El giro evitista de Cristina

Jorge Fernández Díaz
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22 de mayo de 2011  

Eva Duarte tuvo al final más influencia que su marido en nuestra extravagante historia política. Esta provocadora conclusión acaba de ser argumentada por un prestigioso historiador europeo que se ha especializado en la difícil explicación del ser argentino. Su flamante libro, se titula Eva Perón. Una biografía política , y el autor es Loris Zanatta, ensayista y profesor de Historia de América latina en la Universidad de Bologna. Para este pensador Perón fue un relevante personaje, mientras que Eva resultó mucho más que eso: un mito generador de una religión secular de "pulsiones totalitarias" que combinó la modernización social con un primitivismo político que desdeñaba el pluralismo y la democracia plena.

La tesis avanza en la idea de que el corporativismo de Perón tenía posibilidades de haberse deslizado hacia una democratización verdadera, pero que el evitismo , arraigado en algunos dirigentes y luego puesto de moda por los setentistas, abominó de ese deslizamiento y lo bloqueó. Evita mediaba entre el pueblo y Perón, y en los años de plomo los militantes revolucionarios, que mataron a Rucci, le cantaban al General: "Si Evita viviera, sería montonera". No se trataba de la Evita real sino de una construcción hecha por el evitismo.

Afortunadamente, nada de esa violencia continuó, pero la mirada evitista sobre el corpus del PJ parece haber sobrevivido al paso del tiempo. Hoy experimentamos un fuerte revival setentista, y a un peronista feudal (Néstor) le sucedió una evitista de primer orden: Cristina. Es tan evitista Cristina que copia hasta el asombro los gestos y tonos de su maestra, pero lo importante es que empieza a tomar decisiones políticas que se relacionan más con Eva que con Perón. En eso estriba precisamente la tan temida "radicalización" que se insinúa y promete. Y lo curioso es que ese jacobinismo ha comenzado por la propia tropa.

Cristina ha colocado en lugares de poder a neosetentistas ("cristinistas puros") y ha arremetido soterradamente contra el aparato bonaerense y contra una figura central del peronismo: el titular de la CGT, columna vertebral del movimiento.

Un joven intelectual que adhiere con fervor a esta causa, pero que no es un recién llegado al gran movimiento de Perón, me dijo hace poco: "El kirchnerismo es una forma sutil de ser antiperonista". Un importante justicialista histórico, en el frondoso jardín de su casa, me confirmó luego que votaría a Cristina, pero a la vez me aclaró: "Los peronistas queremos olvidar el setentismo, que fue un episodio muy desgraciado de nuestra historia, y estos muchachos quieren traerlo de vuelta para completar lo inconcluso".

Para ambos, peronistas tradicionales al fin, los recién llegados recrean el gran malentendido de aquellos años, cuando militantes pequeñoburgueses de izquierda entraron a la política con una visión de vanguardia, le quisieron explicar el peronismo a Perón y pretendieron manejar a su fuerza invertebrada, enamorados de la idea de asociarse con el proletariado nacional y buscando domar la corporación para conducirla "hacia el lado del bien". Sus herederos, quizá más cínicos, yuppies y modernos, endulzados por el manejo del Estado que les ha caído del cielo, cabalgan el elefante peronista subidos en sus castillos de montura. El elefante es un animal que, si le dan de comer y no lo ponen en peligro, resulta dócil. Tan dócil que por un momento bestia y jinete parecen una misma cosa. Suele ocurrir que imprevistamente el elefante se empaca o se enoja, y arroja por el aire con indolencia a sus gobernantes. Eventualmente, los destroza. Se trata del animal más peligroso de la jungla. Hay, por lo tanto, mucho de microclima allá arriba en el castillo. La célebre "guerra cultural" que los kirchneristas dan por ganada parece un triunfo del teatro off frente a una realidad mucho más vasta, cruel y verdaderamente popular. Esa guerra de conceptos se pierde en un instante si las commodities bajan, se escapa la inflación y asoma el descontento. O si los mariscales peronistas sienten que quieren arrasarlos. Las batallas intelectuales por la palabra son importantes, pero forman parte de un ombliguismo de elites. La economía y el peronismo pueden deshacer con un soplido esas veleidades de quienes dicen que el "kirchnerato" es el triunfo de la política sobre las corporaciones, cuando parece más bien un triunfo de la caja y de la soja.

Es por todo eso que el casamiento de progres elitistas y peronistas rancios cruje por estos días, y promete seguir crujiendo en el futuro. El propósito de terminar con burócratas corruptos y barones inescrupulosos es interesante, diría que irresistible, y debería llamar a ferviente aplauso hasta a los más acérrimos enemigos del kirchnerismo. Pero de poco valdría luchar contra esas figuras nefastas si eso no viniera acompañado de una visión donde la política abierta no fuera entendida como una enfermedad, los adversarios como enemigos de la patria, el Estado como un botín y la democracia plena como un artefacto burgués o un truco oligárquico. De poco valdría esa lucha si siguiera triunfando aquella mirada primitiva e implacable de una Eva imaginaria.

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