El discurso más esperado

Como pocas veces, el balance que el presidente Macri realice de la herencia recibida será casi tan importante como su plan de gobierno
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21 de febrero de 2016  

Después de casi dos meses y medio de gobierno, el presidente Mauricio Macri tendrá el 1° de marzo una oportunidad de excepcional relieve para dirigirse a los argentinos. Ese día, el jefe del Estado procederá a la inauguración del primer período ordinario de sesiones del Congreso dentro de su mandato de cuatro años.

Se trata de un acto anual revestido de simbolismo institucional y político. La tradición se empeña en adjudicar a la fecha la discutible condición de augurar la dirección en que los vientos han de soplar con referencia a los grandes asuntos de Estado por el resto de un año legislativo. De manera más precisa, y acaso más lacónica, el artículo 99 de la Constitución nacional se limita a estipular que el presidente dará en esa ocasión, ante ambas Cámaras reunidas, cuenta de la situación de la Nación y de las medidas que considere de tratamiento necesario y conveniente por parte del Congreso.

Como pocas veces, el balance que el presidente Macri haga de la herencia recibida por su administración tendrá no menor significación que el plan de gobierno que se proponga describir ante los diputados y senadores congregados en asamblea legislativa.

La pesadilla de 12 años de estropicios kirchneristas no ha sido aún sistematizada en un acto de Estado que la condense en su carácter informativo para conocimiento de los ciudadanos y como provecho de experiencias de repetición nefasta para las próximas generaciones. La propaganda hasta el hartazgo con la cual el kirchnerismo pretendió neutralizar sus graves torpezas institucionales y el impacto de la corrupción rampante en el tiempo en que le tocó gobernar no bastó para evitar la derrota electoral. Pero la ciudadanía, y quienes a ella y a las provincias representan en el Congreso, ameritan una auditoría de lo ocurrido en tan largos años y que sea ulterior al traspaso del poder el 10 de diciembre último.

Ésa es una deuda que el presidente Macri todavía tiene pendiente con la sociedad. Será un capítulo conciso por las exigencias propias de toda exposición ante la Asamblea Legislativa, pero quedará, al alcance de todos, el recurso de pormenorizarlo todavía más en la remisión a las constancias que se dejen por escrito, y en particular, con vistas a su utilización por vías digitales. Otro tanto ocurrirá, como es natural, con lo que el jefe del Estado anuncie, como propuestas de gobierno, área por área, al hacer públicas las contribuciones recibidas por parte de cada uno de sus ministros. Así lo establecen los usos y costumbres para un ámbito de la relevancia institucional del que se conformará por unas horas al declararse abierto el período de sesiones legislativas.

En lo que respecta al pasado inmediato, no debe desdeñarse ninguna obviedad en relación con los males derivados del gobierno anterior y que repercuten sobre los comienzos de la nueva administración. Éstos van desde las razones de una inflación que se fomentó sin tregua con la expansión del gasto público, que saltó del 20,6% del PBI en 2003 al 40,3% en el último año de gestión kirchnerista, hasta los motivos del deterioro de la capacidad energética del país, que convirtió a la Argentina en importadora de energía y que provoca las irritaciones populares de estos días por la amplitud y la reiteración de los cortes de luz.

Muchas veces el ciudadano del común necesita explicaciones de las que puede prescindirse con los dirigentes de la oposición. ¿O acaso las figuras influyentes del peronismo que toman distancia del kirchnerismo radicalizado no son conscientes de que la prolongación del régimen anterior, o una eventual reaparición de éste en posiciones de poder en la Nación, no llevaría a la Argentina sino a una perdición irreparable, arrastrando así, incluso, al viejo movimiento fundado por Juan Perón? Cualquier especie responde al rigor de una regla de oro, que es la de su propia preservación.

El Presidente deberá hablar también, al abrir las sesiones ordinarias del Congreso, de lo realizado hasta aquí: de sus aciertos y, de algún modo, de tropiezos inexcusables en responsabilidades ajenas. Deberá referirse a la homogeneidad de su gobierno, apoyada en la lealtad de aliados que hicieron posible el triunfo electoral y de los esfuerzos por conquistar legítimamente la buena voluntad de otros en el ejercicio de su mandato. Tendrá, asimismo, que desalentar especulaciones sobre fricciones internas en el elenco gubernamental y dar muestras claras de un liderazgo compatible con el carácter unipersonal del Poder Ejecutivo, sin por ello dejar de lado el necesario diálogo político y la búsqueda de consensos que se puedan traducir en políticas de Estado sólidas y duraderas para enfrentar los más graves problemas del país.

Por sobre esto, cabe a lo que se espera del discurso de Macri la virtud de infundir tonicidad en el espíritu cívico de los argentinos. Con él ha llegado al poder una nueva generación que siente de otro modo la vieja pasión por la política, que se halla en promedio por debajo de los 50 años, y en la cual existe una marcada afinidad concerniente a que administrar los recursos públicos es gerenciar con la mayor aptitud y eficiencia los bienes comunes de la Nación.

Pero de un presidente, como de un gran político y hombre de Estado, se espera siempre algo más: el arte supremo de estimular las fuerzas innovadoras y creativas del pueblo, haciéndolo soñar una ilusión de grandeza y de vuelo hacia un futuro mejor. Como quien lanza una flecha, con energía y dirección, hacia un porvenir en el que se compromete la ventura de todos.

Ése es un don inspirador, y por lo tanto, es más, mucho más que gerenciar razonablemente lo que la política ha puesto bajo la responsabilidad de los funcionarios de turno.

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