El enero del "corralito"

Por José Ignacio Lladós
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22 de enero de 2002  

Los eneros en el cemento urbano suelen ser distintos. Temperaturas de más de 30 grados y tres millones menos de personas en el área metropolitana -sobre 12.000.000 de habitantes- surgen como síntesis de una cotidianidad que se repite año tras año, como si la tendencia se mantuviera presa en un corralito.

La vida cambia en enero. Porque muchos se van de vacaciones, básicamente, y porque los que se quedan viven en otro contexto, justamente por la menor concurrencia.

Pues la primera quincena de este enero el panorama cambió. Sin liquidez, con una incertidumbre pasmosa; con temor a gastar un dinero plástico que, en el momento de cancelarlo, quizá ya cueste el doble; con mal humor y con el latiguillo cansador del "corralito", el área metropolitana vivió quince días anormales. Bah... el país entero los sufrió. Y no sólo por los sacudones emocionales moldeados por la crisis, sino por la singularidad del contexto.

Si acaso hubo menos movimiento vehicular en las calles, ello se debió a la situación económica y no a las vacaciones. No había feria ni en agosto ni en septiembre últimos, cuando más de 50.000 autos dejaron de circular por la ciudad de Buenos Aires.

Tampoco a un posible éxodo se debió la caída en el comercio. De enero de 2000 a enero de 2001, el tobogán se instaló en un 40 por ciento. "Pero enero fue tan paralizante como diciembre", según interpretó Vicente Lourenzo, vicepresidente de la Cámara de Actividades Mercantiles Empresarias (CAME). Dicho de otra manera: al comercio lo afectó la recesión y no una desertificación de la ciudad.

Las trabas financieras hicieron que las restricciones funcionaran de igual manera tanto para tomarse un descanso en otra región como para gastar el dinero en territorio urbano. No hay plata ni para irse ni para consumir aquí.

La confirmación de Lourenzo acabó con las estimaciones de varios funcionarios porteños, que creían que la parálisis en el turismo incentivaría la oxigenación del comercio interno. Error. La parálisis también sacudió los cimientos del comercio.

Todo esto se dio en un contexto en el que durante la primera quincena sólo se fue de vacaciones, de acuerdo con estimaciones oficiales, el 30% de aquellos que viajan habitualmente. Son 2.000.000 de vecinos que se sumaron a la escenografía local.

La tendencia parecería revertirse en esta segunda parte del mes. La cantidad de viajeros se incrementó hasta un 40-45 por ciento de la cantidad "normal", según Jorge Purciarello, subsecretario de Turismo de la Ciudad. Si se mantiene el crecimiento en los próximos días, habría 500.000 personas menos en el área metropolitana de aquí a fines de mes.

La ciudad de Buenos Aires y el conurbano podrán retomar el ritmo cansino de cada temporada estival, si esto sucede. Mientras tanto, la concurrencia es mayor, el calor castiga igual y el comercio recauda menos. Es parte de la nueva realidad. Una verdad dura y antipática a la que probablemente los argentinos deban acostumbrarse desde este verano.

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