El dardo mezquino de Paul O´Neill

Por Ricardo Hausmann Para LA NACION
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28 de agosto de 2001  

CAMBRIDGE, Massachusetts - En Washington parece estar de moda un nuevo enfoque de la política: frente a un problema con dos causas posibles, entre las soluciones propuestas elijan la que prometa costar menos. Lo vimos aplicar cuando el gobierno de Bush se retiró del Protocolo de Kyoto sobre el Cambio Climático Ahora lo están aplicando a las finanzas internacionales: véase, si no, cómo maneja el Tesoro la crisis argentina.

La interpretación barata de las crisis financieras internacionales consiste en achacarlas a lo que los economistas han dado en llamar "riesgo moral": el apetito de los inversores por emprendimientos arriesgados aumenta porque reciben garantías implícitas que los protegen de pérdidas potenciales. Los gobiernos proporcionan estas "garantías" al sacar de apuros a los bancos quebrados; los bancos centrales, al comprometerse a una minidevaluación monetaria; la comunidad internacional, al otorgar paquetes de salvamento financiero a países en dificultades. Para quienes defienden esta teoría, la solución consiste en que los países mejoren la reglamentación y supervisión de sus sistemas financieros y adopten una moneda flotante, y la comunidad internacional deje de prestarles ayuda.

Esta clase de teorías siempre parecen explicar la última crisis, pero nunca predicen bien la próxima. La crisis de la deuda latinoamericana de 1982 se atribuyó a los grandes déficit fiscales y los préstamos excesivos tomados por el sector público; esto condujo a una ambiciosa agenda de reformas para achicar los gobiernos. En 1994, cuando México entró en crisis pese a la solvencia de su erario, se culpó al nivel bajo y declinante del ahorro interno. Se aconsejó a América Latina que imitara a las economías de Asia Oriental y centrara sus esfuerzos en impulsar el ahorro interno con medidas tales como la reforma del sistema de seguridad social. En 1997, al golpear la crisis a los países de Asia Oriental, que tenían los índices de ahorro más altos del mundo, el dedo acusador volvió a desplazarse señalando esta vez a los malos bancos y la excesiva deuda a corto plazo.

Expectativas autocumplidas

Cuando la Argentina se embarcó en una década de reformas estructurales, se diría que obraba correctamente en todo. Frenó la hiperinflación, estabilizó los precios y recortó el sector público privatizando el acero, el petróleo, la banca, las telecomunicaciones, las compañías aéreas, la red de aguas corrientes, las rutas, el correo y hasta el sistema de jubilaciones. Adoptó una sofisticada estrategia de gestión de la deuda pública que extendió los vencimientos de sus obligaciones e implantó las normas bancarias más duras del mundo en desarrollo, permitiendo así que bancos extranjeros de primer nivel dominen su sector financiero. Ahora, pese a tres años de recesión, intenta reducir a cero un modesto déficit fiscal. Pero entonces, ¿por qué está en semejante aprieto?

La teoría más verosímil se basa en las expectativas autocumplidas. Si los mercados temen que un país no salde sus deudas, le exigen intereses más altos; a su vez, esto debilita su voluntad o capacidad de pagarlas justificando aquel temor inicial. En el caso de la Argentina, las altas tasas de interés asfixiaron el crecimiento económico, deprimieron la recaudación impositiva e inflaron los costos crediticios llevándolos a niveles prohibitivos, dificultándole al gobierno el cumplimiento de sus obligaciones. Esto hizo más riesgosas las inversiones en bonos argentinos, convalidando las altas tasas de interés.

Así pues, al estallar una crisis, el principal desafío para quienes trazan las políticas es manejar las expectativas del mercado. Pero en casi todos los casos exitosos (por ejemplo, México y la Argentina en 1995, Corea en 1998 y Brasil en 1999), lo que "funcionó" fue una combinación de ajuste interno y apoyo internacional. El primero establece claramente la viabilidad de un resultado positivo; el segundo ayuda a llevar el mercado hacia ese resultado. Unas veces, el apoyo internacional debe adoptar la forma de una ayuda financiera; otras, puede lograr un efecto similar expresando su compromiso.

Desde este punto de vista, el comportamiento del Tesoro norteamericano ha sido uno de los factores más importantes del actual malestar de la Argentina. Durante meses, nada dijo. Finalmente, al agravarse la crisis, la asesora de seguridad nacional, Condoleeza Rice, se metió a elogiar su esforzado ajuste interno. Por tradición, esto incumbe al Tesoro. Cuando, ¡por fin!, habló el secretario del Tesoro, Paul O´Neill, contradijo de plano a Rice diciéndole a The Economist que la Argentina había entrado en crisis porque carecía de una industria exportadora y era renuente a hacer algo al respecto. Asimismo, desechó los temores a un contagio internacional, preguntándole al periodista: "¿Usted cree que, de aquí a cinco años, alguien recordará algo de todo esto?"

Invitación al pesimismo

Los mercados interpretaron semejantes declaraciones como una invitación al pesimismo, lo cual es comprensible. O´Neill, ¿podía ser, en verdad, tan ignorante como para insinuar que el paradigma reformista de América Latina no había hecho nada en la última década? ¿O acaso sugería que la agenda aplicada, de inspiración norteamericana, era incorrecta y, en cambio, debería haberse centrado en una política industrial a la japonesa? El clamor suscitado por los imprudentes comentarios de O´Neill obligaron finalmente a Bush a ordenarle a John Taylor, subsecretario del Tesoro, que viajara a la Argentina y averiguara los hechos concretos. Podrían haberlos averiguado mucho antes, pero no se preocuparon en lo más mínimo.

¿Cómo se explica tanta miopía por parte del Tesoro de los Estados Unidos? La respuesta es simple: los funcionarios miran a través del lente del riesgo moral y sólo ven que los temerarios inversores de Wall Street necesitan una severa lección. La Argentina se convirtió en un simple vehículo para enviar un mensaje de Washington a Nueva York. Pero si la visión alternativa fuese acertada, el Tesoro norteamericano atizó de manera irresponsable las expectativas de un mercado bajista denigrando unos esfuerzos reformistas serios y negando la ayuda financiera que podría haber evitado su autocumplimiento.

Las economías emergentes, como la argentina, han procurado a conciencia adherirse a la apertura y la globalización, pese a los caprichos de los mercados de capital internacionales. Las políticas y las declaraciones de O´Neill bien podrían desalentar esos esfuerzos a largo plazo, agravando innecesariamente el inevitable sufrimiento a corto plazo que causan tales reformas.

© Project Syndicate y LA NACION

Ricardo Hausmann es profesor de desarrollo en la Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard.

(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)

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