El gobierno cristinista debe cambiar, pero ¿quiere cambiar?

Fernando Laborda
Fernando Laborda LA NACION
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24 de noviembre de 2013  

El gobierno de Cristina Kirchner se debate entre el cambio y la continuidad. En su reasunción, se vio a la Presidenta urgida por modificar el semblante de una administración que empieza a correr detrás de una realidad económica cada vez más complicada y por suplir el desapego que ha sufrido de buena parte de la sociedad, que apostó por un cambio en las urnas.

En su curiosa dualidad, para recrear expectativas en quienes le negaron el voto sin descuidar su frente interno, Cristina Kirchner pareció sugerirles a unos que algo va a cambiar y a otros, que nada ha cambiado. La remoción de Guillermo Moreno y la llegada de Jorge Capitanich a la Jefatura de Gabinete fueron señales para los primeros; también su expresión "no tenemos anteojeras". El ascenso de Axel Kicillof al Ministerio de Economía y la frase sobre la necesidad de "profundizar el modelo", al igual que sus discursos desde los balcones internos de la Casa Rosada, escoltada por jóvenes militantes que parecían salidos de un cuidado casting, y la aparición estelar de Simón, el perrito chavista, fueron mensajes para los segundos.

El filósofo Santiago Kovadloff explica esa dualidad como un clásico recurso peronista para recuperar hegemonía, similar a la posición adoptada por Juan Domingo Perón en 1973, que abrazaba con su brazo izquierdo a Mario Firmenich y con su brazo derecho a Ricardo Balbín.

De lo que no hay dudas es de que la Presidenta seguirá siendo la garante del relato oficial.

Nadie puede descartar que no surjan diferencias entre dos funcionarios que definitivamente no tienen una misma concepción económica como Capitanich y Kicillof. Pero sorprendió hasta ahora el elevado grado de sintonía que exhibieron ambos en sus respectivos discursos ante la prensa. Llamativamente, los dos recurrieron a los mismos eufemismos, como cuando eligieron hablar de "variaciones de precios" en lugar de mencionar la palabra "inflación". Y hasta Capitanich se negó a admitir la existencia de un cepo cambiario, expresión que asoció con oscuros intereses corporativos. Como si, en lugar de hablarle a la sociedad, se estuviera dirigiendo a una presidenta muy poco dispuesta a reconocer errores.

Una hipótesis, difundida en estas horas por dirigentes vinculados al macrismo, como el director de Reforma Política del gobierno porteño, Marcelo Bermolén, señala que aunque muchos no se hayan dado cuenta, Cristina Kirchner renunció a su cargo, más allá de conservar las formalidades de sus atributos, y se anticipó a una eventual Asamblea Legislativa que actuaría en caso de acefalía, nombrando en la Jefatura de Gabinete a Capitanich, quien actuaría como un presidente encubierto, con el respaldo de una liga de gobernadores peronistas. La idea da cuenta de un poder que se protege a sí mismo, de un peronismo sucediendo al propio peronismo. Parece una hipótesis demasiado arriesgada.

Resulta más aceptable que la designación del ex gobernador chaqueño guarda relación con la necesidad de kirchnerismo de crear una alternativa propia para 2015, diferente de la de Daniel Scioli, para competir o bien para negociar con otros sectores. Habrá que preguntarse si los movimientos de Capitanich estarán más enfocados hacia el crecimiento de su imagen o hacia una gestión que demandará tragarse muchos sapos si se pretende enfrentar decididamente la fuerte inflación y la dramática caída de las reservas, cercana a los 13.000 millones de dólares en 12 meses.

Por ahora, el mensaje oficial no da cuenta de una acción decidida contra la inflación. Se insiste en los remanidos acuerdos de precios con la idea de morigerar el ritmo de declinación sin alterar el ADN K. El problema es que al auto kirchnerista no le alcanza con un service y un cambio de aceite para llegar en condiciones a 2015. Tal vez por eso se espera que el gran ajuste para cumplir las metas presupuestarias de 2014 pase por una fuerte reducción de los subsidios en los servicios públicos, al margen de parches anunciados que poco aportarán, como el impuesto a los automóviles de alta gama que, al ritmo inflacionario actual, llegará pronto a los de baja gama.

La realidad de las urnas también ha reducido el margen de maniobra para profundizar rasgos autoritarios del Gobierno. La salida de Moreno es el principal ejemplo de esa limitación que le impuso la sociedad al kirchnerismo.

Moreno será recordado como un pésimo funcionario que pretendió manejar la economía a los gritos y con métodos de un patotero. Será para muchos una suerte de José López Rega del kirchnerismo. Aunque, para algunos observadores, encuentra más puntos en común con José Emilio Visca, un legislador del primer peronismo, hoy poco recordado.

Visca presidió en 1949 la Comisión Bicameral Investigadora de Actividades Antiargentinas, popularmente conocida como Comisión Visca, que buscó aterrorizar al periodismo crítico de aquella época con allanamientos y clausuras. La comisión había sido instituida tras denuncias de diputados radicales inquietos ante torturas a opositores por parte de la policía. Pero en lugar de analizar esas cuestiones, el grupo liderado por Visca se consagró a investigar a medios periodísticos no afines al gobierno de Perón. Frente a las críticas sobre la desnaturalización de la misión de esa comisión, Visca respondía que no se podía privar al Congreso "de la facultad de investigar de dónde provienen los fondos de todos los diarios". Entre los fundamentos de las clausuras dispuestas contra diarios, radios y entidades como el Jockey Club, la Federación Agraria Argentina, la Asociación de Abogados porteña o el Automóvil Club, se esgrimieron "razones de seguridad, higiene y moralidad" y hasta el hecho de que un baño no exhibiera las mejores condiciones.

Según cuenta el recordado Félix Luna en su libro Perón y su tiempo: la Argentina era una fiesta, cuando durante una sesión en Diputados Visca hablaba de la compra de los ferrocarriles a los ingleses, el entonces legislador Arturo Frondizi le preguntó a qué se debía la diferencia de precio en moneda nacional entre los contratos firmados y el mensaje del Poder Ejecutivo. Como Visca comenzó a dar vueltas sin ofrecer una respuesta clara, Frondizi le preguntó si aquella diferencia no se debería a que las libras se habían tomado en los contratos a su valor comprador, mientras en el mensaje presidencial fueron expresadas según el tipo de cambio vendedor. Entonces Visca, en medio de carcajadas de los diputados presentes, le contestó: "Quiere decir que usted, que siempre habla de lo que no sabe, ahora pregunta lo que sabe". Visca era un gran caradura, quizá tanto como Moreno.

Finalmente, se fue el secretario de Comercio Interior, aunque la subestimación de la política exterior y de la carrera diplomática lo conducirán a un cómodo puesto de agregado comercial en Italia. No pocos empresarios festejaron su exilio. Algunos menos, acostumbrados a cortejar al poder político y a posturas de sumisión y genuflexión, convertidos en estos años en expertos en mercados regulados, probablemente lo extrañarán. Aunque tal vez no por demasiado tiempo: el sucesor de Moreno, Augusto Costa, es un íntimo amigo de Kicillof que no permitirá un "viva la Pepa", como se encargó de aclarar el propio Capitanich.

Llegaron los cambios. Pero ¿habrá cambios? ¿O acaso estaremos ante una nueva etapa de más estatismo y dirigismo económico con mejores modales y menos brutalidad? Tal vez la sociedad y el Gobierno deberían preguntarse, como Albert Einstein, si podemos resolver nuestros problemas pensándolos de la misma manera en que los creamos.

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