El crimen de Argaña trajo más de lo mismo

A un año del asesinato del vicepresidente guaraní, el país solidificó la tradición colorada asentada en los 35 años de dictadura estronista . No se vislumbran cambios y se acumulan las reformas pendientes. Las acciones de una democracia legítima y genuina están por el piso, lo que va a contramano de sus vecinos del Mercosur.
A un año del asesinato del vicepresidente guaraní, el país solidificó la tradición colorada asentada en los 35 años de dictadura estronista . No se vislumbran cambios y se acumulan las reformas pendientes. Las acciones de una democracia legítima y genuina están por el piso, lo que va a contramano de sus vecinos del Mercosur.
Jorge Elías
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26 de marzo de 2000  

ASUNCION.- DE unos pocos diputados colorados, vacilantes, dependía el juicio político del presidente Raúl Cubas. Que no era promovido por la oposición, sino, ¡caray!, por el mismísimo vicepresidente Luis María Argaña, enfrentado, a su vez, con Lino Oviedo, el militar que, después de derrocar a Stroessner en 1989, manejaba los hilos del poder y, mientras tanto, alisaba el terreno para su propia carrera presidencial.

En febrero de 1989 cayó la dictadura en Paraguay, no el autoritarismo. Y, a diferencia de procesos parecidos en América latina, no hubo cambios dramáticos, ni recetas privatizadoras, ni demás ajustes estructurales, sino, en definitiva, más de lo mismo. Diez años después, el 23 de marzo de 1999, el asesinato de Argaña, atribuido a Oviedo, llevó al país al borde del caos.

Caos que desemboca ahora en marchas y en huelgas por doquier contra un gobierno de repuesto: el presidente Luis González Macchi no fue elegido por el pueblo sino confirmado por la Corte Suprema. De las elecciones del 13 de agosto surgirá un vicepresidente que, si cuadra, será capaz de cuestionarle la legitimidad.

Jura Félix Argaña, el hijo mayor de Luis María, de 42 años, que no tiene esa intención y que, por eso, los afiliados colorados deberían votar por él en las elecciones internas del 9 de abril, pero, como nunca falta alguien que sobre, muchos dudan de sus palabras: "Es posible que el vicepresidente se arrogue más poder que el presidente", aventura el senador liberal Gonzalo Quintana.

El crimen de Argaña (padre) puso aún más colorado a Paraguay. Tradición heredada de los 35 años de dictadura de Stroessner que, en algunos casos, evoca una nostalgia que baja el valor, más que el precio, de las acciones de la democracia: "Sabíamos, al menos, que iba a poner mano dura en donde fuere en lugar de ir a la deriva, como ahora", dice Evaristo Estigarribia, lustrabotas de la Plaza de los Héroes.

Héroes, precisamente, no hay. Líderes colorados tampoco quedan: están muertos, como Argaña y el ex presidente Andrés Rodríguez; o exiliados, como Cubas y Stroessner, o prófugos, como Oviedo. Lo cual da como resultado una orfandad que, en medio de la crisis, se bambolea entre los dos extremos históricos del continente: un gobierno fuerte, con sesgos autoritarios, por un lado, y los sectores sociales (llámense sindicatos, campesinos o intelectuales), con reclamos desatendidos, por el otro. La fortaleza de uno depende de la debilidad de los otros.

Son todas cuentas pendientes. Promesas incumplidas. O reformas no encaradas que, después de tanta demora, ponen al país a contramano de sus vecinos del Mercosur, en particular, y del mundo, en general. País pobre y, por si fuera poco, marcado por sospechas de corrupción en todos los órdenes.

No es casual que Peter Romero, líder de América latina en el Departamento de Estado, haya comparado al Estado paraguayo con un buque y al gobierno con un capitán durante una visita reciente a Asunción. El mejor capitán no puede con el peor buque. Es decir, el mejor gobierno no puede con el peor Estado.

Visos de cambio no se vislumbran con la elección del próximo vicepresidente, cargo para el cual compiten cinco precandidatos en las internas coloradas (Argaña, Diógenes Martínez, Enrique Riera Escudero, Oscar Rodríguez Kennedy y Leandro Prieto Yegros) y, para el 30 de abril, dos entre los liberales (Julio César Franco y Luis Alberto Wagner).

De todos ellos, Argaña es el único identificado con la línea González Macchi, pero eso no significa que, una vez arriba, no quiera arrogarse algo más que el cargo que ocupaba su padre. O, como revelan sus allegados, tal vez prefiera esperar hasta el final del mandato, en el 2003.

Enemigos íntimos

¿Qué pasaría con un vicepresidente de otro signo, aunque sea colorado, o incluso con un liberal? Los liberales participaron del gobierno hasta febrero. Venían notando que, más juntos que unidos, estaban quemando cartuchos en una causa ajena. Que, en su papel de oposición condicionada, estaban quemándose, en verdad. La salida, tardía, no alcanzó a fortalecerlos, de modo de disputarles a los colorados una hegemonía, al estilo Partido Revolucionario Institucional (PRI) en México, que lleva más de cinco décadas en el cenit.

Tanto tiempo implica generaciones que, a la larga, no advierten diferencia alguna entre el Estado, el gobierno y el partido. Es todo lo mismo, tricolor en México, colorado en el único país del planeta con bandera doble faz (distinta de un lado y del otro) en donde el mate frío (tereré) no es señal de desprecio y la sopa (hecha con harina de maíz) se toma con tenedor.

Nada cierra en Paraguay. Desde el golpe contra Stroessner, todo malestar institucional deriva indefectiblemente en rumores de golpe. Golpe en ciernes que no ha dejado de circular, cual dudosa cura de todos los males, desde la muerte de Argaña, hace un año, y que cobra el vigor de una tempestad cada vez que se asocia con Oviedo, en deuda, asimismo, con 10 años de prisión, por un conato de golpe contra el ex presidente Juan Carlos Wasmosy, en abril de 1996.

Si Stroessner aún existe ("con él estábamos mejor", recitan algunos, por más que esté exiliado en Brasil, como Cubas), ni qué hablar de Argaña. Su fantasma sigue vivo. Tanto que los oviedistas martillan a menudo la tesis de un presunto complot: afirman que, aquejado de cáncer, no murió en el atentado del 23 de marzo de 1999, a las 8.52 de la mañana, sino antes. Un rato antes, quizá.

Esto significaría que la balacera en la que pereció su guardaespaldas, Francisco Barrios, y resultó herido su chofer, Víctor Raúl Barrios, pudo ser parte de un plan con tal de enlodar aún más a Oviedo. El hijo mayor de Argaña, concejal de Asunción, es hoy el candidato número uno a sucederlo y dos hermanos de él, Nelson y Jesús, ocupan posiciones clave en el gobierno de González Macchi; uno, ministro de Defensa, y el otro, secretario privado.

Félix Argaña confiesa que las especulaciones de este calibre le revuelven el estómago. Y admite que se siente conforme con la captura de Pablo Vera Esteche, autor material confeso, y con los pedidos de extradición de Luis Rojas y de Fidencio Vegas Barrios, detenidos en la Argentina.

El clan Argaña ofrece 100.000 dólares por pistas que conduzcan al paradero de Oviedo, desaparecido en acción desde que burló el asilo político del que gozaba en la Argentina; fue el 9 de diciembre, un día antes de que terminara el mandato de Carlos Menem y asumiera Fernando de la Rúa. La recompensa lleva intacta más de tres meses, señal de que no querrán entregarlo.

Las piruetas de Oviedo -cuyo capital político reside en ser uno de los pocos capaces de comunicarse en guaraní con los campesinos- terminaron por mellar su popularidad. Ya no es una alternativa, según el senador Quintana, salvo que apueste a la desestabilización. Pero molesta. En especial, a los Argaña.

El cadáver exquisito

Como nada cierra, los oviedistas plantean la pelea con ellos de cara al pasado: aducen que el gobierno de González Macchi está lleno de hombres que respondieron a la dictadura. Y, fieles a su tesis, les llama la atención que los Argaña hayan rechazado la colaboración de Scotland Yard (Gran Bretaña), del FBI (Estados Unidos), de la Sureté (Francia) y del Mossad (Israel) con tal de esclarecer el crimen.

¿Quedará irresuelto el asesinato de Argaña, como el del presidente norteamericano John Fitzgerald Kennedy, en 1963, y el del candidato a la presidencia por el PRI, Luis Donaldo Colosio, en 1994? Despierta dudas, al menos. Sobre todo, la autoría intelectual, atribuida a Oviedo. Si no fue él, como se sospecha desde el principio, quién fue y, en última instancia, quién se benefició. Las miradas reparan, en tren de meras suposiciones, en allegados del ex presidente Wasmosy que están ahora en el gobierno.

Pero, como nada cierra, se abre otro enigma: ¿por qué eliminaron a Argaña, no a Oviedo? Siempre y cuando Oviedo, a tono con su gente, no haya tenido nada que ver con el llamado marzo paraguayo que, cual gesta, memora, un año después, tanto el magnicidio de Argaña como la muerte de siete jóvenes que reclamaban por la democracia en una plaza céntrica.

Cinco días antes del crimen de Argaña, el 18 de marzo, Félix fue a visitarlo a su casa y, cual legado, se quedó con sus últimas indicaciones: "Deciles a los amigos que vamos a hacer el juicio político (contra Cubas), que vamos a llegar al poder y que vamos a buscar la reconciliación".

Los amigos, dirigentes del Partido Colorado, se habían trenzado a sillazos en un mitin. De ahí la necesidad de tranquilizarlos con una señal clara de quien, en desafío al imcumplimiento de Cubas de ordenar el arresto de Oviedo por disposición de la Corte Suprema, estaba decidido a promover su destitución y, luego, tomar el poder.

Con los diputados iba a acordar el juicio contra Cubas el mismo día en que murió. Desde entonces, los cañones apuntan contra Oviedo. Al conductor de la Unión Nacional de Colorados Eticos (Unace) le quedan ahora tres alternativas: entregarse a la justicia paraguaya (Noticias publica a diario la temperatura de Lagerenza, la prisión de alta seguridad en donde debería cumplir con su condena: máxima, 47 grados; mínima, 43); continuar en la clandestinidad o pedir asilo en un país que no sea la Argentina.

El asilo en la Argentina, con la venia de Menem, tuvo el aval de Brasil y de los Estados Unidos. Pero el informe anual de derechos humanos del Departamento de Estado, distribuido en febrero en Washington, señala: "Hay alegatos bastante creíbles en el sentido de que Oviedo y sus asesores planearon la muerte del vicepresidente Luis María Argaña".

Es como si Paraguay, por más que haya terminado con su dictadura, siguiera siendo la democracia de un hombre solo (el supremo, según Roa Bastos). El hombre solo que no existe por falta de líderes. O, si fuera Oviedo, que debe de soñar con una vuelta al estilo Perón o con una reivindicación al estilo Chávez. Tampoco cierra, ¡caray!

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