólo no nos explicó que adoptaba esas medidas luego de agotar todas las alternativas, sino que intentó desviar la atención hacia otro problema: la presunta mala administración de alguna institución pública. Los voceros de la economía dominante señalaron que las universidades públicas deben dejar de depender de la limosna del Estado o que éste debe garantizar la producción de educación pero no que la gente se eduque. ¡Qué dirían de los Estados europeos que invierten en costosos sistemas educativos públicos e incluso sostienen universidades gratuitas! No parece, pues, casual que quienes manifiestan no haber aprendido nada en escuelas públicas no se hayan mostrado dolidos por verse obligados a tomar medidas que restringían el presupuesto educativo. No lo estaban porque creen que un Estado moderno es ajeno a la tarea de educar o a la de hacer ciencia, en su momento considerada equivalente a la de lavar la vajilla. Una vez retirado el Estado de las funciones de control que debería cumplir, velando por el interés general, llega la "segunda reforma". Con el impulso del desprestigio de lo público, se apresta ahora a desvincularse de proveer aquello en lo que prometía concentrarse: seguridad, salud, educación. No sería raro que hasta se vendieran las escuelas...

Excluidos del sistema

Nuestra dirigencia es inusualmente permeable a este discurso eficientista, pretendidamente moderno y devastador de nuestras instituciones. Olvidó su tradición y lo que debe a su generosa educación y a su Universidad. Es más, confunde a ésta con una empresa expendedora de títulos, ignorando su significación para la creación de conocimiento y el desarrollo de la crítica. Parece no advertir que su destino personal está íntimamente ligado al de los demás y que el futuro social depende, hoy más que nunca, de la educación.

Recientes informes del sociólogo Artemio López, basados en datos oficiales, señalan que del millón de jóvenes entre dieciocho y diecinueve años que votarán por primera vez en 1999, 630 mil están fuera del sistema educativo. Asimismo, de los 2 millones de habitantes del Gran Buenos Aires de entre quince y veinticuatro años, 554 mil, es decir el 26 por ciento, no estudian, no trabajan y no son amas de casa. ¿Será posible vivir en la Argentina dentro de cuarenta años si no corregimos rápidamente estas aberraciones? Y conste que este interrogante se refiere no sólo a la vida de las víctimas de esta situación, que a pocos parece importar, sino a la de quienes, bajo la mirada de esos excluidos, disfrutamos del "primer mundo". Advertía Sarmiento: "¿No queréis educar a los niños por caridad? ¡Pero hacedlo por miedo, por precaución, por egoísmo! ¡Movéos, el tiempo urge; mañana será tarde!"

Eran otros contadores

¿Podremos competir cuando hoy, de acuerdo con datos oficiales, 64 de cada 100 argentinos entre veinticinco y treinta y cuatro años no completaron la educación secundaria, mientras que en Canadá, Suecia o Alemania no lo hicieron sólo 15 de cada 100? ¿Resolverá el mercado esta distorsión? ¡Qué distancia abismal separa a nuestros dirigentes de sus modelos en las grandes corporaciones de los Estados Unidos! Cuando hace cuatro años se debatía el equilibrio presupuestario, ellos alertaron públicamente a sus legisladores acerca del serio peligro que para su país representaría reducir los fondos públicos destinados a la educación superior y a la ciencia básica.

La grave situación de la Argentina actual nos obliga a invertir más que nunca en educación y en creación de conocimiento. Por eso, la gravedad de lo que hoy ocurre no está en las cifras sino en las ideas. Allí se esconden los signos de nuestra regresión a la barbarie. Nicolás Casullo ha señalado que ya ni siquiera se desconfía de la Universidad por su ideología, como hace treinta años. ¡Ahora se la repudia porque no da ganancias!

Con motivo del Centenario, Manuel Chueco, contador de la Municipalidad de Buenos Aires, hacía en 1910 este balance: "Las casas que hemos edificado para nuestras escuelas son, cual corresponde a nuestras grandezas y a nuestras riquezas, lujosísimos palacios. Esplendidez que no es ostentosa vanidad sino provechosa conveniencia. La casa escuela grande y limpia educa mientras el maestro enseña. Y cuando es lujosa y magnífica educa más y mejor". También él era contador...

Resistamos el renovado intento de dilapidar las ideas que nos legaron quienes fueron mejores que nosotros, quienes lucharon para que abandonáramos el destino de provincia al que pretenden hacernos regresar. Después de todo, bajo nuestros pies sigue estando la Argentina. © La Nación

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