El cerco de hierro de la desconfianza

Natalio Botana
Natalio Botana LA NACION
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6 de diciembre de 2001  

Hará unos veinte años, un viejo profesor me formuló esta advertencia: "En el análisis político, mi estimado amigo, siempre hay que considerar lo peor". Desde entonces jamás he dejado de tomar en cuenta esas palabras. Lo peor, en este caso, es una señal del abismo en que nos pueden sepultar nuestra arrogancia y nuestra estupidez.

Cometeríamos un error si calificásemos esta circunstancia con un signo positivo. No es así: las cosas están mal porque el crónico malestar de la desconfianza ha sufrido otra dolorosa vuelta de tuerca. Cada vez se esfuman más nuestras expectativas fundadas en la firmeza y en la seguridad. De resultas de ello, la deserción de los ahorristas del sistema financiero, que culminó el viernes pasado, ha confirmado las peores predicciones.

Este cúmulo de acciones tiene la característica viciosa de convertir el estado de necesidad (vale decir, lo excepcional en la vida) en un estado corriente, absurdamente normal, inundado por una catarata de decretos en cuya elaboración interviene un escaso número de agentes. Si la miramos del lado de la política económica, la república que hoy nos gobierna es una república restrictiva debido a la concentración de las decisiones en muy pocas manos.

Es probable que el Gobierno haya actuado así frente a la inminencia de un colapso completo del sistema financiero. No hay por qué dudar al respecto. De lo que sí cabe dudar es de los cimientos de la cosa pública.

Límites insoportables

¿Por qué huye la gente con sus ahorros a cuestas como en los peores períodos de la hiperinflación? Se dirá que tal comportamiento deriva de la desconfianza. La respuesta es válida si tenemos presente que el atributo de la confianza en un sistema económico, igual que el de la legitimidad en un régimen político, resulta de una secuencia temporal. La confianza no es un hecho aislado: es una suma de actos que conforman un proceso forjado por la tenacidad de un sistema representativo dispuesto a mantener el rumbo correcto.

Esa templanza hecha de sobriedad y continencia ha brillado por su ausencia. El país se endeudó hasta límites insoportables, el régimen federal se transformó en una máquina de gasto prebendario y la clase política no ha hecho más que despeñarse en una incomprensible oligarquización. La palabra oligarquía no designa sólo al pequeño número de actores que se apropian de la soberanía (entre los cuales sobresalen los dirigentes sindicales y empresariales): oligarquía también alude a quienes ignoran a la ciudadanía y hace caso omiso del estado de la opinión.

Horas antes del viernes negro, el Senado derogó el recorte salarial del 13 por ciento y, no contento con ello, incrementó su ya frondosa burocracia al ascender a los funcionarios de un presunto instituto de estudios otorgándoles salarios de entre cuatro y ocho mil pesos. Un comentario análogo merece el fallo de la Corte que facilitó la libertad de Carlos Menem. El contenido de esos argumentos fue erosionado, de nuevo, por el azote de la desconfianza. ¿Qué se puede esperar del más alto tribunal de la República cuando dos de sus miembros ni siquiera se dignan excusarse en razón del vínculo profesional que tuvieron con el ex presidente?

Todo se acumula, en fin, para que los ciudadanos comunes paguen en nombre de los poderosos de siempre. Es lo que ha ocurrido en estos días. Se olvida en la Argentina que una república que pulveriza el ahorro está condenada a vegetar en el atraso. En una república en forma los ciudadanos votan, controlan la autoridad y ahorran, e impulsan así el progreso común.

Como Alberdi hace ciento cincuenta años, reclamamos el beneficio de las grandes inversiones extranjeras para achicar la brecha del atraso. Sin embargo, el mismo Alberdi no se cansó de predicar que la salud de una república depende todavía más de un conjunto de pequeños ahorristas, seguros de su destino, capaces de respaldar el crédito y las inversiones futuras. Es esa masa la que marca en una república el perfil de la estabilidad: los ciudadanos ahorran porque creen en el valor de la moneda y en el sistema financiero. Sin ahorro popular no hay porvenir posible para una economía que pretenda producir y distribuir bienes públicos con sentido de la equidad.

Engranaje del progreso

Por eso el ahorro es uno de los nervios de la confianza. Cuando se interrumpe este circuito, los efectos son tan perniciosos como la falta de trabajo o el rechazo a pagar impuestos. Son tres patas de un trípode necesario: trabajo, ahorro popular, ciudadanía fiscal. Esta busca de las bases capaces de sustentar la forma republicana de gobierno tiene en la teoría política un viejo linaje. No fue otra la obsesión de Jefferson y Sarmiento por favorecer el desarrollo de la propiedad agrícola, resorte fundamental -creían ellos- de la autonomía del ciudadano. En la actualidad, el equivalente de este programa reside en la democratización del ahorro.

No se puede seguir destruyendo este engranaje del progreso, incitando a la codicia con intereses imposibles de pagar o provocando con el descontrol del gasto público estas hecatombes. Al cabo de tanta turbulencia injustificada el ahorrista que se ha fugado con su dinero tardará inevitablemente más tiempo en regresarÉ si alguna vez lo hace. No se puede, pues, seguir machacando sobre tanta torpeza. De eso no cabe ninguna duda, pero la pregunta seguirá planeando como antaño: ¿hasta cuándo seguiremos abusando y despilfarrando oportunidades?

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