El dilema de los héroes políticos súbitos

Como sucedió con los fiscales tras la marcha del 18-F, en distintas circunstancias dramáticas recientes, personas y grupos adquirieron en la Argentina la capacidad de representar demandas sociales. Pero, ¿es posible hacer política por fuera del sistema de partidos? ¿Puede una catarsis colectiva ser el germen de un proyecto electoral?
Laura Di Marco
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1 de marzo de 2015  

Ilustración: Martin Balcala
Ilustración: Martin Balcala

Es el 19 de febrero, por la tarde. Segundo piso de Comodoro Py. Reunión de fiscales en el despacho de Germán Moldes. Adentro de la oficina, conversan Raúl Pleé, Guillermo Marijuan, José María Campagnoli y Carlos Stornelli. Ricardo Sáenz también está convocado, pero no llegará a tiempo.

En esos giros del país imprevisible, el grupo de fiscales siente aquella tarde la presión de una gran parte de la sociedad: ciudadanos asustados por lo que perciben como el regreso de la violencia política a la Argentina. En la marcha del día anterior, la gente parecía estar reclamándoles cosas -¿acciones políticas?- que ellos no podían satisfacer. Erigidos súbitamente en héroes de la Marcha del Silencio, están desorientados.

-¿Y ahora qué hacemos? -tanteó uno de ellos.

-La lucha continúa, pero en cada causa -lanzó otro.

Hubo desacuerdo con la frase temeraria: los expedientes no pueden usarse como proyectiles, concluyeron.

-Pero ya no podemos hacernos los tontos con las causas en trámite -se sinceró un tercero.

El final de la reunión secreta pareció encontrar algún consenso, cuando un cuarto selló: "Ahora, es la política la que tiene que hacerse cargo".

El dilema de los actores políticos súbitos -aquellos que emergen por fuera del sistema tradicional de partidos- no es nuevo en la Argentina.

Por el contrario, la historia reciente está llena de actores no políticos que, ante crisis o tragedias, encarnaron demandas colectivas. Protagonistas que, por fuera de las estructuras tradicionales, se hicieron cargo de la indignación moral: las Madres de Plaza de Mayo, en los 80; la monja Martha Pelloni, en los 90; las víctimas de la AMIA; el actor Nito Artaza, en el corralito de 2001; el movimiento piquetero; las Madres del Dolor denunciando la inseguridad; Juan Carlos Blumberg y sus multitudinarias marchas; el fallecido obispo de Misiones, Joaquín Piña, que frenó la reelección indefinida con su postulación testimonial, o los familiares de la tragedia de Once son sólo algunos ejemplos de este fenómeno.

Sin embargo, esta consagración política espontánea plantea dilemas inmediatos. La tensión entre meterse y permanecer ajeno y afuera (puro, digamos) del sistema tradicional de partidos empieza a rondar a los héroes súbitos: ¿se puede hacer política por fuera del sistema de partidos? ¿Cómo convertir esa voz en influencia sobre el poder si, a menudo, incluirse en un partido tradicional es licuar ese capital? ¿Apostar a la autonomía, asumiendo el riesgo de no poder cambiar nada? En definitiva: ¿cuándo ser representante de una mayoría indignada puede traducirse en una fórmula electoral potente?

Emergentes de la indignación

Los líderes emergentes tuvieron muy distintos destinos en la Argentina: algunos, como los líderes piqueteros o las Madres de Plaza de Mayo, terminaron absorbidos por el Gobierno. Otros, como el actor Nito Artaza o el rabino Sergio Bergman, se enrolaron en la oposición, aunque con muy diversos grados de éxito, influencia y visibilidad. El obispo de Misiones se fue a su casa, después de haber cumplido con su objetivo político. Luego, falleció. Blumberg se diluyó. La monja Pelloni se quedó en la Iglesia. Las Madres del Dolor no aceptaron la infinidad de propuestas de candidaturas que les hizo la política.

El mapa de posibilidades de los emergentes de la indignación parece ser múltiple.

A estas alturas, la decana de la Escuela de Política y Gobierno de la Universidad Nacional de San Martín (Unsam), María Matilde Ollier, acerca: "En estos casos, es preciso diferenciar la política partidaria de la política en un sentido más amplio o más abarcador. La política en un sentido amplio se encuentra presente en cualquier sociedad, aun en aquellas gobernadas por regímenes autoritarios como lo fue la Argentina durante la última dictadura. En segundo lugar, es preciso distinguir las diferentes formas que adquiere la política, que bien puede ser disputa por el poder o construcción del espacio público".

Lo que plantea Ollier remite al movimiento encarnado por las Madres de Plaza de Mayo durante la dictadura, quienes, paradójicamente, pudieron hacer política apelando a una condición no política: la de ser madres.

Investigadora principal del Conicet y doctora en Sociología por la Universidad de París, Liliana de Riz apunta: "Estos emergentes de la política surgen porque la crisis de representación partidaria deja el espacio para que así sea. Hay diversos modos de intervención política no partidaria. Y no toda acción política es partidaria, pero no se puede competir por el poder político sin organizaciones partidarias".

El sociólogo e investigador del Conicet Gerardo Aboy Carlés descree de que el 18-F pueda tener continuidad como un movimiento. Sin embargo, también cree que la marcha de los fiscales desmontó la ilusión que había inaugurado la recuperación democrática: la de que toda la representación colectiva podía ser asumida por el sistema tradicional de partidos. "Y esto nunca es así. En una democracia que está viva, hay muchos actores que canalizan las demandas públicas. De hecho, la dirigencia opositora hace 25 años que se viene escondiendo detrás del periodismo. Y ahora se escondió detrás de los fiscales", remata.

Sigue el profesor de la Unsam: "No lo veo equiparable [al 18-F] al movimiento de derechos humanos o a las reivindicaciones puestas en el espacio público por las víctimas de la tragedia de Once. Aquellas protestas generaron actores nuevos. Aquí no veo actores políticos nuevos. Lo que hubo fue visibilidad de un conjunto de actores estatales".

Pero Aboy Carlés sube la apuesta y afirma que la marcha de los fiscales fue "un fracaso del sistema político en su conjunto". Lo explica: "Si bien fue un hecho político muy importante, el fracaso fue que la convocatoria no haya sido liderada por la dirigencia opositora. El oficialismo quedó descolocado, pero la oposición tampoco tuvo capacidad de respuesta".

Mucha gente fue movilizada por la tragedia. La muerte del fiscal Nisman pareció haber tocado una fibra mucho más sensible que la corrupción o la inseguridad. Es la fibra que le dio fundamento a la democracia recuperada en el 83: el repudio a toda forma de violencia política. Y, en este sentido, se trata de una demanda nueva en el espacio público.

Algo está claro: una catarsis colectiva no constituye, en sí misma, un movimiento político. "Las protestas en España o Egipto, con la gente acampando en las plazas, se convirtieron en un movimiento político. El renunciamiento de Evita parió un movimiento, cuando una multitud fue capaz de esperar horas en las calles por una respuesta política. Acá, en cambio, las protestas de los últimos años se parecieron más a catarsis", recuerda el encuestador Raúl Aragón.

Pero, en un ejercicio lúdico de la política, Campagnoli -por nombrar el fiscal más mediático y el que le torció el brazo al Gobierno-, ¿no tendría éxito, de postularse en la política? Responde Fabián Perechodnik, uno de los directores de la consultora Poliarquía: "Las crisis plantean oportunidades y la política argentina está en crisis recurrentemente. De hecho, durante los últimos años, los partidos han tratado de neutralizar su mala imagen sectorial apelando a figuras de otros ámbitos como el arte, el deporte y los negocios. No sería extraño que un fiscal o un juez se conviertan en buenos candidatos con el apoyo y la campaña correcta".

Sin embargo, aquí viene una aclaración de De Riz: "La calificación de «partido judicial» hecha por CFK es una desafortunada interpretación de1 18-F. No hay «partido judicial» -destaca la investigadora-, aunque hay politización de la Justicia. Si Campagnoli ingresara en la política partidaria como candidato de alguna fuerza, eso no significaría que hay un partido judicial, como no hay un partido del deporte con Scioli o Reutemann. O un partido de cantantes con Palito Ortega".

¿El fin de una época?

Pero, en definitiva, ¿qué simbolizan estos actores por fuera del sistema tradicional de representación?

"El fin de una época en la política partidaria tradicional -destaca el director de Poliarquía-. Cuando los partidos no son capaces de canalizar y procesar las demandas sociales, surgen liderazgos alternativos. Podemos decir que tenemos partidos políticos tradicionales gestados para demandas y ciudadanos del siglo XX, que deben dar respuestas -y no pueden hacerlo adecuadamente- para demandas y ciudadanos del siglo XXI."

En clave académica, el investigador Isidoro Cheresky -que lidera un programa de exploración sobre nuevas formas políticas en el Instituto Gino Germani- viene señalando este cambio de época a través de sus trabajos de campo. Y se arriesga a más: dictamina el fin de los partidos tal como los conocimos y su reemplazo por redes políticas móviles, articuladas en torno a un liderazgo de opinión (un emergente no político, digamos) o de rechazo. Son los líderes o portavoces sociales que le dicen que "no" a algo. Cheresky acuñó el término "democracia continua" para nombrar la protesta en las democracias contemporáneas.

Profesor en la Universidad de Pittsburgh, el politólogo argentino Aníbal Pérez Liñán define como "esencial" el rol de los actores sociales que se organizan en defensa de una causa común: la de un reclamo de justicia, de derechos humanos, de seguridad, de mejores condiciones de vida. "Estos actores son la fuente del pluralismo democrático -apunta-, la fuerza que impulsa al sistema a superar sus limitaciones y sus fracasos. Sin movimientos sociales no existiría hoy casi ninguno de los grandes logros de la Argentina desde 1983."

Aclara que los líderes de estos movimientos son generalmente líderes por necesidad, no por ambición. "Se encuentran de golpe, y a menudo por motivos trágicos, al frente de una misión en la vida que no buscaron, pero que no pueden eludir. Y, entonces, cuando entran en las aguas tormentosas de la política, se enfrentan con dos peligros: la polarización y la cooptación."

El dilema podría traducirse así: el discurso de la polarización permite al Gobierno despreciar cualquier reclamo social como una acción conspirativa de sus opositores. Estamos viendo este peligro en la respuesta oficial frente al reclamo de justicia por el caso Nisman. La estrategia de cooptación, en cambio, es exactamente opuesta: las fuerzas políticas se apropian del reclamo incorporando a sus voceros a las redes del poder. La incorporación de líderes piqueteros, de dirigentes de derechos humanos o de militantes por la diversidad sexual a los cargos políticos son ejemplos de ese movimiento. Sigue Pérez Liñán: "La retórica de la polarización subordina una demanda social novedosa a la lógica de un conflicto político viejo. La mecánica de la cooptación subordina el objetivo de los movimientos sociales a un proyecto político más amplio".

¿Cómo se sale de esa telaraña, entonces? El politólogo de Pittsburgh asegura que para salir de esa emboscada es crucial que los líderes de los movimientos sociales formen coaliciones amplias para perseguir sus objetivos y para superar los riesgos de polarización y cooptación.

"Pero esto significa que, al final del día, son los partidos políticos quienes deben recoger estos reclamos, agregarlos en un proyecto de reforma y llevarlos adelante. En tiempos de desconfianza en los partidos, las demandas de los actores sociales son más importantes que nunca. Porque, curiosamente, la necesidad de responder a estas demandas es lo que hace que los partidos políticos resulten necesarios otra vez."

¿Y el 18-F tendrá traducción política? El sociólogo Gabriel Vommaro, coautor del flamante libro Mundo PRO , no es tan pesimista. Afirma que, a veces, los efectos políticos de una protesta no se producen inmediatamente. Pone como ejemplo el estallido de 2001. "El kirchnerismo y el macrismo fueron productos de esa crisis, pero tardaron años en tomar una forma política", dice.

En una palabra: a veces la democracia no es tan inmediata y la historia tarda en dejarse ver.

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