El cielo no puede esperar

Los últimos desastres climatológicos dejaron al desnudo la desidia y la imprevisión que existen en la Argentina respecto de una ciencia que, justamente, se ocupa de la previsión: la meteorología. Los científicos formados en nuestro país tienen un alto nivel técnico, pero luego emigran o trabajan en computación, porque aquí no hay espacio para ellos. De once estaciones oficiales de radiosondeo, ahora sólo se usan una o dos. No hay conciencia de los ahorros o las ganancias que podrían generar pronósticos serios y de calidad.
Los últimos desastres climatológicos dejaron al desnudo la desidia y la imprevisión que existen en la Argentina respecto de una ciencia que, justamente, se ocupa de la previsión: la meteorología. Los científicos formados en nuestro país tienen un alto nivel técnico, pero luego emigran o trabajan en computación, porque aquí no hay espacio para ellos. De once estaciones oficiales de radiosondeo, ahora sólo se usan una o dos. No hay conciencia de los ahorros o las ganancias que podrían generar pronósticos serios y de calidad.
Nora Bär
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26 de marzo de 2000  

EL último 24 de febrero, tras examinar minuciosamente el paisaje atmosférico que surgía de su computadora, el meteorólogo tucumano Juan Leónidas Minetti decidió que esta vez debían dejarse a un lado los acuerdos de confidencialidad que le impone su compromiso con la Fundación Caldenius, una organización sostenida por productores y empresarios, y que las autoridades y los medios de comunicación de su provincia tenían que conocer lo que él y su equipo habían detectado: "Nuestros modelos mostraban que se iban a producir lluvias de gran volumen -cuenta Minetti, desde Tucumán-. Emitimos el alerta, pero la situación ya era crítica".

Funcionarios del actual gobierno provincial habían visitado el laboratorio en octubre (cuando todavía no eran gobierno) y ya sabían que el principal problema con el que deberían enfrentarse era el del agua. La visita a este laboratorio privado no fue casual: el Estado tucumano carece de equipos de investigación climatológica. Sólo cuenta en su territorio con dos observadores del Servicio Meteorológico Nacional.

"Este equipo de funcionarios elaboró el proyecto Prelluvia y comenzaron la construcción de obras inmediatas -retoma el científico-. Pero ya era tarde."

Puntualmente -y tal como lo anticipaba el pronóstico-, las precipitaciones se produjeron. Las lluvias cayeron y siguieron cayendo hasta que finalmente la situación adquirió ribetes de desastre.

Ahora, las inundaciones en el norte argentino no sólo dejan el saldo del dolor y la desesperación de 20.000 evacuados. También desnudan con crudeza las consecuencias de la imprevisión y las debilidades de un sistema meteorológico que -como otros campos de la actividad científica- debe enfrentar múltiples dificultades.

"Momentos como éstos hacen que la sociedad, los periodistas, todos, tomemos conciencia de la importancia que tienen los fenómenos meteorológicos y climáticos -reflexiona la doctora Rosa Compagnucci, del Departamento de Ciencias de la Atmósfera y los Océanos de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA, que esta semana se encuentra trabajando en Oklahoma, Estados Unidos-. Es lo mismo que pasa con el cuerpo: uno se acuerda de cuidarse cuando tiene un ataque, va al médico y se entera de que tiene el colesterol arriba de 400.

"En ese sentido -continúa-, la Argentina es altamente sensible a la variabilidad climática porque no tiene un desarrollo tecnológico ni está preparada. Aquí, la comunidad de meteorólogos y oceanógrafos es muy pequeña y muy joven, a diferencia de lo que ocurre con otras disciplinas que son mucho más antiguas. Pero hay algo que debilitó aún más nuestro sistema. Hace dos presidencias apareció lo que se llamó la ley Cavallo, que impidió tomar personal en las dependencias del Estado. A partir de entonces, muchas entidades cerraron. En el Estado quedó el Servicio Meteorológico Nacional, pero sin poder nombrar más gente. Los mayores se fueron jubilando y los jóvenes no pudieron ingresar. Los meteorólogos argentinos somos requeridos y somos buenos, pero en la Argentina nuestro sistema se está muriendo."

Después de casi cinco años, el ingreso en la carrera del investigador para los estudiantes de meteorología se abrió nuevamente el año último. Pero debido a la escasez de vacantes sólo ingresaron un oceanógrafo y un meteorólogo. "La gente estudia, se recibe, después obtiene una beca y al final, habiéndose formado en la Argentina, queda colgada, o se dedica a trabajar, por ejemplo, en computación o emigra a otros países donde son altamente valorados y les pagan muy bien", se enoja Compagnucci.

La situación del doctor Minetti puede considerarse un reflejo de esta situación. Profesor del departamento de geografía de la Universidad de Tucumán e investigador del Conicet, elabora pronósticos meteorológicos para la Fundación Caldenius, que le exige reserva de sus investigaciones. Hace años que no recibe fondos del Conicet para investigar.

El doctor Osvaldo Canziani, copresidente del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático de las Naciones Unidas, agrega otro dato: "La poca importancia que se le da a la meteorología puede verse, por ejemplo, en el hecho de que de las once estaciones de radiosondeo que funcionaban en la Argentina sólo queda en actividad una y a veces dos".

Factor clave de la economía

Aunque en general se tienda a pensar que el pronóstico sirve apenas para evitar una mojadura en uno de esos días que amanecen con "40 por ciento de probabilidades de lluvia", la meteorología ocupa un lugar protagónico en el mundo productivo. Una medida de la importancia que posee esta actividad internacionalmente es el hecho de que en los Estados Unidos alrededor de 300 empresas venden algún tipo de servicio meteorológico, una industria que ronda los mil millones de dólares anuales.

Además, "como nos encontramos en una meseta tecnológica -explica Minetti-, es decir que en este momento no se están haciendo avances técnicos importantes para la producción agropecuaria, el clima adquiere una importancia fundamental, y un pronóstico puede hacer subir o bajar el precio del grano".

Hace algo más de cien años, el entonces director de la oficina meteorológica norteamericana, Mark Harrington, debe de haber percibido un destello del futuro cuando sugirió buscar a tres físicos competentes, y darles toda la tranquilidad y los medios para que investigaran el arte del pronóstico. Ya en esos tiempos, el científico imaginaba que si el proyecto costaba alrededor de 10.000 dólares, sus frutos equivaldrían a mil o diez mil veces esa cifra.

Claro que la misión no fue fácil. Los modelos meteorológicos están hechos de fórmulas matemáticas que intentan predecir las complejas coreografías que dibujan en la atmósfera las masas de aire frío y cálido, y cómo la radiación solar y la rotación terrestre las arrastrarán, junto con la humedad, alrededor del globo.

Calcularlo implica analizar miles de millones de metros cúbicos de aire, una tarea que las computadoras más rápidas afrontan con velocidades que alcanzan 16.000 millones de operaciones por segundo.

Claro que ni las computadoras más potentes son suficientes para disimular las dificultades que plantea la predicción. En 1961, Edward Lorenz, un científico del Instituto Tecnológico de Massachusetts, descubrió que en un modelo tan dinámico como el que representan las interacciones atmosféricas una sutil alteración de las condiciones iniciales puede causar cambios drásticos en el resultado final, y llegó a la conclusión de que existe un límite de 14 días más allá del cual es imposible prever qué ocurrirá en un día dado.

Sin embargo, se puede hacer un cálculo de probabilidades. "Los pronósticos diarios tienen un límite teórico que no puede ser traspasado -explica la doctora Compagnucci-. Los estacionales (por ejemplo, este verano va a ser muy seco o muy húmedo), de entre 3 meses y un año. Los pronósticos a largo plazo también se pueden hacer, pero no con seguridad anual. Por ejemplo, debido al calentamiento global es posible que haya una amplificación de todos los fenómenos, tanto de las sequías como de inundaciones o de olas de calor. Pero no se puede asegurar qué va a ocurrir el año que viene, es sólo una tendencia. Hay distintos niveles de pronóstico. A lo mejor, hacia fines de abril le puedo decir si va a haber nieve en la cordillera o qué va a pasar con los ríos en el verano. Hay años en que se puede predecir y años en que no."

Y luego puntualiza: "Dentro de 3 o 4 años podríamos tener terribles inundaciones en el Nordeste, por ejemplo, o quedarnos sin nada de agua en los ríos de Cuyo. ¿Qué hacemos en Cuyo con niveles muy bajos de agua en los ríos, cuando toda la producción de la zona depende del riego? Ya en 1967 creían que se iban a quedar sin agua los ríos, y puede volver a ocurrir. Después esa situación se revirtió porque empezaron a haber más nevadas en la cordillera, y el fenómeno de El Niño comenzó a producirse con más frecuencia e intensidad. Por un lado, si tenemos más Niños tenemos más agua en los ríos de Cuyo, pero también, más problemas en el Norte. Muchos piensan que ahora el clima está cambiando. No es así, estos cambios tan grandes existían también antes de la década del treinta".

Así las cosas, todo indica que La Niña y El Niño seguirán ocurriendo. Tienen una frecuencia de entre 3 y 10 años y hay registros que indican que se vienen repitiendo desde hace 6000 años. Por supuesto, también seguirá produciéndose la variabilidad climática natural. ¿Qué se puede hacer para amortiguar sus consecuencias?

"Mucho -responde Compagnucci-: primero, estimular las investigaciones; segundo, tomar medidas de prevención estudiando los lechos históricos de los ríos, como evitar la construcción en terrenos anegables, tener en cuenta los estudios de impacto climático..."

Para el doctor Osvaldo Canziani, "en un país exportador de materias primas y de agroindustrias, como es el caso del nuestro, el conocimiento anticipado de las posibles variaciones regionales del clima asegurará la información necesaria para la toma de decisiones vinculadas al progreso económico de la comunidad, su comercio interior y exterior, y su posición ante los compromisos internacionales derivados, entre otros, de la deuda externa. También permitirá definir las estrategias de adaptación para paliar los efectos adversos y aprovechar los beneficios que pudieran resultar del calentamiento terrestre.

Canziani también señala que el desarrollo de la aviación civil internacional reorientó las actividades meteorológicas para ponerlas al servicio del nuevo y exigente usuario aéreo y, de este modo, inició la decadencia de los servicios meteorológicos de América latina.

"El país tuvo en otros tiempos una Dirección General de Meteorología, Geofísica e Hidrología -recuerda-, un instituto nacional multidisciplinario que era reconocido como uno de los más importantes del mundo. Sus redes de observación incluían redes agrometeorológicas e hidrometeorológicas con mediciones de evaporación y un sistema de más de 3000 puestos pluviométricos. Esta red comprendía un sistema de pluvionivómetros en la cordillera de los Andes, cuyos datos permitían evaluar las variaciones de intensidad de nevadas y precipitaciones líquidas y proveían un importante dato para estimar la disponibilidad de agua de fusión, elemento fundamental en el centro oeste argentino donde los oasis pedemontanos constituyen la base de la riqueza agrícola y frutal de la región cuyana. Esas redes deben ser reactivadas y sus datos puestos a disposición del desarrollo sostenible."

Minetti, por su parte, vuelve a lo urgente: "Llevamos dos o tres décadas de mal manejo de cuencas. Se les ha dado prioridad a las cuencas hídricas, que son más favorables para la producción de electricidad, y el resto ha sido prácticamente abandonado. Entonces, por más obra que se haga ahora el problema no se arregla en pocos años. Cuando hay sequías, grandes regiones tienen problemas de producción y cuando hay agua no sabemos dónde meterla. En Tucumán la situación sigue siendo delicada: según nuestras previsiones, tendremos más lluvias a fines de mes y, aunque no serán tan fuertes como las últimas, con todas las cuencas saturadas cualquier descarga va a traer problemas".

De ahora en más todo indica que en esta materia habrá que atenerse al antiguo aforismo popular: "El que no tiene cabeza para prever, debe tener espaldas para aguantar".

Un niño colérico

LA influencia que tiene el clima en todos los aspectos de la vida del planeta es enorme. "Por ejemplo, en la costa del Perú -explica la doctora Rosa Compagnucci, del Departamento de Ciencias de la Atmósfera y Océanos, de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA- hay islas muy finitas, paralelas entre sí, que se pueden observar con fotos satelitales: son sedimentos arrastrados por los ríos en los años de Niños muy fuertes. Por otro lado, en el nordeste de Brasil, una arqueóloga pudo comprobar que cada 500 años había una migración total. La teoría es que seguramente se debieron a grandes sequías. Sugestivamente, en esa zona hay grandes sequías cuando hay Niños fuertes y continuos."

Cuadro de situación

  • Diferencia: mientras que en los Estados Unidos existen alrededor de 300 empresas que venden algún tipo de servicio meteorológico, conformando una industria que ronda los 1000 millones de dólares anuales, nuestro país perdió una Dirección General de Meteorología, Geofísica e Hidrología, un instituto nacional multidisciplinario que contaba con más de 3000 puestos pluviométricos.


  • Perspectivas: dentro de tres o cuatro años se podrían producir terribles inundaciones en el nordeste de la Argentina. Las corrientes de El Niño y La Niña seguirán ocurriendo con una frecuencia de entre tres y diez años.


  • Soluciones: los especialistas sugieren estimular la investigación científica y tomar medidas de prevención estudiando los lechos históricos de los ríos para evitar la construcción edilicia en terrenos anegables.
  • Por: Nora Bär

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