El éxodo que delata el censo

Por Norberto H. García Rozada
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4 de diciembre de 2001  

Dicen que las autoridades locales están inquietas. No sería para menos. Tal como ya había sido anticipado, el reciente censo está revelando que ahora viven en Buenos Aires 2.754.187 personas. Hace diez años la ciudad cobijaba a 2.965.403 habitantes.

No son cifras definitivas (¿qué es definitivo en este bendito país?). Todavía queda algún resquicio por donde se podrían filtrar algunos censados aún faltantes. No obstante, daría la impresión de que, a la corta o a la larga, se terminará por confirmar el éxodo poblacional.

Ese dato no vendría a ser de escasa monta. ¡Qué va! Sin ir más lejos, es preocupante en lo práctico porque, a menor cantidad de habitantes, menores ingresos tributarios: conclusión elemental en la que solía hacer pie la insistente prédica del ex jefe de gobierno Enrique Olivera cuando se refería a la "ciudad sustentable".

* * *

Fue dicho respecto del turismo y es menester reiterarlo ahora, al hablar del elenco estable de la porteñidad: nadie se va, ni tampoco se quiere ir, de aquellos lugares en los cuales se siente realmente a gusto. Mucho menos de una ciudad que, en muchos aspectos, e incluso hasta sin quererlo, viene a ser el corazón del país.Aunque, de momento, el tan mentado corazón padezca agudas cardiopatías.

Habría que averiguar, pues, cuál sería el origen de esas afecciones. Investigación que no plantearía mayores dificultades. Bastaría con utilizar el sencillo método de tomar nota de las quejas razonables de los Pérez, quienes, hasta el momento, tienen la impresión de estar clamando en el desierto (autoridades y funcionarios bien podrían remedar a aquel califa de las Mil y Una Noches que se disfrazaba para vagar por las calles prestándole atención a cuanto en ellas ocurría). Si así lo hiciesen, escucharían y comprobarían reclamaciones de la más variada índole.

Se enterarían, por ejemplo, de que la gente es corrida por la delincuencia y el consiguiente temor que ella le provoca. Que sus pulmones ya no soportan el flagelo cotidiano de respirar aires viciados por la falta de control de los escapes de los colectivos y de los camiones. Que esa gente vive a los tropezones, por obra y gracia de las aceras en estado pésimo. Que los pavimentos horadados aterrorizan a los automovilistas y hacen las delicias de los mecánicos especializados en trenes delanteros. Que la contaminación visual es tan agresiva como la contaminación ambiental. Que los espacios verdes carecientes de padrinos languidecen por falta de cuidados. Que la gente también sufre la falta de controles bromatológicos. Que el tránsito es caótico y las inundaciones urbanas bastante más que molestas. Y que debe pagar caros servicios de limpieza que poco o nada limpian.

¿Doscientos mil porteños menos? Por lo visto, podrían haber sido aún más.

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