El dilema estratégico

La posible reunificación entre el Sur y el Norte trae alivio, pero también nuevas inquietudes
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22 de octubre de 2000  

SEUL, Corea del Sur.- Durante cerca de 50 años, las tropas de Estados Unidos emplazadas a lo largo de la frontera más reforzada del planeta ayudaron a impedir un ataque sorpresivo por parte de Corea del Norte a su par del Sur y mantuvieron congelada la línea que divide a ambos países.

Ahora, tras meses de una asombrosa actividad diplomática que se inició con una cumbre presidencial en junio último -reconocida hace una semana con el Premio Nobel de la Paz para el presidente de Corea del Sur, Kim Dae-jung-, muchos coreanos finalmente empiezan a imaginar que la división de su país puede tal vez llegar a su fin.

Pero a medida que crece la perspectiva de una reconciliación nacional y una eventual reunificación, la ansiedad se extiende a lo largo y ancho del nordeste asiático, haciendo que súbitamente sea mucho más visible un aspecto de la presencia militar norteamericana cuya trascendencia es mucho mayor que la sola defensa de un aliado de mediana importancia.

Esta región es el hogar de muchos de los cabos sueltos del siglo XX. Y al vigilar celosamente la zona desmilitarizada coreana durante cinco decenios, Estados Unidos hizo algo más que contribuir a mantener la tregua en el área. De hecho, sirvió como tapón, al impedir el estallido de rivalidades y resentimientos históricos entre China, Japón, Corea e incluso Rusia. Detrás del escudo de los Estados Unidos, Europa occidental se reunió durante este mismo período tanto económica como políticamente y, en última instancia, fue testigo del colapso de la amenaza que le planteaba el bloque rival en oriente.

Los antagonistas de siempre

Pero esta región, hogar del país más poblado del mundo, de la segunda mayor economía, y de varios de los mayores y mejor equipados ejércitos, no ha visto antes semejante coexistencia. Son los mismos antagonistas de siempre, juntos, pero con medios inconmensurablemente más poderosos para actuar contra sus vecinos. Los centros de poder político norteamericanos son plenamente conscientes de ello. El propio presidente Bill Clinton advirtió recientemente contra cualquier retiro prematuro de Estados Unidos de Corea del Sur. Pero los pensamientos de todos ya se están orientando, inevitablemente, hacia una reducción sustancial de las fuerzas norteamericanas que seguiría a cualquier clase de tratado entre ambas Coreas.

"La misión define la estructura de la fuerza -dijo el embajador de Estados Unidos ante Corea del Sur, Stephen W. Bosworth, que adelantó que la presencia de fuerzas de su país quizá se reduzca en el futuro-. Si no vamos a quedarnos aquí como fuerza disuasiva, tal vez necesitemos cosas diferentes. Nuestros planificadores militares trabajarían estrechamente con nuestros anfitriones coreanos para decidir lo que es necesario." Los vecinos asiáticos de Corea, sin embargo, no están sentados esperando la llegada de un incierto tratado de paz entre las divididas mitades de la península coreana para después empezar a preocuparse acerca de lo que ocurrirá cuando concluya este período de paz americana . De hecho, quizá no tengan que esperar. Si las dos Coreas son capaces de mantener el impulso inicial de sus negociaciones actuales, la opinión pública en Corea del Sur desde que tuvo lugar la cumbre, aunada a los cambios generacionales, seguramente aumentará las presiones sobre el actual y los futuros gobiernos para reducir la presencia de Estados Unidos en su territorio.

El mes último, una encuesta realizada por un diario concluyó que el 57,3 por ciento de los coreanos apoya una retirada gradual de las tropas de Estados Unidos, en tanto que el 10,7 por ciento prefiriría que se retiraran de inmediato.

"La tarea simple y sencilla de mantener un buen ambiente podría ser un factor desestabilizante -afirma Han S. Park, director del Centro para el Estudio de Asuntos Globales de la Universidad de Georgia-. Corea del Sur no puede mantener el nivel necesario de preparación militar en esas circunstancias. Los defensores de la seguridad nacional en la sociedad se encontrarán a la defensiva." A los surcoreanos con suficiente edad para recordar la devastación de la Guerra de Corea, o a aquellos que crecieron a su sombra, les preocupa paradójicamente que la perspectiva de paz en la península conlleve un aumento del riesgo de un conflicto bélico.

A los vecinos de Corea, en cambio, les preocupan los patrones de conducta establecidos en un pasado distante. Los países rivales en Europa se reunieron en torno de cimientos culturales comunes, economías capitalistas y la democracia. Pero China y Japón, pese a tener mucho en común, permanecen hoy tan divididas como siempre. Uno de ellos es comunista; el otro, capitalista. Uno es rico y está padeciendo problemas, mientras que el otro tiene un sistema joven y relativamente pobre, pero que crece aceleradamente. Cada uno de ellos desea ansiosamente la estabilidad, pero ninguno soportaría verse eclipsado por el otro. Para China, que se ve a sí misma como la Grecia y la Roma de la región, las humillaciones padecidas en el pasado con el brutal régimen colonial nipón son un factor que los impulsa a buscar lo que los propios chinos consideran su merecida preeminencia.

Cuando estas dos potencias han chocado en el pasado, frecuentemente ha sido en torno del control de la cercana Corea. Y muchas de las peores pesadillas de sus líderes tienen que ver hoy nuevamente con ella.

Pesadilla doble

Para Japón, esa pesadilla consiste en la expansión del poder y la influencia chinAs en la península, incluyendo el uso de puertos coreanos como base para intimidarlo.

"Cuanto más cerca estén las dos Coreas una de la otra, mayor será la razón para que cambie la estrategia de las fuerzas norteamericanas, y si hay un movimiento rápido, tendrá un impacto mayor sobre la seguridad de Japón -afirma Terumasa Nakanishi, catedrático de política internacional en la Universidad de Kyoto, en Japón-. Los coreanos tienden a ser muy complacientes y excesivamente optimistas acerca de China, y eso inquieta mucho a los japoneses." "La pesadilla que tienen los japoneses es que la península caiga algún día bajo el control estratégico de Pekín. Siempre hemos tenido el temor de ver ondear algún día allí los colores navales de China. Para los ojos norteamericanos, esto podría parecer una exageración, pero lo cierto es que proviene de una arraigada experiencia histórica y cultural de las tres naciones del noroeste de Asia." China, en tanto, tiene temor de que el rearme y el resurgimiento del militarismo nipón sean una posibilidad concreta. Esto podría ocurrir como consecuencia de pruebas nucleares o de misiles por parte de Corea del Norte, o de la creciente sensación japonesa de vulnerabilidad a medida que haya menos tropas de Estados Unidos en la región.

Después de cientos de años de experiencia en lo relativo a intervenciones extranjeras, Corea, que es una típica potencia mediana rodeada de poderosos vecinos, conoce perfectamente cuáles son las posibilidades.

"Históricamente, cuando Japón adquiere fuerza sus habitantes simple y sencillamente no pueden permanecer en sus propias islas: tratan de expandir su poder hacia otras tierras en el continente -considera Chun In Young, científico político de la Universidad Nacional de Seúl-. En esos casos, China siempre dirá: ÔUn momento, ésa es nuestra zona de influencia tradicional´. El empeoramiento de las relaciones entre ambos países tendrá, inevitablemente, graves repercusiones entre nosotros, y podría ser una razón de mucho peso para conservar la presencia militar de Estados Unidos aquí".

Una presencia necesaria

Las cosas, sin embargo, no son tan sencillas. Ya sea que uno tome en cuenta aliados, rivales o simple y sencillamente enemigos, la presencia de tropas norteamericanas tiene aquí el doble y contradictorio efecto de irritar y beneficiar a los países asiáticos, frecuentemente en forma simultánea.

China, por ejemplo, nunca ha mostrado beneplácito oficial por el emplazamiento militar de Estados Unidos en Corea del Sur, pese a que se ha beneficiado con la paz resultante, al grado de establecer lucrativos vínculos económicos con Seúl. "Si Corea del Norte deja de ser la amenaza, los chinos preguntarán: ¿por qué los estadounidenses están todavía en la península? -dice Park, de la Universidad de Georgia-. Redefinir el papel en estas circunstancias va a ser una tarea formidable." Con pocos de los asuntos en juego realmente solucionados, a nadie debería extrañar que los protagonistas regionales demuestren prisa por tratar el asunto de la presencia de tropas norteamericanas, a la par que observan el avance de las relaciones entre ambas Coreas. Según el presidente Kim Dae-jung, incluso su colega norcoreano, Kim Jong Il, le confesó que desea que las tropas norteamericanas permanezcan en la península.

"Francamente, nadie sabe qué es lo que nos deparará el futuro en un plazo de 10 o 15 años -dice Nakanishi, especialista nipón en asuntos internacionales-. Pero el pilar del orden en esta región es la presencia norteamericana. Y como dijo en alguna ocasión Margaret Thatcher: Ônadie debe derribar su vieja casa hasta que haya construido una nueva´."

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