El fin de las grandes ilusiones

Por Andrés Velasco Para LA NACION
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27 de diciembre de 2001  

CAMBRIDGE, Massachusetts

Los políticos suelen ser acusados de prometer lo imposible. En la Argentina, los economistas les vendieron a los políticos dos sueños inviables. Su fracaso hundió al país en su crisis político-financiera más profunda de las últimas décadas. El presidente Fernando de la Rúa fue depuesto por tumultos que dejaron un total de veintinueve muertos. Ahora, puesta frente a la falta de pago de los salarios, el congelamiento de las cuentas bancarias y una desocupación del 20 por ciento, la ciudadanía está sufriendo las consecuencias de dos grandes ilusiones económicas.

La primera -llamémosla la ilusión de la varita mágica- se refiere al supuesto poder restaurativo de una tabla de convertibilidad monetaria. Cuando la Argentina ató el peso al dólar e impidió al Banco Central la libre impresión de billetes, en 1991, el mundo la aplaudió y con razón. La nueva política puso fin a varias décadas de inflación alta y libertinaje monetario. Pero la tabla no era un simple sistema monetario: también era una estrategia reformista. Esa extralimitación inició la ruina del país.

La varita mágica

Según esa teoría, la Nación no había implantado reformas hasta entonces porque no las había necesitado. Si los gremios exigían salarios demasiado altos, el problema podía resolverse con una devaluación; si los gobiernos provinciales se excedían un poco en sus gastos, una nueva emisión de billetes salvaba prontamente la situación. La inflación era la grasa que había mantenido en funcionamiento los engranajes de la política argentina.

"Cierren la espita del peso y la política se recompondrá por sí sola", aconsejaban los economistas. La ausencia de un colchón inflacionario impondría la modernización de los mercados laborales, y los salarios en pesos caerían a un nivel internacionalmente competitivo. Además, se enderezaría la política fiscal, por cuanto el Banco Central dejaría de ser el prestador de última instancia. Los bancos y las corporaciones locales nunca más se endeudarían en exceso, conscientes de que ninguna red de seguridad frenaría su caída. Hasta los políticos vieron con agrado esta teoría, pues ahora podrían achacar a la camisa de fuerza monetaria el incumplimiento de algunas promesas.

La ilusión de la varita mágica no fue un invento argentino. Como tantas otras cosas de ese país, se importó de Europa. Muchos economistas europeos habían prometido: "Adopten una moneda común y los perezosos fiscales, como Italia y Grecia, se corregirán". En Europa, la zanahoria de las transferencias norteñas y el garrote del reproche norteño dieron resultado. Hoy en día, la mayoría de las naciones de Europa meridional manifiestan una prudencia luterana en sus finanzas públicas.

En la Argentina, la tabla también dio resultado... al principio. Hacia 1993, los déficit presupuestarios se convirtieron en superávit, la supervisión bancaria y financiera fue más severa y, más de una vez, se intentó (infructuosamente) reformar el mercado laboral. La Argentina tuvo un idilio fugaz con Wall Street. Luego vinieron las crisis de México, Rusia y Asia. La economía mundial se agrió para los mercados emergentes. A esas alturas, la Argentina fue víctima de la segunda promesa falsa: llamémosla la ilusión del alumno modelo.

Los gurúes planificadores les dijeron a los políticos argentinos: "Ayúdense a sí mismos y la economía mundial los ayudará. Si sufren una conmoción, ofrezcan la otra mejilla. Si necesitan tomar préstamos para mantener la liquidez, el mercado mundial proveerá los fondos con tasas de interés razonables. Pase lo que pase, no toquen la tabla; es la clave de su credibilidad".

Hasta muy avanzado el juego, la Argentina siguió fielmente las instrucciones. De la Rúa respondió a los impactos externos (condiciones comerciales, tasas de interés) aumentando los impuestos internos, aun en plena contracción económica. Contrariamente a los dictados del sentido común, el gobierno no se entregó a un frenesí de gastos. Pese a la tentación de gastar para salir de la depresión, los gastos de la Argentina (salvo intereses) se mantuvieron aproximadamente constantes. En 2000, tuvo el uno por ciento de superávit presupuestario en su producción interna, pero, al sumarle los pagos de intereses, ese superávit se transformó en un 2,4 por ciento de déficit. La deuda pública se mantuvo en un moderado 45 por ciento de la producción.

En suma, la Argentina hizo todo lo que cabía esperar del alumno modelo que había sido. Pero los mercados mundiales de capital no le pagaron con la misma moneda. Los índices de riesgo país pasaron de la enormidad a la obscenidad. Los pagos de intereses elevaron el déficit; los inversores, asustados, exigieron índices de riesgo país todavía mayores, y esto abultó aún más el déficit. La mayoría de los gobiernos forzados a pagar un 40 por ciento, o más, de interés anual sobre los préstamos en dólares acabarían por agotar sus arcas y entrar en cesación de pagos. Y eso fue lo que sucedió con la Argentina.

Al final, las consecuencias de una política basada en ilusiones mostraron sus horribles cabezas. La disciplina temporaria impuesta por la tabla había ocultado la ausencia de reformas cruciales. El eslabón más débil era el régimen fiscal que ataba, en un haz, al gobierno federal y el resto del país, que siguió siendo discrecional y plagado de vías de escape. El deterioro presupuestario convirtió las transferencias desde Buenos Aires a los gobiernos provinciales en un tema cotidiano de regateos políticos. La falta de un marco de referencia fiscal trabó la credibilidad.

Sin créditos, la Argentina entró en una espiral deflacionaria. No importaba que Domingo Cavallo prometiese una política de déficit cero, limitando los gastos a los ingresos fiscales. Los recortes presupuestarios redujeron la demanda y la producción, lo cual provocó el colapso de los ingresos e hizo inevitables nuevos recortes presupuestarios. Para Keynes, la lección habría sido obvia: con una política monetaria inmovilizada por la tabla de conversión y la política fiscal inmovilizada por la falta de financiación, la economía sólo podría venirse abajo. Los amortiguadores, desechados porque un alumno modelo no los necesita (recordemos que, supuestamente, los mercados mundiales de capital lo ayudarán a salir de un bajón), resultaron cruciales. Al defender la tabla e intentar evitar un default frente a quienes tenían guardados los pesos en sus bolsillos, la Argentina acabó por entrar en cesación de pagos frente al resto: sus empleados públicos, cuyos salarios no pagó nunca o redujo en forma arbibitraria; sus provincias, que no han recibido las transferencias acordadas por ley; sus depositantes, que ya no pueden retirar libremente sus fondos de los bancos, y -esto es decisivo- su democracia, con tumultos y saqueos que acortaron el mandato de un presidente elegido por el pueblo.

Reforma necesaria

Ahora es el momento de liberarse de esas dos ilusiones. Puesto que nadie salvará a la Argentina, los argentinos deben salvarse por sí solos. Es preciso abandonar la convertibilidad y dejar flotar el peso, a la vez que se transmutan en pesos las obligaciones pendientes para que la devaluación no eche a pique los balances de los bancos y corporaciones locales. La moratoria en los pagos de la deuda externa anunciada por el nuevo presidente, Adolfo Rodríguez Saá, ayudará a amortiguar el golpe.

Con la moneda en un nivel que devuelva la competitividad a la Argentina, podrá comenzar la reconstrucción. La ausencia de una tabla de conversión que instile una falsa sensación de disciplina habrá que ensayar una reforma institucional concreta. Habrá que limpiar, por fin, las finanzas provinciales. Será un camino largo y penoso. Pero, esta vez, la Argentina no lo recorrerá bajo un túnel de ilusiones fomentadas por escritorzuelos económicos, vivos o muertos.

© Project Syndicate

Andrés Velasco es profesor de economía de la Universidad de Harvard.

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