El día en que Macri y Carrió decidieron torcer la historia

¿Cómo vencieron el Presidente y la diputada los recelos mutuos? En este fragmento de Lilita. La mujer que desafía al poder (Planeta), de inminente aparición, la autora relata el primer encuentro
¿Cómo vencieron el Presidente y la diputada los recelos mutuos? En este fragmento de Lilita. La mujer que desafía al poder (Planeta), de inminente aparición, la autora relata el primer encuentro
Laura Serra
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26 de mayo de 2019  

Macri y Carrió se saludan durante un acto de campaña en Ferro, en 2017
Macri y Carrió se saludan durante un acto de campaña en Ferro, en 2017 Crédito: Fernando Massobrio

Si la política es el arte de lo posible, la gestación de Cambiemos reveló que el arte de la política puede alcanzar lo imposible. El nacimiento de esta coalición demostró, además, que no necesariamente los hechos que revolucionan el escenario de la política son fruto de operaciones sofisticadas de dirigentes avezados: el milagro de un acuerdo entre Carrió y Macri después de tantos desencuentros y desconfianzas mutuas fue posible gracias a la perseverancia de un empresario que nunca antes había militado en política y a la convicción de aquellos, como Emilio Monzó, que creen, justamente, en los milagros.

Javier Campos, un empresario ligado a los medios de comunicación, era un convencido de que solo la unidad de los partidos no peronistas podía desalojar al kirchnerismo del poder. Tras dedicar buena parte de su vida profesional a sus negocios en Brasil y España, este empresario decide radicarse en la Argentina en 2005, en pleno auge del gobierno kirchnerista. La política no le era indiferente, y le dolía ver a su país aprisionado en un laberinto de decadencia y de enfrentamiento estéril entre sus dirigentes. La casualidad -o el camino inexorable del destino- lo llevó a trabar amistad con uno de los vecinos del barrio cerrado adonde concurría los fines de semana, en Luján: Emilio Monzó.

En sus tantas caminatas juntos, Campos descubrió en Monzó el interlocutor que buscaba para compartir sus inquietudes. Es necesario modificar el sistema político y recrear el bipartidismo, le decía Campos: aglutinar a todas las fuerzas de la oposición e instalar un gobierno de transición de un presidente no peronista que solo permanezca en el poder cuatro años, los suficientes para realizar las reformas estructurales que el país requiere y después marcharse. "Hay que comenzar de nuevo", insistía Campos, frase con que tituló una nota de opinión que el diario la nacion le publicó por aquel tiempo.

Monzó lo escuchaba y asentía. Pero había un problema. "Mauricio está por debajo de Sergio Massa en las encuestas y hay muchos en el partido que creen que lo mejor es una alianza con él. Yo no estoy de acuerdo, pero para que Macri sea candidato a presidente y le compita a Sergio, hay que hacerlo crecer", se le sinceró un día. Massa, en efecto, había derrotado al kirchnerismo en las elecciones legislativas de octubre de 2013 y ya se veía con la banda presidencial puesta. La única forma de neutralizarlo, coincidían ambos, era competirle de igual a igual con una alianza de partidos no peronistas cuyo candidato surgiera de elecciones primarias. Macri debía ser uno de esos jugadores.

De todo esto hablaron, frente a frente, Javier Campos, Emilio Monzó y Mauricio Macri en la primera reunión que compartieron en el despacho de Macri, en Bolívar 1. No era la primera vez que Mauricio y Javier se encontraban: ya se conocían de vista del colegio de Macri, el Cardenal Newman, donde Campos cursó una parte de sus estudios. Pero la casualidad también hizo que, años después, se reencontraran en el mismo edificio sobre Avenida del Libertador: Macri, ya casado con Juliana Awada, se había mudado al quinto piso; Campos vivía en el cuarto.

En aquel encuentro en Bolívar 1 el trío acordó intentar un acercamiento con los partidos que, por entonces, se aglutinaban en UNEN. Macri no se mostraba demasiado optimista, pero dejó hacer. "Los radicales desconfían de mí, y Carrió dice que soy un contrabandista", se resignaba. Monzó apuntaría al radicalismo; Ernesto Sanz y Oscar Aguad se mostraban, con sus matices, como los dirigentes más cercanos. Campos, por su lado, intentaría la misión imposible de acercar a Carrió.

El empresario no conocía a Lilita; la votó varias veces, sí, pero jamás habían cruzado palabra. ¿Cómo podría llegar a ella? Decidió anotarse en el instituto Hannah Arendt; sabía que Carrió daba su curso los martes a las siete de la tarde. Él no faltaría nunca y se hacía ver al levantar la mano y participar de las clases.

"Un día me acerqué y le pregunté, siempre sin tutearla, si podía conversar con ella después de clase. En aquel primer encuentro le repetí lo mismo que habíamos conversado con Mauricio: hay que aglutinar en un mismo espacio al 70% del votante no peronista para ganarle al kirchnerismo", rememora Campos.

Carrió asiente. "Estoy totalmente de acuerdo. Es lo que estamos trabajando en UNEN", le respondió.

-Sí, doctora, por supuesto, pero no es suficiente. En esta instancia, si se quiere ganar la presidencia, habría que ser todavía más amplios e incorporar a Macri -retrucó Campos.

-Ah, no. De ninguna manera. Macri y su padre son mi límite -fue la tajante respuesta de Carrió.

Campos no se dejó vencer. Eran los meses finales de 2013; aún había tiempo. En las semanas sucesivas intensificará sus charlas con Carrió, le llevará datos y encuestas. Y argumentos. Lilita escuchaba. "Si no armamos una alianza amplia ganará Scioli, y usted habrá sido funcional a ese resultado", acicateaba Campos. Carrió se enojaba, pero escuchaba. [?]

La ola aliancista se asomaba, aún incipiente, en el mar de vacilaciones sobre el que navegaba la oposición. Carrió la vio venir y su instinto no la dejó pasar. Fue así como, un sábado de noviembre, anunció su ruptura definitiva de UNEN. Y, en un viraje drástico, sugirió por primera vez que estaría dispuesta a competir en una elección interna con Macri. [?]

Pocos días después llamó a Javier Campos:

-Me quiero reunir con él. Quiero que lo organices vos y que nadie se entere.

[?] La reunión se concretó una mañana de enero en San Isidro: Campos había elegido la casa de su hermana, vacía por vacaciones. La primera en llegar fue Carrió; lo hizo acompañada de Maricel Etchecoin, una de sus colaboradoras más fieles. A los pocos minutos arribaron Macri y Monzó. Tras los saludos, el anfitrión condujo a Lilita y Mauricio a una sala donde podrían conversar tranquilos; les sirvió jugo de naranja y los dejó a solas.

Transcurrían los minutos y la intriga carcomía al trío que esperaba afuera.

-Yo no entiendo mucho de esto, pero ya pasó media hora. ¿En qué momento se mide si esto es o no un éxito? -preguntó, impaciente, Campos.

-Tratándose de Lilita, si ya pasó media hora es un éxito -le respondió Etchecoin.

Y lo fue: después de casi dos horas de conversación en la que ambos desnudaron el alma -así lo contaron después- asomó la fumata blanca. Al abrir la puerta, Mauricio y Lilita aparecieron sonrientes; los caminos, bifurcados por años de prejuicios y aprensiones mutuas, habían confluido en un punto de encuentro.

Maricel, Javier y Emilio aguardaban expectantes.

-Llegamos a un acuerdo con Mauricio, vamos a competir en una primaria juntos -los anotició Carrió-. Vamos a invitar al radicalismo, pero si no quiere participar, yo le doy la pelea sola. Eso sí: en este acuerdo no caben otros que no sean el PRO, la Coalición Cívica y la UCR. No me vengan con Massa; Mauricio ya me dio su palabra. Y otra cosa: hay que limpiar a la política y a la campaña del juego y del narcotráfico. Este señor me dio su palabra que así será. Ustedes son testigos.

Por el camino de la disidencia

Por Laura Serra

Esta biografía política de Elisa Carrió pretende abordar las distintas aristas que ofrece este personaje de la escena nacional. ¿Quién es, en verdad, Elisa "Lilita" Carrió? ¿Es una rupturista serial, volcánica e impredecible en sus actos, o una fina estratega que juega sus piezas con un objetivo preciso?

Para encontrar la respuesta -o un atisbo de ella-, hay que remontarse a 1994, cuando Carrió irrumpió en la escena nacional como convencional constituyente por el Chaco, y recorrer la seguidilla de alianzas y rupturas que protagonizaría. En 25 años, Carrió rompió con su partido de origen, el radicalismo; luego fundó un partido -el ARI- de corte progresista de izquierda; después giró hacia el centro cuando conformó la Coalición Cívica e integró a Alfonso Prat-Gay y Patricia Bullrich a sus filas; más tarde regresó al progresismo de izquierda, con Fernando "Pino" Solanas para, finalmente, dar un volantazo hacia la centroderecha de la mano de Mauricio Macri y Cambiemos.

El desafío de este libro es descubrir, a partir de un repaso histórico, el hilo que enlace estos mojones electorales que protagonizó Carrió. El lector podría pensar que ella es una oportunista de la política. Que se mueve según corre el viento y que, en definitiva, no tiene ideología. En esto último tendría razón: Carrió detesta las ataduras ideológicas. Es más, ella se define como una dirigente "preideológica"; el contrato moral, sostiene, debe ser previo a cualquier rumbo ideológico que adopte una sociedad. Su norte es la República. Esta ha sido la obsesión que la llevó a armar y desarmar coaliciones electorales.

No hay político hoy en el país que se le compare a Carrió: despierta amores y odios, pero nunca indiferencia. No emergió de la militancia partidaria; su irrupción en la escena nacional se produjo gracias a una disidencia (su oposición al Pacto de Olivos) y será ese camino de la disidencia, de acuerdo a sus propios principios, el que definirá su trayectoria.

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