El desafío de un cambio cultural

Federico Saravia
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28 de agosto de 2017  

Para el año 2050, se estima que el 70% de la población mundial vivirá en ciudades, no sólo porque serán más quienes elijan las grandes urbes, sino también porque la expectativa de vida de quienes ya lo hacen continuará creciendo como hasta hoy. En la ciudad de Buenos Aires, como en otras ciudades, seremos cada vez más.

Por eso es indispensable la eficiente administración de los recursos públicos: Buenos Aires sólo tendrá un poder transformador -y será mejor la calidad de vida de quienes la habitan y transitan- si están claras las prioridades estatales a la hora de gestionar. La planificación debe colocar a las personas en el centro del desarrollo, así como ser permeable a las transformaciones sociales, económicas, tecnológicas, culturales y demográficas. Es el momento de que la política pública promueva un verdadero cambio cultural en el seno de la comunidad.

¿De qué se trata este cambio? Simple. De reconocer, aceptar y trabajar junto a otros, quienes tienen sus propias opiniones, pasiones y experiencias. Se trata de actuar teniendo en cuenta a los que nos rodean, responsabilizándonos por nuestras propias decisiones. Es hora de asumir, en definitiva, que vivimos en comunidad y que, por lo tanto, profundizar grietas y diferencias no hace más que alejarnos de lo más importante: encontrar soluciones a los problemas actuales, para vivir mejor y más felices.

Desde las diferencias es posible construir consensos. También es deseable, porque nos enriquece. Debemos comprometernos y cambiar nuestra actitud ante el prójimo y ante lo público, cumplir con las normas básicas de convivencia y cuidar el espacio que es de todos. Y para eso es necesario que los responsables por la toma de decisiones estemos a la altura del desafío.

En la ciudad de Buenos Aires existen ejemplos que evidencian la tendencia contraria y, al mismo tiempo, las oportunidades de mejora. La proliferación desmedida de publicidad oficial de tipo superfluo y banal contrasta con una comunidad que exige y prioriza el combate contra la inseguridad. Actualmente, la ciudad cuenta con un sistema descentralizado de denuncias, pero el Gobierno no lo publicita. Ello imposibilita la construcción de un mapa del delito y, en última instancia, inhibe la posibilidad de diagnosticar para luego realizar intervenciones urbanas que contribuyan con una mayor seguridad ciudadana.

No sólo es necesario un cambio de prioridades. También resulta imprescindible incorporar la idea de "sinergia" a la gestión pública, para que no primen intereses particulares, sino el bienestar general. Para que el "todo" sea más que la suma de las "partes", los recursos tienen que organizarse de la mejor manera posible: no podemos permitir que en un país que produce alimentos para 400 millones de habitantes, más de 3 millones tengan problemas de alimentación. O que en la ciudad de Buenos Aires tengamos alrededor de 70 mil hogares con déficit habitacional y, al mismo tiempo, existan más de 300 mil viviendas ociosas.

La complejidad de los problemas que enfrentamos demanda un abordaje con un enfoque comunitario. En la implementación de soluciones comunes para nuestros problemas comunes, el Estado debe hacer su parte, reorientando sus prioridades y promoviendo un cambio cultural, en beneficio de todos.

Dirigente de Evolución

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