El Estado permanece intacto

Los franceses no esperan demasiados cambios políticos con las elecciones de mayo próximo
(0)
30 de diciembre de 2001  

PARIS

Los franceses se disponen a celebrar elecciones presidenciales y legislativas en la próxima primavera boreal aunque es notable el poco interés que muestran por el resultado. Esto podría ser una señal de que están satisfechos. Pero más probablemente significa que no esperan demasiados cambios, sea cual fuere el resultado. Lo que sí parece claro es que la mayoría no será más que espectadora en tanto el poder y sus privilegios se traza una vez más entre un pequeño círculo de caras más que conocidas.

No hay ningún otro Estado europeo cuyos líderes hayan estado más tiempo en la política. El presidente gaullista, Jacques Chirac, ocupó por primera vez un cargo político cuando el actual primer ministro británico, Tony Blair, era un adolescente. El primer ministro socialista, Lionel Jospin, comenzó en la política cuando George W. Bush iba a la escuela. En Francia, la política es una profesión de larga vida. Y en 2002, las veteranas figuras políticas darán batalla nuevamente.

Después de cuatro años de cohabitación sorprendentemente civilizada, las relaciones entre Chirac y Jospin se han agriado. Presuntamente ambos serán candidatos presidenciales y se espera que se enfrenten en una segunda vuelta (como lo hicieron en 1995) después de que más o menos una decena de otros candidatos queden eliminados en la primera. Pero ambos súbitamente también parecen vulnerables –menos en comparación con candidatos como Jean-Pierre Chevenement, de la izquierda, y Francois Bayrou, de la derecha– debido a su propio historial. Con encuestas que indican que la carrera será reñida, apuntan sus cañones el uno al otro.

Chirac, afectado por escándalos que se remontan a su largo mandato como alcalde de París entre 1977 y 1995, tiene un evidente flanco débil. Los magistrados encargados de la investigación lo han considerado sospechoso en asuntos relacionados con la financiación ilegal del partido gaullista e incluso en lo que respecta a cierta y dudosa utilización de fondos públicos para cubrir los gastos de las vacaciones familiares. Alegando inmunidad constitucional, el presidente se niega a declarar ante la Justicia, pero esto ha convencido a muchos franceses de que tiene algo que ocultar.

Jospin también ha quedado preso de su pasado. Su tardío reconocimiento de que mantuvo vínculos con una pequeña facción trotskista hasta 1982 (cuando ya era secretario general del Partido Socialista) reveló que durante mucho tiempo había mentido respecto de esa conexión. Sus verdaderos problemas, sin embargo, son más inmediatos. Una desaceleración económica amenaza la principal conquista de su gobierno –haber bajado el desempleo y promovido el crecimiento más rápido en una década– y ya está minando la tambaleante coalición izquierdista que lo llevó al poder en 1997.

Como candidato, Chirac tiene la ventaja, y nunca se muestra más feliz que cuando da un abrazo y palmea la espalda. Ejerciendo su derecho como presidente de dirigir la política exterior, también pudo ejercer la función de estadista internacional después de los atentados terroristas contra los Estados Unidos en septiembre último: fue el primer líder extranjero que visitó Washington y Nueva York después de los atentados. Pero si Jospin es a menudo hosco e irritable en público, también es considerado un individuo más serio. Un prominente empresario definió la opción de esta manera: "Chirac es simpático, pero incompetente. Jospin es competente, pero no es simpático".

Para 2002, hay nuevas variantes. La decisión de Jospin de reducir el mandato presidencial de siete a cinco años mereció un elogio generalizado. Sin embargo, su otra decisión de celebrar elecciones presidenciales antes de las correspondientes a la Asamblea Nacional sugiere que, a su juicio, si vence a Chirac, podrá mantener a su partido en el poder. Esto podría resultar difícil. La alianza conservadora de los gaullistas y la centrista Unión para la Democracia Francesa aprovecha tanto la implosión del ultraderechista Frente Nacional, de Jean-Marie LePen, como las crecientes protestas de los comunistas, los verdes, y la reducida pero combativa lucha obrera de que Jospin liquidó la izquierda.

Si los franceses tuvieron cohabitaciones políticas durante nueve de los últimos quince años, acaso sea su manera preferida para controlar un selecto grupo político notoriamente desconectado del electorado que, ciertamente, tumbó al partido gobernante en cada elección legislativa desde 1981, y acaso lo haga nuevamente. Los votantes buscan resultados y generalmente están desilusionados. Fue perceptible que el crecimiento económico registrado últimamente reanimó el país. En 2000, la economía creció el 3,4 por ciento y el índice de desocupación se redujo a 9,5 por ciento, el más bajo en años. El crecimiento experimentó una desaceleración en este año que termina y cunde el temor una vez más, temor de que aumenten el delito y la inseguridad, temor de la globalización, temor de que surja nuevamente el desempleo. Será arduo para Laurent Fabius, el prudente ministro de Finanzas, mantener la disciplina presupuestaria. El control del gasto en el sector de la salud, por ejemplo, se complicará por la introducción en 2002 de la semana de 35 horas en los hospitales públicos.

Por lo menos los franceses nunca midieron su gloria por el valor del franco, de manera que la llegada del euro no causa alarma. Existe una actitud más recelosa respecto de la Unión Europea en su conjunto. Actualmente, pocos políticos franceses hablan de una Europa federal, mientras que tanto Chirac como Jospin se oponen a la promoción alemana de su propio sistema federal como modelo para Europa. Pero muy atrás quedaron los días en los que Francia fijaba la agenda europea. Y la próxima etapa, la extensión de la Unión Europea hacia el este, sólo consolidará la influencia de Alemania.

La ansiedad de Francia respecto de su lugar en Europa refleja su permanente nostalgia de ocupar un lugar destacado en el mundo. En esto, la izquierda y la derecha coinciden: Francia jugará a dos puntas. Respaldará una fuerza europea de reacción rápida para dar a Europa cierta autonomía militar y, sobre todo, para fortalecer la política exterior común a la región. Pero Francia también quiere que se escuche su propia voz en el futuro, ya fuere respecto de Africa, los Balcanes y Medio Oriente, o respecto de cuestionar las medidas políticas de los Estados Unidos sobre el recalentamiento global, el escudo antimisiles y la globalización.

La globalización será una cuestión interna que provocará muchas más divisiones en Francia que en cualquier otro país de Occidente. Muchos franceses intuyen una conspiración para afianzar la hegemonía anglonorteamericana. Pero las grandes empresas francesas también participan activamente de la globalización: una prueba de ello es el surgimiento de Vivendi Universal, el conglomerado de medios y entretenimientos de Jean-Marie Messier. Durante sus respectivas campañas políticas, Chirac y Jospin, ambos, en el fondo, estatistas, prevendrán, sin duda, acerca de la globalización y desregulación excesivas.

La inmigración no será un tema político tan importante como lo fue hace algunos años, pero el problema no se ha resuelto. Sencillamente se ha convertido en un problema de integración, o mejor dicho de falta de una genuina integración del millón o más de hijos –nacidos en Francia– de padres inmigrantes que aún se sienten marginados o excluidos de la sociedad francesa. Bandas de traficantes de drogas procedentes del norte de Africa ya convirtieron a numerosas zonas periféricas en lugares "prohibidos" para la policía.

Sin embargo, sea lo que fuere lo que 2002 tiene reservado a los franceses, éstos por lo menos tendrán confianza cuando su seleccionado de fútbol se dirija a Corea y Japón para intervenir en la Copa del Mundo. Les Bleus (los Azules) ganaron en Francia, en 1998. Si logran retener la copa, probablemente les importe muy poco a los franceses qué político los recibirá en el Palacio del Elíseo cuando regresen a casa.

(Traducción de Luis Hugo Pressenda)

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.