El error de Duhalde y Alfonsín

Marcos Novaro
Marcos Novaro PARA LA NACION
Tras la crisis de 2001, el líder peronista y el ex presidente radical gestaron un gobierno de coalición que sacó al país del abismo; sin embargo, desembocó en la presidencia de Néstor Kirchner, que desbarató los logros obtenidos
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26 de noviembre de 2014  

Ambos habían cometido unos cuantos errores en sus carreras políticas, pero no puede negarse que durante la crisis de 2001 y 2002 tuvieron algunos de sus mayores aciertos: lograron hacer que al menos parte de sus partidos cooperaran para sacar al país del abismo, proveyéndole condiciones y una orientación innovadora a la economía. Sin embargo, cuando estaba por coronarse con el éxito ese esfuerzo, hacía fines de 2002, fue como si a Eduardo Duhalde y a Raúl Alfonsín los traicionaran sus instintos. Incurrieron en errores que terminarían pesando en la historia del país: Duhalde consagró –y Alfonsín no hizo nada para evitar que se consagrara– candidato presidencial a Néstor Kirchner , quien los traicionaría poco después y con el tiempo traicionaría todo lo que había de innovador y potente en el proceso económico por ellos forjado.

¿Por qué lo hicieron? Tenían poco tiempo y pocas alternativas disponibles, es cierto, pero visto en perspectiva eligieron tal vez la peor. Ambos explicarían luego que subestimaron el afán destructivo y autoritario del entonces gobernador santacruceño, al que en verdad no conocían muy bien, lo que sin duda es parte de la explicación. Pero no toda. Otra parte es que subestimaron también la innovación económica que habían gestado, y eso los llevó a no valorar lo suficiente las posibilidades abiertas para un curso político igualmente innovador.

La novedad iniciada con la devaluación y la subsiguiente estabilización, conducida primero por Remes Lenicov y luego por Roberto Lavagna , residió en que por primera vez en décadas una crisis cambiaria no era seguida en la Argentina de un ajuste caótico y una aceleración prolongada de la inflación. Y que, al contrario, la ganancia para la competitividad de la producción se acompañara de un aumento sostenido tanto de la recaudación fiscal, que proveyó una base inéditamente sólida para el superávit de las cuentas públicas, como de un amplio superávit comercial y un aumento de la tasa de inversión, primero en las actividades exportadoras y al poco tiempo extendida a muchas otras. Que el superávit fiscal se lograra con algunos tributos de emergencia (como las retenciones y el impuesto al cheque) no significaba que no pudiera convertirse, pasada la crisis, en una conquista más firme asentada en otros menos distorsivos. Y que el dólar se estabilizara en niveles que imponían en principio un bajo nivel salarial no significaba que, a través de la generación de empleo productivo, no se pudiera con el tiempo reequilibrar la productividad con el bienestar de la población. El círculo virtuoso de movida permitió que los capitales fugados comenzaran a volver y que un mercado libre de cambios fuera compatible, ya en la segunda mitad de 2002, con una tasa muy baja de inflación y una expansión de la actividad superior al 10%.

Hubo también innovaciones políticas acompañando este cambio económico, pero no las suficientes, y allí fue donde el diablo metió la cola. Peronistas y radicales, o mejor dicho los duhaldistas y los alfonsinistas, cooperaron tanto en el Parlamento como en el Ejecutivo para fijar y sostener este rumbo, en principio sin mayor adhesión de la sociedad. Un inédito gobierno de coalición evitó que las instituciones democráticas colapsaran junto con la economía y la crisis tuviera efectos sociales aún más graves y prolongados. Pero evitar un mal no siempre es algo fácil de hacer valer en las encuestas. Y cuando recién despuntaba la luz al final del túnel, y la actividad y con ella el empleo iniciaban una recuperación inesperadamente veloz, el gobierno debió llamar a elecciones anticipadas.

Pudo haberlo hecho, de todos modos, con un candidato que continuara el experimento de coalición tanto como la orientación económica. Tibiamente Duhalde lo intentó con Reutemann, De la Sota, hasta con Macri, aunque la mejor carta que tenía, el propio Lavagna, apenas si fue explorada. Y si el gobierno no barajó ninguna de esas alternativas como vía de continuidad al acuerdo entre partidos, fue por otros motivos.

Por un lado, Alfonsín estaba convencido de que para recuperar al radicalismo debía tomar distancia de un gobierno que todavía tenía más pasivos que activos que mostrar, de manera de reabsorber o por lo menos acotar los cismas encabezados por Carrió y López Murphy. De otra manera su versión de la UCR sería deglutida por el peronismo, y los neorradicales se quedarían con sus votos, cosa que igual sucedió.

Duhalde tenía una visión igual de escéptica de los réditos que la economía podía ofrecer y creía que su problema fundamental era Menem. Sólo oponiéndole la candidatura de un gobernador peronista podría disputarle el control del PJ, evitar que él se dividiera aún más y triunfara un no peronista.

Así, por cálculos de coyuntura en gran medida errados, que les impedían ver el bosque de nuevas posibilidades que se abrían y los llevaban a sobreestimar los obstáculos de algunos árboles más bien residuales, Duhalde y Alfonsín terminaron descartando la vía de la innovación política. Lo pagarían caro. Para peor, en principio pareció que habían acertado: Alfonsín tuvo sus primeros meses de entusiasmo con Néstor presidente; se dejó seducir por su retórica antimilitar, anticorporativa y de ampliación de derechos, en la que creyó ver la chance de una profundización progresista de la cooperación radical-peronista iniciada con Duhalde. Mientras, éste vivió su propio espejismo: se imaginó como hombre de consulta del nuevo mandatario y una suerte de Urquiza entre los jerarcas peronistas, que por largos años podrían negociar pacífica y razonablemente la distribución del poder mientras el país se modernizaba y crecía. Hasta que lo sacaron de su ensueño, arrojándolo de nuevo y del peor modo a la arena.

Debió ser para ambos una iluminación sobre la dimensión del error cometido lo que escucharon decir a Kirchner en un discurso del que hace poco se cumplieron 10 años: el que pronunció en las cercanías de la ESMA en marzo de 2004, donde expuso por primera vez la marca de época que buscaba para sí el kirchnerismo. Muchos creyeron entonces que, con él, Néstor estaba ampliando el horizonte de los cambios que propondría al país. Pero los dos ex presidentes que habían ayudado a encumbrarlo pudieron advertir que lo que sus palabras y el giro radical que las acompañó traerían consigo era más que nada una restauración, que frustraría las innovaciones que 2002 había iniciado, imponiendo una orientación regresiva en la política y la economía del país.

Allí Kirchner ajustó cuentas primero con Alfonsín y 1983, a los que consideró una continuidad disfrazada de la dictadura militar; luego, con los peronistas, a los que dejó fuera del acto para mostrarles hasta qué punto dependerían de él para relegitimarse luego de la "larga noche de los 90" y demás complicidades con los "enemigos del pueblo", y por último con el movimiento de derechos humanos y la izquierda, que debían dejarse cooptar y convertirse en una tropa acrítica si querían disfrutar de las mieles del poder.

En poco tiempo se verían rápidos avances en todos esos frentes. Los derechos humanos se volvieron fuerza de choque oficial casi sin disidencias (la única memorable fue la de Miguel Bonasso, entonces destacado referente del sector y pronto enviado a su segundo exilio por sus más dóciles compadres de Carta Abierta). Los peronistas renuentes se fueron amoldando al nuevo orden, para hacerse merecedores tanto de los recursos fiscales como de los certificados de indulgencia que el nuevo pontífice distribuía, con lo cual no sólo el menemismo sino pronto también el duhaldismo serían deglutidos. Y después nacería el radicalismo K, máxima presea de una transversalidad que se anunció como el fin de los viejos partidos y el renacer del mítico movimiento nacional.

Mientras, la gestión económica confirmó que las innovaciones de 2002 quedaban de lado para volver a lo que había sido norma en la Argentina del medio siglo anterior: que así como los partidos y facciones no cooperarían ya entre sí, aunque se parecieran mucho más de lo que querían reconocer, se volvería a elegir entre alta inflación o bajo crecimiento, luego entre inversión o gasto público, y por último entre dólar atrasado, reprimido o regulado, o crisis financiera. No es casual que, diez años después de ese discurso, estemos como estamos.

El autor, politólogo, es director del Centro de Investigaciones Políticas

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