El encuentro de dos personas diferentes

Joaquín Morales Solá
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28 de febrero de 2016  

Vienen de mundos y de formaciones muy distintas. El Papa se formó en la Iglesia latinoamericana más cercana a los pobres que a los poderosos, aunque nunca se dejó confundir por las teorías marxistas ni, mucho menos, por la insurgencia armada. Sintió cierta admiración por el Perón conciliador y patriarcal de los años 70. El Presidente nació y creció entre empresarios y se educó en la escuela del pensamiento liberal, aunque el ejercicio de la política lo sensibilizó frente a los sectores más vulnerables de la sociedad.

Los dos se encontraron ayer por primera vez desde que uno es el jefe de la Iglesia Católica universal y el otro es el presidente de los argentinos. "El Papa fue extremadamente cordial", repitió luego el Presidente. "Aquí falta alguien", le recordó el Papa a Macri cuando vio a su esposa, Juliana Awada. Faltaba la hija del Presidente, Antonia, a quien Francisco tuvo varias veces en brazos. Ayer, por primera vez, un presidente argentino fue recibido como se recibe a los presidentes en el Vaticano, con el interminable boato de su ceremonial. Un dato que el Pontífice dejó caer, como al pasar, sobre la mesa. El Presidente se fue con la impresión de que el Papa podría visitar la Argentina en el primer semestre de 2017.

Nunca se llevaron mal, al revés de lo que cuenta la leyenda urbana. Ni siquiera existió la diferencia tan evocada por la unión civil entre personas del mismo sexo, que Macri dejó que ocurriera en la Capital. Ésa no es una cuestión conflictiva para el Papa. "Son decisiones de los gobiernos para resolver problemas de la sociedad", decía el entonces cardenal Bergoglio. Sí lo es, en cambio, el uso de la palabra matrimonio para esas uniones.

Sin embargo, la confusión tiene sus argumentos. El entonces cardenal Bergoglio debió endurecer su posición sobre la unión civil en la Capital luego de que su posición moderada perdió una votación en la asamblea episcopal (la única vez que fue derrotado en ese cuerpo). El sector conservador de la Iglesia argentina llevó el asunto a Roma y el cardenal temió que le cayera una intervención. Si eso hubiera sucedido, hoy no existiría el papa Francisco. Bergoglio endureció sus expresiones, entonces, por una cuestión interna de la Iglesia, no por un problema con Macri. Ése es el trazo verdadero de la historia.

Hubo desde que asumió Macri la impresión de un papa distante del nuevo presidente argentino. ¿Existió esa distancia? El problema fue la comparación con los amores tan aparentes como estridentes del cristinismo con el Pontífice. Ni el Papa estaba dispuesto a seguir en el tren del amiguismo argentino, que sobreactuó la ex presidenta, ni Macri, por sus propias razones, quería imitar a Cristina Kirchner. Se vio entonces a un papa frío con Macri, pero el propio Presidente suele decir que nunca fue así. El nuevo estilo explica la protocolar formalidad del Pontífice en la foto de ayer con Macri, que impactó entre algunos argentinos. ¿Se avecina otra polémica absurda?

Estamos ante un caso extraño. El Papa es el líder moral con mayor prestigio en el mundo, pero en su país, donde vivió 76 de sus 79 años, es donde más se lo critica. La imagen que algunos sectores tienen de él puede resumirse así: es un papa peronista al que no le gustó que ganara Macri. Más allá de aquellas juveniles admiraciones por el Perón viejo y consensual, lo cierto es que Bergoglio fue crítico del menemismo en los años 90 y se enfrentó con el kirchnerismo en la década posterior. Un supuesto peronista que despreció el poder durante 20 años. Un peronista imposible.

Una de las certezas argentinas que más molestan en el Vaticano es la que afirma que el Papa recibió seis veces a Cristina. En rigor, la recibió en el Vaticano sólo tres veces, y las tres fueron iniciativas de la entonces presidenta argentina, no del Papa. Nunca el Vaticano (y el propio Papa) se molestó tanto como cuando Cristina apareció rodeada por La Cámpora con la algarabía de un viaje de estudiantes. Desde entonces, el Pontífice recibió a Cristina en el Palacio Apostólico, serio y estricto, y no en la residencia de Santa Marta. Las otras tres veces se vieron por iniciativas de presidentes latinoamericanos durante vistas papales (en Brasil, Paraguay y Cuba) y se limitaron a estrictos saludos en el altar luego de una misa.

Esos antecedentes son los que explican la vocación del Papa (y del Vaticano) para reformular la relación de una manera más respetuosa y protocolar que la que existía. La única aspiración política de Francisco con respecto a su país se limita a dos postulados: que haya una mayor inclusión social y que se trabaje para pacificar a la sociedad. "El Papa no le pide otra cosa más que ésas a la política argentina", afirman fuentes seguras del Vaticano. Macri, a su vez, le llevó los principales objetivos de su gobierno: pobreza cero, narcotráfico y unión de los argentinos. Los objetivos de ambos no son distintos.

El Papa le habló ayer a Macri del narcotráfico en el país, una de sus viejas obsesiones argentinas. "No sé cómo se pudo llegar a tanto en el país", le comentó. Y puso especial énfasis en la necesidad de luchar contra la corrupción. Vale la pena consignar un dato. Si bien lo que hace el juez Claudio Bonadio corre por su cuenta y orden, como haber llamado a declaración indagatoria a Cristina Kirchner, la relación de ese magistrado con el Papa es especial. Francisco recibió a varios jueces federales, pero es amigo personal de Bonadio desde hace 30 años.

El Papa sabe que la sociedad argentina está herida. "Hay todavía mucho enojo en los dos lados", le dijo a Macri, y le pidió a éste un nuevo esfuerzo para reconciliar a los argentinos. Fue una alusión implícita a kirchneristas y antikirchneristas. El caso del regalo de un rosario a Milagro Sala expuso de nuevo la necesidad de pacificar al país. Sólo una sociedad muy fracturada puede interpretar torcidamente un acto de carácter sólo religioso. La polémica interpela a los argentinos más que al Papa. El antikirchnerismo cerril cree que el Papa lo traicionó con ese gesto y el kirchnerismo ciego está convencido de que es uno de ellos. El efecto de esa disputa entre fanáticos es un papa forzosamente derrotado. Él no puede ser propiedad de facciones en su país.

Un papa increíblemente kirchnerista no le conviene ni al propio Macri. Por eso, el Presidente describió la discusión como una "interpretación errónea" de lo que hizo el Pontífice. El arzobispo Víctor Fernández, el prelado argentino más cercano a Francisco, dio una precisión clave para entender el gesto del Papa. Sala le envió una carta y Francisco le contestó con el regalo del rosario. No quiso responderle con una carta para no aparecer interfiriendo en la Justicia.

El problema no es el rosario ni la persona de Milagro Sala; es la profunda división de la sociedad. El gesto del Papa se incrustó, además, en una discusión local sobre si Sala debe estar presa en esta instancia del proceso, cuando todavía no fue llamada a indagatoria ni mucho menos procesada. Aun cuando seguramente es culpable de muchas cosas, la arbitrariedad de esa prisión puede establecerse con sólo contrastarla con otros casos. Amado Boudou está tres veces procesado por delitos de corrupción. Anda libre por la vida. Ricardo Jaime está tres veces condenado a prisión por delitos de corrupción y sustracción de documentos. Está en libertad porque apeló esas decisiones. ¿Por qué el trato a Sala debe ser diferente?

Macri sufre encerronas parecidas. El antikirchnerismo fanático tampoco le perdona al Presidente sus necesarios acercamientos con el peronismo. En Roma, el Papa y el Presidente descubrieron que están en situaciones parecidas, a pesar de que fueron formados por otros mundos y por otras culturas.

El Papa sabe que la sociedad está herida. "Hay todavía mucho enojo en los dos lados", le dijo a Macri, y le pidió un nuevo esfuerzo para reconciliar a los argentinos

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