El engañoso encanto de la demagogia

Mariano Grondona
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24 de noviembre de 2002  

"DEMAGOGIA" es una palabra compuesta que proviene de las voces griegas demos, "pueblo", y agein, "conducir". El demagogo conduce al pueblo. Pero no lo hace para desarrollarlo como si fuera un "pedagogo" (del griego pedós, "niño", y otra vez agein, "conducir") a cargo del niño al que quiere educar, sino halagándolo para explotarlo. El demagogo no es un pedagogo sino un pedófilo que, en vez de abusar de los niños, abusa del pueblo.

El Diccionario de la Real Academia define la demagogia como "degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder". La idea de la demagogia como degeneración de la democracia proviene de Aristóteles cuando compara al demagogo con el cortesano que corrompe mediante la adulación al rey a quien debería servir. El pueblo, rey de la democracia, está expuesto a la acción corruptora de sus cortesanos, los demagogos, que tratan de manipularlo halagando sus "sentimientos elementales".

Porque conoce las flaquezas humanas, el demagogo procura explotarlas para "conseguir o mantener el poder". Para el demagogo el pueblo no es un fin sino un medio para su propio fin, que es el poder.

Nuestras flaquezas

Esta definición tiene un aspecto inquietante: albergamos, como pueblo, "sentimientos elementales" que el demagogo puede explotar. Igual que los reyes, los ciudadanos somos humanos y, por lo tanto, vulnerables.

En su Historia de las ideas políticas argentinas, que acaba de aparecer, Juan José Sebreli se pregunta si Sarmiento fue o no fue democrático. En cierto modo no lo fue porque en sus escritos, que se extienden desde la década de 1840 hasta la década de 1880, desaconsejó la aplicación inmediata del sufragio universal. Pero en cierto modo lo fue porque quería avanzar hacia el sufragio universal mediante la "educación del soberano". El pueblo, según Sarmiento, es el soberano. Pero en su tiempo era todavía un soberano-niño al que había que educar. Sólo en 1912 Sáenz Peña pudo ejecutar la vocación de Sarmiento al consagrar el sufragio universal. El "niño", esa masa de criollos e inmigrantes en su mayoría analfabetos a los que educó el formidable sanjuanino, ya estaba en condiciones de votar. Sarmiento fue el pedagogo de la democracia.

Sería erróneo pensar, sin embargo, que porque pasamos de la ignorancia a la educación, dejamos de estar expuestos al canto de sirena de los demagogos. Del rey al filósofo, del profesional al campesino, todos somos vulnerables.

Cuando rezamos el Padrenuestro le pedimos a Dios que "no nos deje caer en la tentación". ¿Pero qué es la tentación? Es la poderosa atracción del corto plazo. Pan para hoy, hambre para mañana: ¿quién de nosotros podría declararse inmune a esta fórmula tan atractiva como engañosa?

David Hume escribió en sus Ensayos que el sabio es aquel que prefiere al placer instantáneo el "placer distante". Para alcanzar esta cumbre moral hay que eludir la fascinación del corto plazo. Hay que estudiar en vez de jugar. Hay que ahorrar en vez de gastar. Hay que desdeñar, con la vista puesta en el horizonte, lo que ofrece el instante. Empero, como escribió Keynes, "en el largo plazo estaremos todos muertos". ¿Quién asegura que el horizonte de superación que vislumbramos nos llegará? Y fue así como los argentinos, una y otra vez, caímos en la tentación que los demagogos nos arrimaban. El presente terrible que hoy padecemos ha desplazado el "placer distante" al que los demagogos, explotando nuestros "sentimientos elementales", no nos dejaron llegar.

Educar y aprender

Los ejemplos podrían multiplicarse. Tomemos el problema de la vivienda. Nuestros abuelos trabajaron de sol a sol para volcar sus ahorros en "la segunda casa" que, una vez alquilada a sus sucesores en el esfuerzo productivo, les servirían a éstos de primera vivienda y a ellos mismos de segura jubilación. Pero allá por 1944 la tentación demagógica les ofreció a los inquilinos un "pan para hoy": el congelamiento de los alquileres. Los inquilinos, que eran más que los propietarios, lo votaron con entusiasmo. El brusco descenso de los costos del alquiler fue su "placer instantáneo". Como consecuencia, los propietarios dejaron de construir. Ya no habría "placer distante". Algunas décadas después los descendientes de los inquilinos se quedaron sin vivienda. Nuestras villas de emergencia dan testimonio del "hambre para mañana" que escondía ese "pan para hoy".

Ahora, ¿se repite la historia? Adicto a las viejas artes de la demagogia, el bloque de diputados radicales obstaculizó esta semana la aprobación de los doce puntos que habían concertado el presidente y los gobernadores para acelerar el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, porque quería mantener en forma prácticamente indefinida la suspensión de las ejecuciones hipotecarias.

Otra vez, pan para hoy. Aquellos a quienes se les podrían ejecutar sus viviendas por falta de pago recibirían una medida de este tipo con un alivio semejante al que sintieron los inquilinos de hace medio siglo. El efecto de esa medida sería la paralización de los créditos hipotecarios para viviendas porque nadie invierte si no podrá cobrar. Pero el crédito hipotecario es la palanca de la construcción de viviendas. Como ayer los inquilinos, hoy los compradores endeudados recibirían un "placer instantáneo". Mañana, a ellos y sus descendientes les llegaría el "dolor distante" de los sin vivienda.

No es que los inquilinos de ayer y los deudores hipotecarios de hoy no merecieran la atención solícita del Estado. Pero esa atención debería organizarse de tal modo que no se paralizaran en el futuro las inversiones en viviendas. ¿A cuántos de nuestros legisladores, empero, les importa el mañana?

Hay pese a ello una diferencia esencial entre lo que pasó en los años cuarenta y lo que pasa ahora. En tanto hace medio siglo la demagogia era un instrumento inmoral pero eficaz para explotar los "sentimientos elementales" de los ciudadanos, no está ocurriendo lo mismo ahora. El derrumbe electoral de nuestros actuales demagogos, el reclamo de "que se vayan todos", las vallas que deben oponer en el Congreso a manifestaciones cotidianas, ¿no nos está diciendo acaso que la demagogia ya no paga? Está mal ser un demagogo eficiente. Pero ser un demagogo ineficiente es contradictorio: ¿de qué sirve intentar seducir cuando la seducción fracasa?

Es que a la educación del pueblo que logró Sarmiento se está agregando el aprendizaje del pueblo, que es algo enteramente diferente. La educación se brinda en las escuelas. El aprendizaje resulta de la experiencia. Después de décadas de engaño demagógico los argentinos estamos aprendiendo.

Por primera vez los demagogos pierden. Décadas de mala gestión nos han enseñado el abismo al que conducen sus cantos de sirena. Después de ver cómo los malos políticos explotaban nuestros "sentimientos elementales", los argentinos nos estamos despabilando. Cuando se complete, esta revolución de las conciencias marcará el paso de la demagogia a la plenitud democrática que Sarmiento, el pedagogo del pueblo, había soñado en los albores de la Argentina contemporánea.

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