El fárrago que esconde los nuevos hechos

Joaquín Morales Solá
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25 de abril de 2004  

Historia y hojarasca al margen. La política tiene una rara tenacidad para esconder los hechos. Los hechos: la administración de Néstor Kirchner empezó a mover las tarifas; los empresarios se conmovieron de excitación cuando lo escucharon describir la devaluación y la pesificación, porque ellos expresaron siempre esa misma opinión; John Taylor pasó por la Argentina repartiendo elogios económicos (y también políticos), y Roberto Lavagna percibió en Nueva York y Washington el asombro del mundo por la rápida resucitación argentina.

¿Kirchner y Duhalde están decididos a pedir el divorcio y la separación de bienes? Hay -es cierto- una disidencia profunda sobre la política con la que han decidido, por ahora, convivir. Duhalde no tiene un pacto con Menem y es, al revés, el político con más pergaminos en el combate para impedir el regreso del ex presidente al poder. Pero detesta el zamarreo judicial de la política.

Menem no se deja defender. ¿Qué piensan los argentinos cuando lo ven danzando entre odaliscas después de haber pretextado que no podía presentarse ante el juez por razones de salud? ¿Cómo reciben las nuevas revelaciones sobre el uso que hizo de los fondos reservados? ¿Por qué no aceptó viajar y declarar ante el juez Jorge Urso en una causa menor?

Sin embargo, resalta la fragilidad de la causa del juez Urso para reclamar la extradición de un ex presidente. Duhalde se aferró a ese hecho y despotricó también contra la decisión del gobierno de Kirchner de pedir la investigación de Fernando de la Rúa por la desaparición de algunos bienes de la Presidencia. Una mesa y dos sillas , evaluó. Duhalde barrunta que después podrían ir por él y más tarde por el propio Kirchner. ¿Quién vendrá? ¿Un coronel convertido en el Hugo Chávez argentino? , adorna entre íntimos.

Las cacerolas de diciembre de 2001 tienen una lectura distinta para Kirchner y para Duhalde, aunque ambos las perciben como un hecho dramático de la política argentina. Duhalde prefiere caminar en un frágil equilibrio entre un eventual cambio y la preservación de la política.

Kirchner cree que sólo una modificación sustancial y profunda de la política preexistente podrá devolverle a la sociedad la esperanza en las instituciones de la democracia. Se resiste, en última instancia, a hacer las veces de un escudo que termine defendiendo a la vieja corporación política.

Ni siquiera todos los gobernadores del peronismo tienen salvación para el Presidente. Los llamó en los últimos días, pero conservó la distancia con ellos. Los colaboradores de Kirchner argumentan que su jefe tuvo muchos problemas en las tribunas políticas del interior: los gobernadores, aseguran, provocan más silbidos que aplausos. Su problema irresuelto refiere a la transición entre lo que es y lo que Kirchner sueña que será.

¿La Argentina no es aún confiable, como aseveró Duhalde? No lo es porque la devaluación fue hecha con un bisturí en manos de un carnicero y porque los contratos con las empresas quedaron pulverizados en 24 horas, replicó Kirchner. No es una opinión nueva del Presidente. La repitió mil veces en sus diálogos reservados. Las empresas decían exactamente lo mismo. Ahora habló en público.

No hay historia sin contexto. Aquella devaluación se decidió en el marco de una política que detonó, de una economía que había colapsado y de un perentorio ultimátum del Fondo Monetario. Pero, en efecto, pudo ser mejor.

Con todo, no habrá divorcio entre ellos. El viernes, el Presidente tomó la decisión de reanudar su alianza esencial con Duhalde. Antes, el propio ex presidente había decidido usar moderadamente su derecho a réplica. ¿Pelearnos entre nosotros cuando la sociedad está en la calle al lado de Blumberg? , reflexionó Duhalde. No hará eso. Duhalde está acostumbrado, además, al minué clásico de la política, donde los adversarios se desafían con gestos sutiles o con palabras elípticas. El estilo de Kirchner consiste siempre en doblar la apuesta. ¿Dónde terminaremos? , se alarma Duhalde.

El ex presidente considera que la política ya no está en condiciones de tolerar las grescas indiferentes de las instituciones. Las instituciones están primero que las peleas, pontifica. Los diputados bonaerenses deben seguir apoyando a Kirchner, les dijo el viernes a Eduardo Camaño y a Díaz Bancalari, los duhaldistas que controlan la Cámara de Diputados.

Taylor, el poderoso subsecretario del Tesoro norteamericano, repartió alabanzas aquí a Kirchner, a Lavagna y al presidente del Banco Central, Alfonso Prat-Gay. Lo preocupó la crisis energética por sus consecuencias en el crecimiento de la economía. Taylor fue el primer entusiasmado con la oferta del cupón del crecimiento a los acreedores en default, sobre todo cuando comprobó un clima mucho mejor en la negociación por la deuda en default.

Esa misma preocupación le estalló en la cara al propio Lavagna en los Estados Unidos, cuyo gobierno había comenzado a influir frente a los acreedores para que comprendieran las posiciones de la administración argentina. Lavagna puede estar tranquilo: su presidente sigue valorando el importante papel que cumple en la administración. En las últimas horas, Kirchner suscribió la decisión de Lavagna de apurar el acuerdo con la empresa francesa que administra Aguas Argentinas y coincidió con él en que todos los contratos de las empresas privatizadas deberían estar renegociados en junio próximo. Como se ve, no sólo el discurso excitó a las empresas.

Pero Taylor reconoció también la importancia política del acuerdo para la importación de gas boliviano. Significará plata para el gobierno del presidente Carlos Mesa, a quien Washington trata de estabilizar hasta que la política boliviana genere una candidatura mejor que la del líder cocalero Evo Morales. La ayuda a Bolivia fue un pedido personal de George W. Bush a Kirchner, luego de preguntarle por qué se había colocado tan cerca de Morales.

El gas de Bolivia es infinito, pero hay dos problemas: la inasible fragilidad política de Bolivia y su única bandera de unión nacional, que consiste en asfixiar a Chile. Un decreto interno boliviano resolvió que las exportaciones a la Argentina debían tener como contrapartida un virtual embargo de todas las exportaciones argentinas de gas a Chile.

La Argentina rechazó ese planteo y aceptó sólo una cláusula que impide el envío del gas boliviano a Chile. Punto. Y ya es mucho: un producto adquirido, por el triple del precio argentino, es propiedad del que lo compró.

En la noche del viernes, Kirchner decidió hablar por teléfono con Ricardo Lagos, que envió a Buenos Aires a su canciller pocas horas después. Hay que decirlo de nuevo: la Argentina tiene serios problemas energéticos, pero debió tratar mejor a Chile. Los gestos valen a veces, en la diplomacia, más que los hechos.

El acuerdo está ahora al alcance de la mano. En rigor, Kirchner se propone normalizar las exportaciones de gas a Chile cuando la central nuclear de Embalse vuelva a generar electricidad, después del chequeo periódico al que será sometida en las primeras tres semanas de mayo. Ojalá ningún problema se interponga , ha deslizado.

La crispación entre la Argentina y Chile significaría una dolorosa regresión. La distensión absoluta entre un lado y el otro de los Andes, tras la guerra inminente descerrajada por las viejas dictaduras, constituye una de las obras más bellas de la democracia en el sur de América.

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