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El conocimiento vale oro

Nora Bär
Nora Bär LA NACION
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2 de noviembre de 2018  

La memoria es frágil, pero por suerte hay emociones indelebles. Lo primero que nos viene a la mente es la punzada que sentimos al enamorarnos o ese día que tuvimos a nuestros hijos apenas nacidos entre los brazos. Pero hay otras menos íntimas y no por ello menos conmocionantes. Entre esas guardo el instante en que me encontré frente a la mítica Piedra de Rosetta, el trozo de roca oscura en la que un decreto dictado por Ptolomeo V en el 196 a. C. está grabado en tres lenguas diferentes y gracias al cual Jean-François Champollion pudo descifrar los jeroglíficos egipcios.

Habíamos aterrizado en Londres horas antes con un grupo de colegas invitados a participar en una conferencia mundial de periodismo científico y, tras depositar el equipaje en el diminuto cuarto que nos habían asignado en la residencia para estudiantes del King's College, nos lanzamos al subte con dirección al Museo Británico. Nunca olvidaré la impresión que me produjo ver el objeto real, cuya historia me deslumbraba y que imaginaba pequeño como la palma de una mano. En realidad, ¡mide más de un metro de alto y pesa 760 kilos!

Mientras seguíamos sorprendiéndonos sin límite frente a tablillas de barro con escritura cuneiforme, piezas fenicias y bajorrelieves del Palacio de Asurbanipal (del siglo VII a. C), uno de los integrantes del grupo se ocupó de recordarnos que mucho de lo que estábamos admirando, si bien se había preservado para la posteridad gracias al museo, estaba allí por la transferencia involuntaria de tesoros invaluables de países débiles a poderosos.

Hoy, aunque no se advierta tan fácilmente, está ocurriendo algo similar, pero esta vez en el mundo de los negocios: estamos transfiriendo el conocimiento científico. Lo muestra un reciente trabajo publicado en el Journal of Technology Management & Innovation, firmado por Darío Codner y Ramiro Perrotta, ambos investigadores de la Universidad de Quilmes. La información científica que surge de laboratorios argentinos se utiliza como componente de patentes solicitadas por compañías e instituciones extranjeras.

Codner y Perrotta les siguieron las huellas a las publicaciones de 254 investigadores. Cruzaron sus papers incluidos en la base web of science con patentes solicitadas entre 1990 y 2015 en las oficinas de propiedad intelectual de los Estados Unidos, China y la Unión Europea. Descubrieron que 94 de ellos están citados en 341 de esos documentos registrados por grandes empresas y por algunas de las instituciones de enseñanza e investigación más prestigiosas.

Las patentes que incorporaban citas de trabajos científicos argentinos se encontraban mayormente en Estados Unidos (49%), Gran Bretaña (8%), China (7%), Alemania (7%), Francia (5%) y Canadá (4%), afirman Codner y Perrotta. Y entre los beneficiarios mencionan a compañías internacionales como Monsanto, Du Pont o BASF, e instituciones educativas y científicas tales como el MIT, la Universidad de Manchester, la Sociedad Max Planck y la Universidad de Pekín. Algunos de los trabajos fueron citados apenas dos años después de publicados.

Por un lado, esto es un signo de la calidad de la investigación local, que está en el radar de las oficinas de transferencia tecnológica de otras latitudes. Los hallazgos se utilizan para validar nuevas tecnologías de tres formas: como parte del "estado del arte" en una determinada área, como evidencia científica o como metodología necesaria para desarrollar la tecnología. Codner y Perrotta subrayan que esto representa ahorros nada despreciables, en tiempo y en dinero.

Pero el lado B de esta historia, que es lo que verdaderamente debería preocuparnos, es que por no desarrollar las estructuras necesarias para aprovecharla, estamos dejando escapar una riqueza tanto o más valiosa que los recursos naturales. Ya se sabe, el conocimiento (y más en estos tiempos) vale oro. Triste.

Por: Nora Bär

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