El día que el frío derritió la razón

Alicia  Dellepiane
Alicia Dellepiane PARA LA NACION
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14 de diciembre de 2012  

Afuera, un delicioso cielo azul claro y la temperatura y humedad que convierten un día común en un día soñado. Adentro, cuatrocientas personas que compartíamos el interés casi hipnótico por el tema de aquel encuentro: la vinculación entre el desarrollo personal y las posibilidades evolutivas de la especie humana.

La única molestia, el frío del lugar. No alcanzaba con un suéter para dejar de tener piel de gallina. Más que fin de verano en playa del Pacífico, parecía refugio de montaña en pleno invierno.

Cuando llegó el rato del café, me acerqué a uno de los organizadores para que por favor modificara lo único que creía que había que cambiar: la graduación del termostato. "Cómo no", dijo más que respetuosamente.

Reiniciamos la sesión de trabajo y mi reciente aliado consultó: "Nos han avisado que la temperatura del lugar no es la ideal. Por favor levanten la mano quienes tengan frío".

Levanté la derecha, por costumbre de usarla, y miré a mi alrededor. Vi que sólo una persona acompañaba mi gesto. Me sentí extrañísima.

"Por favor, levanten la mano quienes están bien con la temperatura como está." Unas 398 personas (el tema era fascinante, pocos habrían querido llegar tarde) levantaron la suya.

Entonces aprendí algo tremendo de aceptar: "ellos" y yo veíamos -y sentíamos- un mundo diferente. Mi convicción de que mi versión era la verdadera se derritió para siempre.

La Argentina vive hoy una polarización aterradora. Nosotros y los otros, los buenos y los malos, los ricos y los pobres, amigos y adversarios, los poseedores de la fórmula mágica y los necios.

En el desarrollo de una persona, los extremos de lo bueno y malo separados pertenecen al momento evolutivo más básico y primario. Cuando un sujeto crece de manera sana, va abandonando la polarización y accede a la posibilidad de integrar lo complejo. El mejor personaje literario y cada uno de nosotros -los humanos- tenemos fortalezas y debilidades, aciertos y errores, buen criterio y sinsentido.

El fanatismo que disocia y divide se apoya en nuestro interior fragmentado. La cura: realizar el arduo trabajo de la integración de todo lo que somos, aun de aquello que no nos gusta de nosotros mismos y que hasta ese momento tendemos a criticar en otras personas. Dicho de otra manera, la salida del fanatismo implica pasar de la proyección masiva de la paranoia (que lleva a necesitar tener el control y el dominio sobre otros) a la responsabilidad y el verdadero poder personal.

¿Cuál es mi aporte a la comunidad? ¿Elijo incluir o perpetúo la exclusión? ¿Dialogo tratando de encontrar puntos de encuentro o me ocupo de defenestrar a quien no piensa como yo? ¿Soy una persona madura emocionalmente que reconoce la posibilidad de equivocarse o me creo infalible? ¿Tiendo a unir o a dividir? ¿Construyo cultura o destruyo vínculos? ¿Creo que la interdependencia no es sólo una palabra de moda sino un dato científico actual? ¿Tengo noción de que en el siglo XXI el contexto de la vida personal es el mundo?

Las respuestas -filosóficas, psicológicas o espirituales- que demos a estas preguntas son el diseño mismo de la huella que dejaremos a nuestros hijos, nietos y las generaciones por venir. Cada vez que estoy ante la opción entre comprensión y fanatismo recuerdo ese día en que tuve tanto frío y creí tener tanta razón.

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