El caso Candela: ¿por algo será?

Fernando Laborda
Fernando Laborda LA NACION
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6 de septiembre de 2011  • 04:00

Apenas habían pasado unas pocas horas tras el hallazgo del cadáver de Candela Sol Rodríguez. Bastó que los medios se hicieran eco de la grabación de un llamado telefónico hecho a la casa de la víctima para que infinidad de versiones que vinculaban a su familia con mafias del Gran Buenos Aires o hasta con el narcotráfico comenzasen a correr casi a la velocidad de la luz, aunque lejos estuvieran de aclarar lo sucedido.

En cuestión de minutos, Carola Labrador, la mamá de Candela, había pasado de ser una madre valiente y abnegada a convertirse en posible encubridora de los asesinos de su hija.
¿Puede una madre que se lanza desesperada en búsqueda de uno de sus seres más queridos cometer semejante acto? No había ninguna información seria de que eso hubiera sucedido. Pero una simple versión sin prueba alguna pudo más que el sentido común.

La difusión de las conjeturas a partir de los supuestos antecedentes delictivos de familiares de Candela desplazó el eje del debate. El prontuario de su padre, asociado con hechos de piratería del asfalto; las interpretaciones de pretendidos especialistas en semiótica sobre los supuestos mensajes ocultos de su madre a los secuestradores, y hasta fotos de su tía en un lujoso yate o en una costosa moto que no dan cuenta más que del típico cholulismo de quien se muestra ante objetos que difícilmente podrá adquirir, coparon la escena.

Nadie pareció respetar el sufrimiento que vivió una niña de 11 años ni el duelo que embargaba a su familia. Rápidamente dejó de hablarse en muchos medios del fracaso de un operativo policial, que involucró a casi dos mil efectivos, dos helicópteros, más de un centenar de patrulleros y 16 perros entrenados para el hallazgo de personas. Como si no fuera relevante que a Candela la secuestraron a pocos metros de su casa, que estuvo en cautiverio durante casi diez días, presuntamente también cerca de su hogar, y que fue dejada muerta a plena luz del día en un terreno baldío de Villa Tesei, ubicado a un costado de la colectora de la Autopista del Oeste y a sólo tres kilómetros de donde se la vio por última vez.

La discusión sobre el lógico costo político que implica una tragedia que conmueve a toda una sociedad, como la de Candela, fue suplantada por hipótesis que convirtieron a los familiares de la niña asesinada de víctimas en virtuales victimarios.
En un particular contexto político, donde la bandera de los derechos humanos es flameada a cada rato por quienes nos gobiernan, aparecieron viejos argumentos con que en otra época se intentó justificar desapariciones y muertes: por algo será, algo habrán hecho.

Y, curiosamente, esos argumentos provenían de usinas gubernamentales, de hombres públicos, que dicen haber enfrentado y sufrido el terrorismo de Estado. Hombres que ahora se desviven por aclarar que el crimen de Candela no guarda relación con un hecho de inseguridad más, sino con un ajuste de cuentas entre bandas mafiosas. Como si este dato pudiera dejar más tranquilos a los habitantes, que ahora saben que a los habituales episodios de delincuencia común habrá que sumar otros vinculados con el crimen organizado, mucho más salvajes y de imposible control.

¿Por algo será que suceden estas cosas? ¿Qué habrá hecho Candela? ¿Qué habrán hecho sus padres? Seguramente nada como para no merecer que se sepa toda la verdad y se haga justicia. Seguramente nada que pueda justificar su revictimización.

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