El euro ya es una realidad

La moneda en común, que comenzará a circular pasado mañana, da a la Unión Europea un nuevo sentido de identidad compartida que tendrá impacto en el Viejo Continente y en su relación con el resto del mundo
Silvia Pisani
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30 de diciembre de 2001  

MADRID

Europa está a las puertas de un acontecimiento histórico. A partir de pasado mañana, los billetes y monedas del euro pasarán a circular y convertirse en el nuevo medio de pago en 12 países distintos. Y comenzará así la despedida de sus monedas nacionales.

Con eso habrán adquirido un nuevo y poderoso sentido de identidad compartida cuyos alcances son aún impredecibles y que están llamados a tener impacto tanto en el continente como en sus relaciones con el resto del mundo.

Desde Finlandia a Grecia, pasando por Alemania, Francia, Italia, España o Austria, más de 300 millones de personas usarán los mismos billetes y monedas a la hora de pagar y cobrar.

Todos usarán la misma vara para medir cuánto vale su trabajo cotidiano y su traducción en ahorro, crédito y consumo. La economía europea será mucho más transparente para sus ciudadanos y para los extranjeros que la visiten.

Ya no habrá que pasar por las casas de cambio con cada frontera.

Habrá un período de sesenta días promedio en que el nuevo signo monetario convivirá con las viejas monedas nacionales. Pero a partir de marzo próximo pasará a reemplazarlas y ningún comercio o empresa de los 12 países involucrados estará obligado a aceptarlas como medio de pago.

Significará el final para monedas tan antiguas como el franco, la peseta, la lira, el dracma o los diferentes tipos de marcos. Todos se sacrifican en aras del objetivo común de la unificación. Desde la caída del Imperio Romano de Occidente, en el siglo V, que no hay una misma moneda para moverse por toda Europa.

Para muchos será un auténtico terremoto. Con excepción de Gran Bretaña, Suecia y Dinamarca, que han preferido quedarse al margen de la unión monetaria -y que nadie sabe muy bien hasta qué punto podrán hacerlo- el entusiasmo sobre el futuro de un continente más integrado está a la vista.

No ha sido un proceso fácil. "Más que un éxito, el euro es un milagro", sintetizó el ex ministro de Economía y Finanzas de Francia, Dominique Strauss-Khan.

Las encuestas muestran que, décadas atrás, cuando todo empezó, el 80 por ciento de la población europea era escéptica sobre las posibilidades del proyecto y que sólo el 15por ciento creía que tenía alguna probabilidad.

La duda no fue patrimonio europeo. Buena parte del mundo inversor de los Estados Unidos también era -y lo sigue siendo en algún grado- cauto sobre el futuro de la nueva moneda y su impacto unificador.

La misma incertidumbre que hizo que el euro nominal -lanzado el 1º de enero de 1999- se depreciara hasta un 30 por ciento frente al dólar en un plazo de no más de 20 meses y sin soportar una amenaza especulativa. Las señales no cambiaron y la moneda europea sigue muy por debajo de la divisa estadounidense.

Contra toda esa desconfianza avanzó la construcción de la unidad europea, cuyo desarrollo es una lección de estrategia política que contrasta con los vaivenes y retrocesos del Mercosur.

La llegada del euro sirve de estímulo para el alicaído mercado regional del Sur y de ejemplo sobre las posibilidades de crecimiento que potenció para cada uno de los países miembros. Es la mejor muestra de que la integración es posible.

Las consecuencias asociativas son enormes. Más allá del poderoso sentido económico, líderes y analistas continentales sienten que están a las puertas de un nuevo proceso político. Y ésa es la carta más importante del euro, que lo convierte en un hecho de proyección cultural y política.

"Nos dará un sentido de identidad europea radicalmente diferente del que hemos tenido hasta ahora. Al salir de cada país seguiremos funcionando con la misma moneda. La unidad pasará a ser física", sintetizó el español Pedro Solbes, comisario europeo de Asuntos Monetarios.

"Es el cambio monetario más importante que haya visto el mundo", dijo sin eufemismos el gobernador del Banco de Francia, Jean Claude Trichet.

"Con una misma moneda física la unidad europea pasa a tocarse, a ser cotidiana", sintetizó el secretario de Estado español para Asuntos Europeos, Ramón de Miguel.

Resultado de un largo camino, las debilidades que encuentra hoy el euro son las mismas que revelan las etapas que vendrán en el futuro. La más pertinente quizá sea la falta de un correlato entre unidad monetaria y su contraparte en materia política e institucional.

Lo diagnosticó muy bien el ex secretario norteamericano Henry Kissinger, durante uno de los picos de desconfianza y de sensibilidades alteradas en su país hacia la aventura de la unificación continental. "Si yo quiero hablar con Europa, ¿cuál es el número de teléfono que debo discar?", se preguntó. O dicho de otro modo, quién es el que manda allí.

"Los Estados Unidos preguntan siempre quién es Mister Europa y no tiene por qué haberlo. Este es otro modelo. Mister Europa quiere decir alguien que tiene capacidad de tomar decisiones de política económica común. Me gustaría que eso fuera posible, pero no hemos avanzado tanto en el proceso de integración", dijo Solbes.

Es que, en lo económico, el nuevo escenario implica una política monetaria compartida, -que se dicta desde el Banco Central Europeo, en manos del controvertido holandés Win Duisenberg. Y, por el otro lado, un laberinto de políticas económicas nacionales donde cada gobierno opera en un escenario más o menos acotado.

Pero los márgenes de decisión con que cuentan son lo suficientemente amplios como para dar cabida a una Irlanda con políticas sumamente expansivas por un lado, a situaciones de déficit como las que afectan a Alemania, Italia y Francia, mientras que España persigue déficit cero tras haber soñado con llegar este año al superávit.

Dentro de un contexto de convergencia, los 12 países de la zona euro no tienen una unión política ni económica en el sentido exacto del término.

Pero avanzan juntos. Y lo más probable es que sigan paso a paso en el cambio del proceso de toma de decisiones en una Europa cada vez más unida.

Las turbulencias no desaparecerán, por supuesto. Y el futuro es incierto, como todo lo que está por venir. Pero desde las cancillerías, por caso, se da por sentado que la unión monetaria fortalece una acción diplomática conjunta.

"Es un campanazo para avanzar en áreas que están más relegadas en el plano conjunto, como lo son la seguridad y la política exterior", dijo De Miguel. Desde Bruselas se señala que la primera prueba de fuego la dio con los ataques del 11 de septiembre. "Quedó clara la capacidad para reaccionar de una misma manera frente a hechos tan graves" dijo Solbes.

Las voces críticas también suenan. Sólo meses antes de su llegada, las encuestas europeas dan cuenta del temor de los ciudadanos. Según el último eurobarómetro -estadística europea- el 37 por ciento de la población no cree en la viabilidad de la divisa y el 40 por ciento no piensa que los valores de cambio del euro no sean irrevocables.

Sólo el 55 por ciento -poco más que uno cada dos ciudadanos europeos- está convencido del futuro de la moneda común.

También se acusa a Bruselas -sede administrativa de la Unión Europea- de ocuparse más de los intereses de los Estados que de sus ciudadanos. Quienes así piensan temen que el nuevo paso implique más desempleo y condiciones de vida más duras.

Las que se suman al temor son las asociaciones de inmigrantes, donde predomina el convencimiento de que una mayor unión continental se traducirá pronto en el mayor cierre de fronteras para aceptar trabajadores extranjeros. Otros la ven como una expresión más del capitalismo más feroz.

Eso por no contabilizar la negativa de plano de Suecia, Dinamarca y Gran Bretaña de sumarse a la corriente y permanecer en sus trece, con su propia moneda. Nadie descarta que no lo hagan después, si las cosas evolucionan bien. "Pero, por el momento, es mejor que se sumen sólo aquellos que estén convencidos", dijo De Miguel.

Lo que sí es una gran duda es cómo podrán desenvolverse sus economías -sobre todo, en el caso de los países continentales- al margen del euro. En Dinamarca correrán euros quieran o no los daneses", dijo un analista español.

Los riesgos existen. Se puede terminar en 12 países con una misma moneda y sin una unión real. Aunque cuesta creer que la coordinación no se intensifique cuando es lo que ha venido ocurriendo en el último medio siglo. Por imperio de la historia y de la política.

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