El fútbol televisado, una nueva materia escolar

Por Guillermo Jaim Etcheverry (Para La Nación )
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11 de junio de 1998  

La decisión de permitir que los niños y jóvenes argentinos vean en la escuela los partidos del Mundial de fútbol proporciona la inusual oportunidad de analizar la actitud de nuestra sociedad frente a la experiencia educativa. Aunque unos pocos consideran que esa propuesta constituye un desatino, muchos padres, docentes, expertos, autoridades, políticos y, lógicamente, alumnos justifican en forma tímida o decidida tan revolucionaria práctica.

Esta discusión, que despertó mucho mayor interés que los recientes datos acerca del pobre desempeño de quienes terminan el secundario, se refiere en el fondo al sentido mismo que tiene la educación para la sociedad contemporánea. Ya no se acepta en forma unánime que la escuela sea la institución social encargada de transmitir saberes considerados importantes utilizando técnicas que no están al alcance de los padres. Cada vez con mayor frecuencia se afirma que los conocimientos de que se ha venido ocupando la escuela son irrelevantes, inútiles para la vida y que la "realidad" está quedando fuera de ella. Por otra parte, padres e hijos ya no consideran que aprender sea "trabajar" sobre uno mismo, estimulado y ayudado por los demás. La escuela, que tenía como objetivo crear esa disciplina, se vuelve "aburrida" al renegar de la excitación que caracteriza a nuestras agitadas vidas de espectadores.

Descubrimiento didáctico

El espectáculo, convertido en un imperativo existencial, se presenta en este caso bajo la forma de un vistoso deporte comercializado hasta niveles indescriptibles y con el estratégico aderezo de guerra contemporánea. Por eso, la oficialización de su presencia en las aulas era cuestión de tiempo. Algunos tratan de justificarla con cierta culpa, resabio de su formación pasada. Adjudican al Mundial "sentido pedagógico", lo consideran un "disparador para trabajar en las distintas áreas: conocer la historia de las naciones, sus costumbres, características geográficas, hacer estadísticas, proyecciones y analizar estrategias", le atribuyen el ser "parte de la comunión e interrelación que establecen los pueblos", y hasta lo consideran "una buena forma de que los chicos aprendan a defender lo nuestro".

No en todo el mundo parecerían advertirse tales posibilidades pedagógicas. En Inglaterra, donde el Mundial coincide con los exámenes de fin de curso, los expertos debaten en estos días la conveniencia de permitir que los jóvenes tengan un momento de distracción interrumpiendo el estudio para ver los partidos. Allí no han descubierto aún las virtudes que esa experiencia tendrá para incentivar el aprendizaje de los argentinos. De haberlo hecho compartirían nuestra preocupación porque el partido contra Japón se juegue un domingo, privando a nuestros alumnos de conocer tan milenaria cultura y hasta de aprender su lengua.

¿Represores o demagogos?

Menos hipócritas, hay entre nosotros quienes descartan justificativos pedagógicos y sostienen francamente que se trata de una medida realista, generada en la expectativa incontenible de las aulas: "No parece ni mal ni bien, sino inevitable". Autoridades de algunas provincias alejan de los alumnos el ominoso espectro de la exigencia, tranquilizándolos al anunciarles que "no necesitarán responder sobre cuestiones históricas, geográficas o legales del país rival de la Argentina. Es inevitable que miren al seleccionado y así podrán hacerlo sin necesidad de faltar al colegio". En otras, las autoridades delegan la responsabilidad: "Si no permitimos que los chicos vean el Mundial nos dirán que somos represores. Y si lo hacemos seguro que alguien hablará de actitud demagógica. Debe ser una decisión autónoma de las maestras". Suponiendo que ellas encontrarán la forma de no ser ni represoras ni demagogas.

Hasta se ha llegado a admitir que durante estos días nadie cumplirá con sus obligaciones y que a los chicos les asiste "el mismo derecho que al resto de la Argentina (¿paralizada?) y prohibírselo sería un daño porque se les crearía... una situación de pérdida frente a una parte de la identidad argentina". Después de todo, dicen otros, "es sólo una hora y media", "sólo un mes", "cada cuatro años", para un tema que "es de trascendental importancia regional, nacional y mundial".

Obligados a transgredir

Indudablemente, la oficialización del carácter educativo de la experiencia futbolística cumple la importante función de eximir a padres e hijos de responsabilidad por sus decisiones. La escuela bar: "De no hacerlo, los adolescentes se irían a ver el partido solos a un bar". La escuela club: "Va a crear en los chicos una mayor expectativa para ir a la escuela a ver el partido con sus compañeros".

Al abandonar la idea de que a la escuela se va a hacer algo diferente de lo que se hace en bares o clubes, los aliviados padres no se enfrentan a la decisión de dejar que los hijos falten al colegio, que podría ser comprendida. Tampoco los jóvenes, ante la posible negativa de sus padres, se ven obligados a decidir si escaparse a escondidas con sus amigos. Esas transgresiones adquieren valor social en cuanto implican admitir que en la escuela hay cosas que no se hacen. Ahora nos encontramos no sólo frente a una conducta socialmente aceptada sino ante la necesidad de cumplir una "obligación escolar". El vicio usa el ropaje de la virtud.

En esta pirueta de los valores, nos estamos convenciendo de que el Mundial no sólo es decisivo para la sociedad sino que constituye una experiencia esencial para la educación. ¡Por fin ésta se ocupará de la actualidad! Cumplirá esa función periodística a la que se ha venido resistiendo, aunque, justo es reconocerlo, cada vez con menor fuerza. ¿A quién le importan Pitágoras y su teorema, Pasteur y sus bacilos, Napoleón y sus batallas, San Martín y su epopeya, Einstein y su relatividad cuando tenemos una realidad tan rica?

Camino a la sabiduría

En ese sentido, son premonitorias las afirmaciones que se oyen insistentemente en el sentido de que "la escuela no es una isla y debe integrarse a la sociedad". Esta idea es la que realmente marca la inminencia de la capitulación definitiva de la escuela frente al avance incontenible de los medios. De una vez por todas, se decidirá a ser tan "divertida y real" como la televisión y abandonará su proyecto de ser el ámbito, hoy alternativo, de un modo de acceder a la realidad.

Porque, no nos engañemos, ya casi nadie piensa que la matemática sea real o que lo sean la lengua escrita, la física o la química, inútiles temas de los que se ocupaba la aburrida "escuela isla". Pronto la lectura de los clásicos será reemplazada (¿o ya lo ha sido?) por la de los diarios y se utilizarán en clase como "disparadores" para el buen empleo de la lengua videos que muestren a los refinados y agudos conductores de los programas televisivos que hoy recurren a expresivas y muy reales groserías y a guturales e incomprensibles fonemas que pertenecen, ésos sí, a "la realidad".

Estamos ante los signos que marcan el ocaso de una era. Posiblemente inauguren otra mejor. Regocijémonos, pues, y confiemos en que el Mundial logre interesar a nuestros chicos en el conocer como hoy aparentemente lo hacen la realidad televisiva y deportiva a la que recurrimos esperanzados. Así como a la escuela del pasado podía aplicarse el proverbio latino Ad astra per aspera ("Hacia las estrellas por el sendero difícil"), en relación con la del futuro podremos decir: Ad sapientiam per Mundialem . ¿La traducción? Después del Mundial del 2002, siempre que se clasifique Latinia.

El autor fue decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires.

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