El diablo está en los detalles, siempre

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
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27 de diciembre de 2018  • 03:14

Los británicos decidieron -hace dos años y medio y, a mi modo de ver las cosas, equivocadamente- que preferían salir de la Unión Europea . Alejarse de ella y sacarse sus lazos de encima. Lo hicieron, en su momento, obsesionados por el aumento exponencial de los flujos migratorios que los invadían y que no podían regular con independencia, sino que lo debían hacer a través de reglas comunes para toda la Europa integrada.

El proceso de retiro que, entonces pusieron en marcha, se conoce hoy como el " Brexit " y, en los hechos, no solo parece haberse conducido hasta ahora "a cara de perro", sino que además ha resultado exasperantemente lento.

Por su enorme complejidad, ello no podía seguramente haber sido de otra manera. Esa complejidad, para peor, nunca fue bien explicitada al gran público antes de que los británicos votaran a favor de su salida de la Unión Europea. Por esto, la opinión actual de muchos de ellos ha cambiado, ahora que conocen mejor de qué se trata efectivamente el llamado "Brexit" y cuáles son sus duras consecuencias de todo orden.

Lo cierto es que hoy nada menos que un 59% del total de los británicos dice a los encuestadores preferir permanecer en la Unión Europea y tan sólo un 41% persiste en su posición de querer salir de esta comunidad.

La decisión de retirarse, recodemos, se tomó en su momento con un 52% de los británicos a favor de irse y un 48% a favor de quedarse. Un 7% de los hoy encuestados parece haber cambiado de posición. Pero lo hicieron cuando ya era indefectiblemente tarde y, más aún, cuando un posible "cambio de rumbo" parece una eventualidad lejana y casi imposible de implementar.

Ocurre, además, que hoy hay un 55% de los británicos que cree que la salida de su país de la Unión Europea será perjudicial para ellos, hasta en el corto plazo. Quizás porque admiten que su identidad, más allá de algunos perfiles diferenciales, es esencialmente europea.

Hay, asimismo, quienes sostienen que la influencia oculta de Rusia, manipulando electrónicamente desde la opacidad pero con intensidad las vías y redes electrónicas, fue decisiva; lo que no se denunció ni se advirtió a tiempo.

Pero la gente se cansa de tener que vivir empantanada en la confusión y sin adoptar las definiciones necesarias cuando se trata de fijar rumbos esenciales para la marcha conjunta del país. De allí que no llame demasiado la atención que las encuestas ahora sugieran que el 60% de los británicos quiere dar -lo más rápido posible- vuelta esta incómoda página de su historia reciente, lo que evidencia el proceso, cada vez más visible, de decadencia que atraviesa el país.

Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

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