El caso del hombre que cumplía años en bisiesto

Diana Fernández Irusta
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24 de febrero de 2015  

El chiste era que había nacido un 29 de febrero. Y que, por lo tanto, había que festejarle el cumpleaños sólo cada cuatro años.

Nunca me preocupé por la fecha que, realmente, figuraba en su documento: ¿al fin y al cabo, en España, durante los confusos años previos a la Guerra Civil, no lo habían inscripto con un nombre en el registro civil y otro en la iglesia? Frente a eso, ¿qué importaba un día más o un día menos en la partida de nacimiento? Me gustaba jugar a creerle la broma. Aunque ahora sea tan triste calcular cuántos años habría tenido, si realmente hubiera sido el extraño hombre que sólo cumple en bisiesto, el día en que nos dejó.

Avanza febrero y con el mes avanza el recuerdo de mi padre: su ternura finalmente difícil; esa rigidez sostenida, más bien estoica, de los que se hicieron -y cómo- a sí mismos.

No es extraño que con el fin del verano piense más en él; lo extraño es el detonante que, esta vez, desató la oleada de recuerdos.

Se me ocurrió mirar Nacido en Gaza, documental que este año estuvo entre los nominados a los Goya, realizado por Hernán Zin, periodista argentino instalado en España desde hace un tiempo. Nada más alejado de mi padre que el conflicto de Medio Oriente. Aunque este film no es un documental sobre la guerra, sino sobre lo que queda tras ella: Zin viaja a la franja de Gaza varios meses después de los bombardeos de julio y agosto del año pasado; su registro es el de la vida luego de la tregua. Y no habla con adultos, sino con niños. Chicos condenados, por el solo hecho de haber nacido donde nacieron, a una violencia devastadora.

En algún punto, Nacido en Gaza se aproxima a Promesas, el bellísimo documental que le da la palabra a niños de un lado y otro de la frontera palestino-israelí y cuyas últimas escenas logran lo imposible, la meta que justifica el título del film: dos chicos de Tel Aviv se desplazan hasta un campo de refugiados y se encuentran con varios niños palestinos. Todos ellos pasan un día juntos, intercambian ideas, se sorprenden mutuamente, juegan. Hacen, con espontaneidad blanda y confiada, lo que haría cualquier chico en cualquier lugar del mundo.

Pero si en Promesas se abre una pequeña hendija de esperanza, en Nacido en Gaza, filmada sobre los escombros del último gran conflicto en la zona, sólo hay lugar para el dolor. Y fue allí -en los rostros ensombrecidos de chicos heridos, aterrados e insomnes, que no pueden entender por qué ocurre lo que ocurre en el lugar donde viven- que me encontré con el rostro azorado del niño que, no me cabe duda, fue mi padre.

Niños de la guerra. Uno, marcado a fuego por haber nacido a poco de estallar la guerra en España, el país donde se inauguró el peor hallazgo del siglo XX: los bombardeos sobre población civil. Los otros padeciendo, muchos años después, del otro lado del mundo y en medio de historias muy distintas, el día a día de ese legado atroz. Infancias de manos apretando los oídos para no escuchar las detonaciones. De pesadillas y noches eternas. De orfandad, juegos truncos, escuelas quebradas y miedo.

Veo a mi padre -su infancia hecha jirones por una guerra de otros- en cada uno de los testimonios que desfilan por el documental. Aun en los más terribles: está el chico de mirada vacía, ocho o siete años, gestos como congelados. Rememora, de a frases sueltas, el día en que vio a su primo, de la misma edad o más o menos, estallar por los aires tras el impacto de un misil. Muestra las heridas que ese episodio dejó en su propio cuerpo. No necesita exhibir las otras llagas, las que se abren por la noche, cuando no puede dormir. Un niño roto. Y el trauma irremontable: haber visto la muerte en toda su sordidez; eso que nadie, mucho menos un chico, debiera ver. Se me aparece la dulzura de John Donne, aquello de "Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquier hombre me disminuye". Por qué sonará, de repente, tan ingenuo.

El extraño caso del hombre que cumplía años sólo en bisiesto: toda una vida para reparar una infancia de guerra que, tenaz, reaparecía una y otra vez. Pienso en las infancias atormentadas que aquí nomás, sin guerra ni bombardeos, sobreviven entre el desamparo y una violencia continua, insidiosa. ¿Cuántas vidas se necesitarán para que sanen esas heridas?

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