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El FMI será ineludible en la campaña electoral

Eduardo Fidanza
Eduardo Fidanza PARA LA NACION
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16 de febrero de 2019  

Como sabemos, en la democracia contemporánea la agenda desplaza a la historia, la táctica prevalece sobre la estrategia, el espectáculo coloniza la política, las redes de comunicación redefinen los mensajes. Estas tendencias recrudecen en la Argentina, donde se prepara una campaña electoral parecida a un certamen deportivo entre dos colosos. Un enorme aparato mediático y político quiere anticipar el epílogo cuando todavía se está escribiendo el prólogo. Pretende escenificar la gloria o el infierno, una alternativa atrayente e inexorable a la que nadie es ajeno. Esta disyunción, diseñada por expertos, conmueve el corazón popular. La política no fascina, pero la final del mundo, sí. Si lograran imponerla, la de Macri versus Cristina cautivará tanto como un Boca-River.

Con estos antecedentes, es probable que la discusión de los problemas estructurales del país pase a segundo plano durante la campaña. La relevancia la acapararán los atributos de los candidatos, las acusaciones, las réplicas, los golpes de efecto, las promesas, los sondeos de opinión. Sin embargo, la elección presidencial de 2019 tiene una singularidad que podría cambiar el libreto convencional: ocurrirá al cabo de una crisis económica profunda y bajo un duro programa de ajuste del FMI. Esto no constituye una novedad puesto que desde su creación hasta 2006, cuando se le pagó la deuda pendiente, la Argentina estuvo bajo la auditoría del organismo durante casi cuatro décadas, con distintos regímenes políticos e invariable repudio social. La historia es conocida: a lo largo de ese período el FMI siguió los mismos criterios, promoviendo políticas ortodoxas para estabilizar la economía mediante la reducción del gasto público, la disminución del valor del salario, la apertura del comercio, la desregulación del mercado financiero y la privatización de diversas actividades económicas. Los resultados de su intervención fueron siempre controversiales. Pero el país no pudo prescindir de esa amarga medicina.

Más allá del rechazo que suscitó y de sus polémicas recetas, ¿qué significa la presencia del FMI en medio de una elección presidencial a esta altura de nuestra historia? En los términos de la lectura que se propone aquí, implica que los problemas estructurales nos pisarán los talones en plena campaña electoral. La publicidad y los eslóganes no podrán ocultar las contrariedades que evoca el Fondo: déficit fiscal, inflación, emisión monetaria, aumento del gasto público, desequilibrio del comercio exterior, magnitud de la deuda, depreciación de la moneda. En definitiva, los indicadores de las crisis cíclicas del capitalismo argentino, que pueden discernirse ya en 1890, cuando el gobierno evaluaba la situación con estas palabras tan familiares a pesar de que transcurrieron 130 años: "La crisis afecta a las industrias, el comercio, y a todas las clases sociales, y a las fuentes de producción y consumo. La cotización del oro a 300% provoca la escasez, la ruina, la miseria y el hambre". Considerando esta circunstancia, Miguel Cané le escribía en 1891 a Roque Sáenz Peña una frase conmovedoramente actual: "Compadezco a los hombres que gobiernen este país dentro de un año".

Ante esta historia repetida hasta la náusea, solo los que prefieren victimizarse o imaginan que es posible subsistir fuera del capitalismo pueden desechar la imperiosa agenda de reformas necesarias para modernizar la Argentina. Si nos libera, sigamos detestando al Fondo, pero hagámoslo con lucidez, aceptando que su presencia es el recordatorio ingrato de las tareas pendientes. Y de nuestra incapacidad para afrontarlas sin tutelas. El FMI no es el problema, es la sal en la herida. El país está estancado, no posee moneda ni fuentes genuinas de financiamiento. Hasta que demuestre voluntad de recuperarlas -empleando rigor, perseverancia y consenso político- no podrá participar con plenitud en el comercio y las finanzas internacionales. Y menos aún plantearse dos cuestiones decisivas: la educación y la innovación tecnológica, de las que depende hoy el futuro de las naciones.

Suena un eco en el siglo XXI: the game is over para la improvisación argentina. No hay más tiempo para seguir divagando. Ni dinero para financiarlo. El Gobierno, por clarividencia o realismo, asumió la premura de este soplo en la nuca. Los problemas estructurales irresueltos se le impusieron con la fuerza del hecho social que describió Durkheim. Sabe que no podrá eludirlos durante la campaña ni los alejará con reportajes edulcorados u otras sensiblerías que sus asesores le preparen al Presidente.

Pero si no quiere ser objeto de la compasión de la que hablaba Miguel Cané, el peronismo tampoco podrá desconocer lo que significa el FMI ni decir, livianamente, que se lo sacará de encima. El futuro fulminará a los descendientes de Perón si no logran descifrar pronto sus rasgos y demandas. En cambio, si las entendieran y les tocara gobernar, acaso afronten el crucial desafío de reconciliar al pueblo con la implacable evolución de la historia.

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