El arte contra la tiranía del tiempo

Por Rodolfo Rabanal
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23 de marzo de 2000  

En la zona más pobre y caliente de La Habana hay barrios a los que llaman sitios y donde, cada noche, la gente hace a un lado la rutina y se entrega al ritmo melódico del son y de la rumba. Muchos de los músicos que integran las bandas han conocido el largo olvido del mundo, pero hoy empiezan a ser revalorados. Análogamente, en Buenos Aires, bajo otro clima y diferentes condiciones, la noche vuelve ahora a celebrar el tango en salones que parecían confinados al dominio perdido de la memoria, lo mismo que sus orquestas destinadas al baile, a la manera de los años 40 y 50. Estos músicos, como los de La Habana, son hombres que superaron con creces los sesenta años.

¿Cuál pudo haber sido el motivo de este venturoso reverdecer? Las actuales orquestas típicas eran hasta hace apenas un par de años sólo nostalgia de antiguos tangueros, pero ahora agrupaciones como Los Reyes del Tango ganan el gusto creciente de las parejas "milongueras", y estos artistas del bandoneón y el violín, de la guitarra y el piano, son como el Ave Fénix que renace de sus propias cenizas.

Noches pasadas vi la película "Buena Vista Social Club", filmada por Wim Wenders en Cuba, y ahora pienso que no hay nada más próximo a la felicidad que ver y "escuchar" ese film. La historia, como se sabe, da testimonio de la recuperación de un grupo de grandes maestros del son isleño por parte del guitarrista norteamericano Ry Cooder. Lo que siguió al hallazgo de Cooder fue una venta fabulosa de discos grabados en Nueva York y la obtención del premio Grammy. Los maestros del son y la rumba no nacieron ayer: el más joven anda por los setenta y el mayor supera hoy los noventa. En cierto modo, es como si hubiera ocurrido un milagro, un milagro tanto de la vida como del arte insuflándole vida a la existencia. Asimismo, estos retornos del gusto popular a las formaciones orquestales parecen señalar la renovada estima por la danza como un poderoso atractivo social. Hay un libro reciente de Sergio Pujol, "Historia del baile. De la milonga a la disco", que trata el fenómeno del baile porteño. El libro de Pujol es uno de los pocos que, en el país, estudian concienzudamente la inquietante anatomía del arte de bailar por pura diversión, o siguiendo las huellas de la conquista amorosa.

Pero, además, esta resurrección de la orquesta y del baile en los salones, este retorno al esplendor de los violines y bandoneones al que asiste hoy Buenos Aires -y al que se integra Cuba con sus maestros del Buena Vista Social Club-, subraya vigorosamente el carácter que ha ido adquiriendo nuestra realidad cultural en los últimos años: el mandato implícito de la época parece decir que es preciso retomar las tradiciones probadas e infundirles una corriente de sangre nueva. Goethe sostenía que el arte nos emancipa. Es posible que haya querido decir también que el arte posee la benéfica facultad de liberarnos de la tiranía del tiempo.

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