El genio matemático que buscó el olvido

Nora Bär
Nora Bär LA NACION
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27 de febrero de 2015  

Cuando pareciera que se impone valorar a las figuras públicas por los números del rating, a los escritores por la cantidad de libros vendidos y a los creadores visuales por los récords que alcanzan en el mercado del arte, vidas como la de Alexander Grothendieck, que murió a fines del año pasado en el hospital de Saint-Girons, un pueblito de los Pireneos franceses, nos confrontan con el sentido de la existencia.

Grothendieck, considerado quizás el matemático más importante del siglo XX, alguien que alcanzó la estatura de Gauss, Galois, Riemann o Gödel, encarna la parábola trágica del genio que se consume en las cumbres del pensamiento.

Había nacido en Berlín, en 1928. Sus padres, Alexander Schapiro, judío ruso, que había pasado diez años en la cárcel por luchar contra el zar, y Hanka Grothendieck, alemana, protestante, periodista y escritora, lo dejaron a los cinco años para ir a luchar a la Guerra Civil española.

Según cuenta en Inference: International Review of Science el también matemático Pierre Cartier, quien fue su amigo, Alexander permaneció escondido en una granja del norte de Alemania hasta 1938 y luego fue enviado a Chambon-sur-Lignon, donde estudió bajo la tutela del pastor francés André Trocme en el Collège Cévenol, un centro de resistencia espiritual al nazismo.

Después de la guerra, se inscribió en la Universidad de Montpellier, centro académico de segunda línea. Pero tras redescubrir por su cuenta algunos resultados ya demostrados, marchó a París, donde se encontraría con las figuras más importantes del momento. Se dice que uno de ellas, Laurent Schwarz, le dio a leer un paper que acababa de escribir y que terminaba con una lista de catorce problemas sin resolver. Después de unos meses, Grothendieck los había resuelto todos.

"Intenten visualizar la situación -dice Cartier-: de un lado, Schwartz, que estaba en la cima de su carrera científica; del otro, un desconocido estudiante llegado de las provincias."

Trabajando en jornadas de diez o doce horas, y rodeado de jóvenes talentos, se lanzó al descubrimiento, revolucionó la geometría algebraica y desarrolló un nuevo lenguaje que ingresó "en el inconsciente de los matemáticos", escribieron en Nature David Mumford y John Tate.

A los 38 años, le concedieron la medalla Fields (el más alto honor al que puede aspirar un matemático), pero rehusó ir a retirarla a Moscú en solidaridad con los disidentes perseguidos. A los 44, renunció a su puesto en el Instituto de Altos Estudios Científicos (IHES, según sus siglas en francés) porque un pequeño porcentaje de su presupuesto venía del Ministerio de Defensa.

"Él, que se veía como un marginal y un anarquista, de repente descubrió que en realidad era un mandarín del mundo científico internacional, alguien que tenía autoridad sobre las ideas de otros. En un período en el que toda autoridad era objetada, no se sentía cómodo con esta doble personalidad", observa Cartier.

Obsesionado con la amenaza de la guerra nuclear, la superpoblación y la contaminación, fundó un grupo ecologista llamado Survivre, que lo distanció aún más del mundo académico.

En 1988, a los 60, se exilió en un pueblo cercano al campo de Vernet, donde había sido apresado su padre antes de ser enviado a Auschwitz. Allí escribió una obra monumental que compila trabajos matemáticos, y reflexiones filosóficas y autobiográficas que alcanza las veinte mil páginas. A pesar de que tuvo cinco hijos de tres parejas, cortó todos los lazos con su familia, colegas y amigos. No tenía teléfono ni dirección conocidos. El 3 de enero de 2010, envió una carta a su alumno L. Illusie, en la que exigía que ninguno de sus trabajos fuera publicado.

En Récoltes et semailles ( Cosechas y siembras), su autobiografía, Grothendieck escribe que "la mayoría de los matemáticos se refugian en un (...) «universo» aparentemente fijo, que encontraron ya listo cuando estudiaron". Y agrega: "Yo no fui afectado por este proceso de condicionamiento, (...) me considero miembro de la distinguida estirpe cuya vocación dichosa y espontánea ha sido la construcción incesante de nuevas mansiones".

Por lo menos en este caso, como escribió Edward Frankel en The New York Times, uno de sus herederos intelectuales, "resistámonos a otorgarle un número a un hombre de números. Hay lecciones más profundas para aprender de este ser humano sin igual y su vida extraordinaria".ß

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Por: Nora Bär

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